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domingo

LOS ENIGMAS OBVIOS

Crítica acompasada de la novela El símbolo perdido, de Dan Brown.



Sólo 3 personas en el mundo, 3, habían tenido ocasión de leer el manuscrito de la nueva novela de Dan Brown, El símbolo perdido, antes de que fuera entregado a la imprenta. Esto, al menos, proclamaba la prensa, entre asombrada y fascinada por tamaño secretismo. Tres personas que, según también indicaban algunos medios, cuando el libro viese la luz serían encerradas de por vida en las cámaras acorazadas de Random House, como hacían los faraones con sus arquitectos, para que no trasmitieran nunca el secreto de la composición.

Para completar la parafernalia, en aquellos países en que el texto no iba a salir en su lengua original la traducción se repartió entre varios equipos distintos, incomunicados entre sí para que el uno no le soplara su parte al otro y de esta manera acabaran reconstruyendo el cuadro final. Y lo que era peor: ¡se lo comunicasen a los periodistas antes de la premiere mundial! Aislados, pues, en diferentes edificios cercados con vallas electrificadas, guardias con perros en continuas rondas, y sometidos a exhaustivos cacheos para que nadie pudiera deslizar fuera un solo papel, así tuvieron que trabajar los traductores. Para que luego digan que la industria editorial no se preocupa por la calidad del producto.

El caso es que, impresionado, e intimidado, con todo este aparato, compré el libro apenas llegó el trailer a las librerías y descargaron de él el primer pallet. El símbolo perdido, la novela más esperada después de El código Da Vinci. Ansiosamente me lance a leer la primera página donde había letras, pág. 9. Se titula “Los hechos” y comienza así: “En 1991, el director de la CIA ocultó un documento en su caja fuerte. Hoy en día el documento todavía permanece allí dentro”. ¿Habrase visto alguna vez suceso parecido? Desde luego, la nueva novela de Dan Brown promete desde el primer momento una acción espectacular.

Pero entramos ya en el prólogo, pág. 11. Se inicia así: “Casa del Templo.20.33 horas”. A mí esto me suena un poco raro, quiero decir lo de situar la acción en un espacio como religioso y metafísico y luego consignar las horas de esa forma cronometrada y digital, como con un reloj Casio. Sería algo así como decir: “Interior de la catedral de Burgos, 14.16 horas” o “el sol se filtraba por las vidrieras de Notre-Dame con extraordinario colorido a las 12:22”. A mí, ya digo, me suena un poco chapucero, pero es cierto que la literatura ha cambiado mucho y quién soy, piltrafilla, para discutir los métodos más vendidos de narrar.

En esta misma página, al final, se nos dice respecto a unos individuos que “de sus cuellos colgaban joyas ceremoniales que brillaban cual ojos fantasmales”. Y apenas llevo leídas quince líneas. Sin embargo, ya entiendo que al lector no le interesan estas cuestiones estilísticas, que él se pregunta por la chicha, por cuándo saldrá el malo, habrá un primer asesinato o se descubrirá algún Santo Grial. Consciente de ello, pasaré de largo ante estos grumos gramaticales; entre otras cosas también porque temo que, de detenerme en ellos, me podría eternizar.

Lanzo un suspiro de alivio en la página siguiente, al enterarme de que la citada Casa del Templo se halla en “el número 1733 de Sixteenth Street de Washington”. Lo celebro, de verdad. Celebro que Dan Brown se haya ceñido a una ciudad donde supongo que camina sobre seguro y no tendrá, pues, que recurrir a gansadas como las de El código Da Vinci, donde el malo se hallaba preso en un presidio de Andorra hasta que llegó un terremoto, lo derribó, y el hombre aprovecho la confusión para escapar y llegar andando hasta Oviedo. Ningún lector, que yo sepa, se quejó por esta trabucada, pero aun así el editor debió decirle a Dan Brown: “Tú, por si acaso, no te compliques demasiado. De Sixteeenth Street a Twentieth Street y para veinte euros que cuesta la novela la gente va que chuta”.

Total, que estamos dentro de la Casa del Templo, un espacio imponente con cierto aire a santuario y cuyos muros “eran como un calidoscopio de símbolos antiguos: egipcios, hebraicos, astronómicos, químicos, y otros todavía desconocidos”, concluye Brown, cubriéndose hábilmente las espaldas. Que había muchos símbolos, vamos. En este templo, que por lo que parece es un lugar de reunión de la masonería, se está procediendo a la ascensión de grado de diferentes hermanos, de acuerdo al aparatoso ritual del Gran Oriente. Entre los que van a ser ascendidos a la élite, la narración se detiene en un tipo “de musculosa constitución” que mientras bebe vino en un cráneo hueco se felicita porque, dentro de pocos días, la semana entrante a más tardar, llevará a cabo un plan terrible. “Pronto perderéis todo lo que más apreciáis”, se dice para sí.

En el capítulo siguiente, pág. 15, aparece ya Robert Langdon, el héroe de las novelas de Dan Brown. El autor nos lo presenta –¡ingenioso y nunca visto truco!- a bordo de un ascensor de la Torre Eiffel cuyos cables, de repente, se rompen y el héroe se precipita, ¡horror!, en el vacío. Pero no pasa nada: es una pesadilla y Langdon se despierta algo sobresaltado para comprobar que está a bordo de “un avión privado Falcon 2000EX (…) con motores duales Pratt & Whitney”. En El código Da Vinci, Langdon viajaba a bordo de un avión “Hawker 731 con motores Garret TFE-731”, me acuerdo bien. Pero se conoce que el editor, de nuevo, le ha dicho a Brown que en literatura no conviene repetirse y entonces Langdon viaja en otro avión.

Apenas aterrizar el avión en el aeropuerto Dulles, de Washington, sale a recibir al profesor una mujer de mediana edad que desde el principio se muestra impresionada por hallarse en presencia de Langdon en persona, el héroe novelístico hecho carne. A la mujer le sorprende, sobre todo, que Langdon no lleve corbata, a lo que nuestro tipo, siempre tan campechano y progresista, le cuenta en confianza que a él no le gustan las ataduras e informa a la mujer del origen romano de tal prenda, aunque algunos piensan, en realidad, que nació en Croacia, y en esta diatriba se emplea buena parte de la pág. 18. Una vez aclarado el asunto, Langdon se sube a una limusina que le está aguardando para conducirle al Capitolio, donde, al parecer, precisan de sus servicios.

Mientras Langdon el descorbatado va a ver para qué le quieren ahora los del Capitolio, la escena se traslada a un tal Mal´akh que, pronto nos enteramos (pág. 20), es aquél a quien los masones estaban aceptando en la cúspide de su organización. También pronto, nos enteramos de que no trama nada bueno. Es el malo de la novela, en fin; ya me extrañaba a mí que estaba tardado mucho en aparecer y la novela corría el riesgo de perder fuerza.

El tal Mal´akh está tatuándose a sí mismo el cuerpo con símbolos muy extraños de diversas religiones. Con ellos se ha tatuado por completo todo el cuerpo menos un pequeño círculo en su parte más avanzada… que, no te pienses mal, lector, es la coronilla. Después de mirarse ante el espejo, “soy una obra maestra”, procede a darse una muy gruesa capa de maquillaje que oculte su piel y le ayude a pasar inadvertido entre la gente normal, para de este modo llevar a cabo su plan. “Había esperado pacientemente… y esa noche sería por fin completado”.

Entretanto, Langdon está llegando al Capitolio. Ha tenido un día un poco duro, que rememora en la pág. 25. Después de despertarse a las cinco de la mañana y hacerse en la piscina sus cincuenta largos de rigor (en las otras novelas del personaje ya se ha comentado por extenso que fue jugador de la selección norteamericana de waterpolo, experiencia ésta que en un determinado momento de Ángeles y demonios le ayudó a escapar, al tirarse de cabeza desde un helicóptero al río Tíber, en Roma), después, como digo, de su ejercicio natatorio que le mantiene esbelto y apolíneo, estaba moliendo a mano “granos de café de Sumatra” con que acostumbra a desayunarse. Hasta aquí todo normal. Pero justo cuando el café estaba ya hecho, recibe una llamada del ayudante personal de su amigo Peter Solomon, “un prominente académico”, pidiéndole que vaya al Capitolio a dar una charla “a la élite cultural del país”. “Es que me iba a tomar un café”, parece amagar la réplica Langdon. “Venga, ande, hágalo por su amigo Solomon”, le replica el asistente personal de éste. “Bueno, vale, voy”, concede Langdon, y luego “metió algunos granos más de café en el molinillo. Un poco de cafeína extra para esta mañana, pensó. Hoy va a ser un día más largo”. Y con esta frase siempre enigmática acaba el capítulo 3.

Descripción del Capitolio, pero no es Langdon el que llega. Es el malo Mal´akh (pág. 30) con el brazo en cabestrillo y afectando una ligera cojera. Al ir a pasar por el detector de metales, el brazo pita. El malo aduce que tuvo un accidente de esquí y “bajo las vendas llevo un anillo. Tenía el dedo demasiado hinchado para poder sacármelo”. Le pasa entonces el guardia el detector manual y, en efecto, en el escáner se ve que hay un anillo. “Todo está en orden”, dice el guardia, y le deja pasar. Ignora el hombre que, mediante ese truco, Mal´akh acaba de introducir en el edificio “un poderoso objeto”, “Un regalo para el único hombre en la Tierra que me puede ayudar a obtener lo que busco”, concluye en plan misterioso.

Este recurso a la última frase enigmática del malvado donde se deja entrever que está tramando algo fatal ya la ha usado Brown lo menos cuatro veces en lo que llevamos de novela. Me parece a mí una técnica algo burda, algo así como si para crear misterio otro novelista hiciera a su malvado ir mascullando a cada poco: “¡la que estoy preparando!, ¡la que voy a liar!, se va a armar gorda!” Parecido a los feriantes que a voz en grito intentar atraer gente a su tómbola: ¡Siempre toca, siempre toca, un pito o una pelota!

En la pág. 37 es Langdon el que llega al Capitolio. “No era para nada lo que había esperado”, se nos dice en frase, como se ve, de gran enjundia literaria. Pero hemos quedado en que esas cosas de estilo quedan para los snobs, lo que importa es la acción y “Langdon se habría tomado una buena hora para admirar la arquitectura, pero apenas quedaban cinco minutos para el inicio de la conferencia”. Así que pasa dentro. Si por una cosa, y ahora hablo en serio, admiro a Brown y creo que ha hecho una aportación a la Literatura es por su amplia gama de recursos para escapar de las descripciones, como en este caso, como en tantos otros y como en aquel memorable en que, hallándose su héroe en un salón del Vaticano, se apañó con aquello de “era una sala que no se parecía en nada a cualquiera de las que había visto antes”, y trámite cumplido.

Langdon entra en el Capitolio portando una bolsa de deportes (pág. 38), como suele ser lo habitual. El de los rayos X, sin embargo, que antes había dejado pasar al malo, no repara demasiado en ella: está atónito por que el protagonista luzca en la muñeca derecha un reloj de Mickey Mouse. Langdon está muy orgulloso de él y el autor no menos: es el recurso que usa para darle al personaje literario un carácter, una identidad. Con lo cual, no llevar corbata, ser apuesto y haber jugado al waterpolo, ya está la personalidad completada en la pág. 39. Podemos seguir.

Camino de la sala donde va a obsequiar a la élite del país con una conferencia, Langdon reflexiona sobre cómo en toda la ciudad de Washington, y en especial en el Capitolio, abundan los símbolos masónicos. Despliega en varias páginas una defensa apasionada de dicha organización y refuta de un plumazo las acusaciones tanto de extravagantes como de conspiradores que se les han colgado a lo largo de la Historia, asegurando que “la verdad, seguramente, estaba en algún lugar intermedio”. Reafirmado en esa irrefutable hipótesis, acelera el paso y, según está dando el reloj las siete (pág. 47) abre las puertas para hacer su irrupción triunfal en la sala central del Capitolio.

Y he aquí unos los primeros grandes sustos de esta novela (pág. 50). En lugar de un amplio auditorio que se pusiera en pie y prorrumpiera en aplausos a la entrada del protagonista, el lector se encuentra con que el Salón Estatuario está vacío, “sólo un puñado de turistas que deambulaban sin rumbo fijo, ajenos a la estelar entrada de Langdon”. Turistas de alpargata y botellín, parece que se queda con ganas de descargar su desprecio el autor, pero no hay tiempo para entretenerse. En aquel momento, poco más o menos, Langdon tiene una conversación telefónica con un tipo que de pronto convierte su voz “en un susurro profundo y melifluo” para decirle: “Usted está aquí, señor Langdon, porque así lo he querido yo”. Y con este yo en cursiva se cierra el capítulo 8.

Yo ya me lo sospechaba, pero el capítulo 9 me lo confirma: era el malo el que llamaba. ¿Y qué quería? Decirle a Langdon que ha secuestrado a Peter Solomon, su amigo, y que sólo lo soltará si (pág. 54) Langdon encuentra y abre para él (para el malo Mal´akh) un misterioso portal. Pero, ¿cómo que un portal?, pregunta, palabra más o menos, Langdon; como no me dé más pistas. En aquel momento la comunicación se corta y en la sala de al lado suena un grito (pág. 55): ¡Ahhhhh! Langdon va a ver qué pasa y de pronto retrocede asustado: “La cabeza le comenzó a dar vueltas al darse cuenta de que estaba mirando [en el suelo] la mano cercenada de Peter Salomón”.

Justo es reconocer que esto no está mal, y si no de gran estilo literario, por lo de la cabeza giratoria, para los niveles de entretenimiento en que nos movemos la cosa resulta bastante divertida. Pero el crítico sabe que no debe confiarse, porque quedan todavía casi 600 páginas y estamos hablando de Dan Brown, un profesional del bestseller.

Al poco nos enteramos (pero era fácil de suponer) que quien ha introducido aquella mano cercenada en el Capitolio y la ha dejado en medio de la sala ha sido el hombre con el brazo en cabestrillo de varis capítulos atrás. Fíjate, lector, que lo que tapaba el yeso en realidad era esa mano amputada… pásmate; y aquí Brown se recuesta en el sillón, orgulloso de su ingenio. Pero ¿dónde estaba entonces la otra mano del malo?, ¿a la espalda? ¿Cómo?, se despereza Brown. Y si ambas manos estaban bajo la escayola, el guarda, al pasarle el escáner y mirar la pantalla, ¿no advirtió por rayos X que allí había dos radios, dos cúbitos, y al menos cuarenta huesos, entre falanginas y falangetas? Ah, bueno, protesta Brown, si vamos a empezar a fastidiar con detallitos, y a sacarle punta a todo, y no estamos por colaborar, así no hay novela que prospere.

La mano luce, al parecer (pág. 69), varios tatuajes que representan símbolos ancestrales, propios de “un mundo de antiguos misterios y sabiduría oculta”. Y de este modo misterioso (no vale reír) concluye el capítulo 13.

La novela pasa ahora a centrarse en Katherine Solomon, hermana del amigo súbitamente manco de Langdon. A Katherine se le ha habilitado una gran sala como laboratorio en el Museo Smithsonian, cercano al Capitolio. Un poco antes se nos ha presentado dicho Museo como un “pantagruélico edificio” (¡!), y uno estaría tentado de pedir cuentas por esto al traductor si no fuera porque sospecha que es traducción literal, que Brown no tiene la menor gracia literaria para definir un espacio. En este sentido, se avecina ahora uno de sus capítulos más “gloriosos” (pág. 73). Ocurre que Brown otra cosa no, pero es plenamente consciente de sus limitaciones, de su indigencia para describir un lugar con sentido literario, para buscar algo significativo más allá de la simple enumeración de objetos. Por ello ha desarrollado unos cuantos trucos con que disimular esta carencia. El que emplea en esta novela supera todo lo anterior. Resulta que, para ahorrarse descripciones (su punto flaco), Brown pinta el laboratorio de Katherine como “un cubo sin ventanas” situado al fondo de un espacio oscuro, oscurísimo, la tiniebla total. La mujer tiene, encima, prohibido dar la luz para llegar hasta él, así que, todos los días, Katherine debe dirigirse a su laboratorio a tientas. ¿Qué hay en aquella sala del Smithsonian que precede al laboratorio?, ¿cómo es?, ¿qué podemos encontrar de sugerente? Pues no se sabe. Como está todo oscuro.

El caso es que, en su laboratorio, Katherine está investigando sobre la ciencia noética. Dicha ciencia es calificada como “el eslabón perdido entre la ciencia moderna y el antiguo misticismo” (pág. 76). En resumen, quiere demostrar que nuestra mente tiene un potencial enorme y que si sabemos canalizar nuestra energía podemos cambiar el mundo. Porque resulta (yo no lo sabía) que estamos interconectados con todas las cosas y nuestro pensamiento, bien canalizado, puede influir sobre la materia y determinar incluso los sucesos y transformar nuestro destino. Dice Brown que esto lo ha leído en un libro de una tal Lynne McTagart y que es verdad. ¿Quién soy yo para contradecirle?, o mejor ¿para contradizcarle?

La ayudante de Katherine Solomon se llama Trish Dunne y es una mujer inteligentísima. Ambas, doctora y ayudante, son dos cerebros privilegiados. Eso dice Brown, claro, pero en realidad, cuando se juntan, como en la pág. 91, pueden estar páginas y páginas hablando sin decir nada inteligente. Se alaban su sabiduría y, un poco, su belleza; se recuerdan una a otra las últimas novedades tecnológicas y comentan lo mucho que ha cambiado el mundo en los últimos años gracias a Internet… En general, vaciedades. Nada dicen que nos demuestre su inteligencia, su cultura, su potencial superior. Y es que esto es algo que a Dan Brown de seguro, y a tantos otros escritores de best sellers seguramente, se le escapa, aun con ser la primera ley de la novelística: el autor no tiene que proclamar si los personajes son listos, tontos, sensibles o cínicos, lo que tiene que hacer es “mostrar” su manera de ser, que el lector la deduzca de sus conversaciones, de sus actuaciones, de sus pensamientos si quiere.

Volvemos al Capitolio y a la mano cercenada. Hace algunas páginas que se ha presentado en el lugar la CIA. Su directora fuma, por lo que enseguida se echa de ver que no es persona muy de fiar, y encima se porta muy bruscamente con Langdon, el apuesto waterpolista. Éste intenta explicar a la nicotínica mujer que eso del portal se ha usado mucho a lo largo de los tiempos pero a modo de metáfora, como la puerta que da acceso a la sabiduría ancestral del ser humano, un saber supremo que puede convertir a los hombres poco menos que en semidioses. “Buscar un portal `literal’ sería como buscar las puertas del cielo”, acaba por desesperarse Langdon en la pág. 105. La directora de la CIA no acaba de creérselo. Esta gente de la CIA nunca se cree nada.

Tras un largo rato en que Langdon, la directora de la CIA y el jefe de la seguridad del Capitolio han estado observando la mano amputada, descubren (pág. 125) que en ella hay tatuado lo siguiente: IIIX 5B5. ¿Qué podrá significar?, se preguntan inquietos. Después de un largo rato aventurando significados, cuarenta páginas en concreto que Brown aprovecha para largar toda su documentación sobre los masones, advierten que si dan la vuelta a la mano lo que pone es SBS XIII. ¡El trastero numero 13 del subsuelo del Capitolio! Los tres salen para allí más que deprisa, orgullosos de su poder de deducción.

Durante todas estas páginas, el malo Mal´akh ha estado insistiendo al bueno Langdon en que él tiene algo muy importante que le puede abrir la puerta que está buscando. Langdon, así de pronto, no cae en qué puede ser. En la pág. 132 he aquí que el protagonista se acuerda de pronto que hace un tiempo su amigo Solomon le dio una cajita que decía contener un objeto poderosísimo que podía transformar el mundo, y le pidió el favor de que se lo guardase. Langdon accedió y luego, con tantas cosas como tiene un protagonista en la cabeza, se le olvidó. Menos mal que en aquel momento lo lleva encima.

De camino al sótano, Langdon le va explicando a la directora de la CIA cómo los constructores egipcios de pirámides atesoraron una sabiduría inmensa que, a través del tiempo, ha acabado por recalar en los masones. Como esa poderosa sabiduría, de caer en manos inadecuadas, podría provocar la destrucción del mundo, “los masones construyeron (pág. 166) [aquí, en Estados Unidos] una fortaleza impenetrable, una pirámide oculta diseñada para proteger los antiguos misterios hasta el día en que toda la humanidad estuviera preparada”. Dichos misterios, sin embargo, aclara Langdon, “sólo son comprensibles para las almas más ilustradas”. ¡Ainnnh!, responde la directora de la CIA.

Entretanto, el malo Mal´akh se ha maquillado bien para disimular sus muchos tatuajes y ha adoptado la personalidad del doctor Abbadon, el psicólogo que trata a Solomon. Disfrazado así se nos ha dicho en páginas anteriores que tuvo un encuentro hacía poco con la inteligentísima Katherine Solomon. Él le había dado las señas de una mansión (otra de las características principales de los personajes brownianos es que todos viven en “mansiones”, con lo que, además de conferir a toda la novela un tono impostado de lujo, al autor le basta con aquello de las amplias cristaleras y los suntuosos jardines y el recinto vigilado con cámaras de seguridad para crearse una plantilla aplicable a toda vivienda que aparezca en la novela), adonde Katherine Solomon se presentó y… ¡ojo a la descripción del tal Abbadon!: “El hombre que salió a recibirla era apuesto, excepcionalmente alto. Iba impecablemente vestido y llevaba su espesa cabellera rubia inmaculadamente peinada”, Más abajo se señala también que “su tez era inusualmente suave y bronceada”. Quiero decir, más abajo del texto. Cuestiones de traducción aparte, nótese, como Brown suele confundir el precepto literario de crear un buen personaje con crearlo guapo y (he aquí la palabra clave de la estética de Dan Brown): apuesto.

El caso es que el doctor Abbadon (que es el malo Mal´akh disfrazado) llega al Museo Smithsonian (pág. 169), le dice al guardia que viene a ver a la Dra. Solomon, y como el guardia está viendo la final de la Super Bowl o algo así en la tele, pasa sin problemas. Sale a recibirle y a guiarle hasta el laboratorio la Srta. Trish Dunne, ayudante de Katherine, de la que ya se ha dicho varias veces es muy inteligente, además de apuesta. Trish va guiando al recién llegado por los pasillos del museo, y, en actitud muy propia de una anfitriona en el tal trance (pág. 183), le va indicando a la visita dónde están las cámaras de seguridad, su ubicación, la frecuencia con que graban, etc. ¿Y en este cuarto hay cámaras?, le pregunta el desconocido en un momento del paseo. No, justo ahí no, responde Trish, lo que aprovecha Abbadon/Mal´akh para empujar a la mujer a ese cuarto, el más discreto de todo el edificio, y finiquitarla.

En medio de esa tensión, pasamos (pág. 185) a los tres personajes de los que depende la seguridad del país: Langdon, el jefe de seguridad del Capitolio y la directora de la CIA. Han llegado por fin al sótano XIII (sobre el que Langdon nos informa que está según se pasa el XII), pero con las prisas y los nervios se les han olvidado las llaves, así que tienen que forzar la cerradura de un tiro. Cuando finalmente consiguen abrir la puerta, retroceden espantados. Dentro hay una mesa con calaveras, relojes de arena, velas apagadas, Marcas atrasados… Langdon tranquiliza a sus dos compañeros y les dice que eso no es más que una cámara de reflexión masónica, donde los franquis (los francmasones, en confianza) se retiran a reflexionar sobre la brevedad de la vida. En un registro minucioso de la cámara, descubren que hay una cortina en una pared, y detrás de ella… ¡Díos mío!, exclama Langdon (pág. 203): una pirámide de piedra, pero así de pequeña.

Luego no es mentira, concluye la directora de la CIA, existe de verdad una pirámide donde se guardan los antiguos misterios. Siento decepcionarla, replica Langdon, pero esta pirámide es muy pequeña y aquí no caben los antiguos misterios. Eso es verdad, señala el jefe de seguridad, tiene que ser una pirámide más grande. Y éste es más o menos el nivel de los diálogos en esta parte de la novela.

De pronto, e interrumpiendo aquel electrizante diálogo (pág. 213) aparece en la cámara, de improviso, “un elegante afroamericano, alto y esbelto” (además de apuesto) que, cogiendo un fémur de encima de la mesa, pone fuera de combate a la directora de la CIA y al director de seguridad y le ordena a Langdon: “¡Rápido! ¡Coja la pirámide! ¡Sígame!” “Voy”, dice Langdon, y entonces toma la pirámide y la mete en la bolsa de deportes que lleva al hombro. ¡Por fin vamos a enterarnos de cuál era la finalidad de esa bolsa que Langdon introdujo en el Capitolio, si recuerdas, lector, en la página 38! Está clara su función: era para meter la pirámide que se iba a encontrar.

Cate el lector el arte de Brown: un tipo va toda la novela cargando con una bolsa al hombro. De pronto, a mitad del libro, encuentra un objeto, y entonces dice: ¡qué casualidad, que llevo aquí una bolsa para meterlo! Conviene en este punto recordar que esta novela está siendo número uno en ventas en no sé cuántos países. Todos, seguramente.

Pág. 214: Langdon sigue “al elegante desconocido”. ¿Y por qué sigue a un tipo que acaba de noquear a la directora de la CIA, en una acción cuando menos reprobable? “Algo le decía que confiara en ese desconocido”. Debo reconocer que las razones de Dan Brown son inapelables.

En la pág. 215, el misterio se desvela. Aquel “elegante desconocido” es el arquitecto del Capitolio y él también opina que esa pirámide es muy pequeña para que quepan en ella los antiguos misterios. Quizás si se los aprieta mucho…, aventura Langdon. Ni aun así, creo yo.

Entretanto, el malo Mal´akh ha entrado en el cuarto oscuro en cuyo extremo, si recuerdas lector, se halla el laboratorio de Katherine. Pero ésta ha recibido una llamada providencial de Langdon que le dice que el doctor Abbadon en realidad es un malo y que tiene que escapar. Y entre ella que escapa, el malo que ha entrado en su búsqueda, y el cuarto que está completamente a oscuras (por la dichosa racanería de Brown en las descripciones), total: que de la pág. 234 a la 240 se organiza un cisco de respiraciones acezantes, crujidos extraños y movimientos contenidos que es todo un monumento a la narcolepsia. Al final la chica escapa y al malo se le ha corrido el maquillaje que cubría sus tatoos (lo digo en inglés para evitar la cacofonía).

Langdon y el arquitecto, a todo this (así también para evitar la cacofonía) se han refugiado de la persecución de la CIA en la Biblioteca del Congreso. Por suerte, como la novela sucede en domingo, está vacía. El día que a los malos les dé por actuar en días laborables y el mundo peligre en temporada baja, las cosas van a cambiar mucho en este tipo de novelas.

Tras observar la pirámide atentamente, el arquitecto y Langdón descubren que tiene letras grabadas y, además (pág. 245), que le falta el vértice o, dicho sea en términos técnicos, la punta. Langdón recuerda entonces que su amigo Solomon le confió para que la defendiese, llegado el caso, con su vida una pequeña cajita que casualmente lleva encima. La abre y, ¡oh!, es el vértice (o por hablar de nuevo científicamente: el cacho) que le faltaba a la pirámide. Todo va ya cobrando sentido.

“Esta noche las piezas se han acercado peligrosamente. Es nuestro deber asegurarnos de que está pirámide no llegue a ser montada”, le dice al arquitecto a Langdon (quien, no conviene olvidar, fue jugador de waterpolo de la selección USA) en la pág. 264.

Impresionada por el intento de asesinato que acaba de sufrir, Kaherine Solomon, mientras escapa “con su Volvo por Suitland Park a más de 140 kilómetros por hora”, pasa revista a los principales hechos de su vida. En especial, recuerda una Navidad de hace diez años en que estaba con su hermano y su madre “en su gran mansión de piedra en Potomac” (¡cómo no!) hablando sobre el hijo de Peter Solomon, que llevaba una vida un poco disipada y había muerto en una cárcel turca (esto es verídico, así es en la novela) cuando, de repente, apareció un desconocido que, armado de una pistola, le pidió a Peter “la cajita” (ésa que, corriendo el tiempo, le daría a Langdon para que se la custodiase). Forcejeo, confusión, puñetazos… un tiro que se escapa y mata a la patriarca de los Solomon. La rememoración de Katherine se ve interrumpida por un estruendo que sacude a todo Washington, y es que el malo Mal´akh ha hecho saltar el laboratorio de la científica por los aires.

Esta explosión casi coincide con el momento (pág. 271) en que la científica llega a la Biblioteca Nacional donde se ha escondido Langdon, baja sofocada del Volvo y se pone a aporrear la puerta de la Biblioteca (que, como es domingo, está cerrada). ¿Quién será a estas horas?, parecen preguntarse los dos hombres refugiados dentro y que están descifrando el secreto de la pirámide. No sé, ve a abrir. Y Langdon va a abrir y entonces Katherine “entró por la puerta… directamente a sus brazos” (pág. 273)

Buen momento sería éste para el asombro y las explicaciones de rigor: ¿Qué haces tú aquí? Ya ves, descifrando; ¿y tú? Huyendo de un malvado. Pero todo esto pasa a un segundo plano porque lo que importa ahora es encontrar a Peter.

Es la noche de las explosiones. Los de la CIA han descubierto, al fin, que Langdon y el arquitecto se han escondido en la Biblioteca Nacional y fuerzan su puerta (pág. 283) mediante el explosivo Key-4, “consistente básicamente (la cacofonía es del traductor) en ciclotrimetilenetrinitramina con plastificante dietilhexil”, con el que mandan la puerta a tomar por culo. Luego entran con una gafas de visión nocturna y gritando cosas como “¡Señal térmica! ¡Convergencia de flancos!” Entonces el arquitecto, Langdon y la chica se retiran –hay que admitir que prudentemente- a otra habitación.

“Nunca conseguiremos escapar a no ser que nos separemos. (…) Yo haré que me sigan hacia las estanterías, así los alejaré de vosotros”, dice el arquitecto en la pág. 289. Un hombre colegiado como él, al que le suponía cierta seriedad…

Como era de esperar, al arquitecto lo entoligan, pero Langdon y Katherine han aprovechado la confusión para subirse a una cinta trasportadora que, “cruzados los brazos sobre el cuerpo, como si fuera una momia dentro de un sarcófago” los lleva por un agujero en la pared hasta, es de suponer, un depósito de libros. Los guardias que les siguen con sus gafas de visión nocturna no se dan cuenta de que la cinta está funcionando, pese a ser domingo en la Biblioteca. Ellos van a lo suyo.

Aprovechando aquel tiempo muerto en lo que viajan en la cinta transportadora, Langdon pone al día a Katherine sobre sus experiencias de esa noche (pág. 302) y le cuenta eso de que a su hermano le han amputado una mano. “Langdon deseó poder abrazarla y consolarla, pero estar echados en esa estrecha oscuridad lo hacía imposible”. Es que Langdon, tú también, el momento que has elegido para decirle a la chica que su hermano se ha quedado manco…

Sea como sea, al final llegan al final de la cinta y saltan de ésta “justo a tiempo”. Una vez ya a salvo de los guardias, se ponen a descifrar la pirámide. Pero parece ser que, de momento, importa más la caja, donde la chica ha descubierto que hay una inscripción: 1514 AD (pág. 314). Langdon, tras no poco cavilar, infiere que las siglas se refieren a Alberto Durero, conocido masón en su época, y que 1514 alude a un cuadro que pintó en tal año y donde aparece un cuadrado mágico, que es algo así como un sudoku renacentista donde se encajaban números de tal modo que en horizontal, vertical y diagonal venían a sumar lo mismo. Durero, en uno de sus cuadros, pintó un cuadrado de estos en que, para mayor mérito, las cifras de las casillas de abajo eran la fecha: 1514. El caso es que, siguiendo el modelo del cuadrado de Durero, colocan la inscripciones de la pirámide y surge: Jeova Sanctus Unus (pág. 328), “Dios es Uno (o Único, depende de si el que lo dice es gran admirador de Él). Aunque antes ha habido unas pequeñas dudas (¡verídico!) porque ambas mentes privilegiadas no sabían muy bien a quién o qué se refería ese Jeova. Hubo, de hecho, un delantero del Sporting de Gijón que se llamaba así. O muy parecido.

Pero de nuevo les han vuelto a descubrir en el depósito de libros (pág. 333). Tienen entonces que “cruzar el patio a la carrera en dirección nordeste” y luego cogen un taxi. Les sigue un helicóptero “UH-60 modificado”. La persecución es larga y enrevesada de contar, baste decir que finalmente Katherine y Langdon despistan a todo el mundo subiendo al metro y, en vez de tomar la línea azul, como le habían dicho al taxista y todo el mundo esperaba, tomaron la roja (pág. 363). La directora de la CIA queda convencida entonces de que se las está viendo con unas mentes superiores.

A propósito de la CIA, los de Inteligencia están interrogando al arquitecto del Capitolio y descubrimos, ¡sorpresa!, que ha estado colaborando vía telefónica con el malo Mal´akh, pero lo hacía “para seguirle la corriente”, porque el malo de esta novela está muy loco y es muy peligroso. Prueba de ello lo tenemos en la pág. 370, en que Mal´akh está preparando un complicado ritual con un pergamino viejo, velas, la sangre de Peter en un tintero y en una caja de marfil “el cuchillo más famoso de la historia”. Luego nos enteraremos que fue el cuchillo con el que Abraham a punto estuvo de sacrificar a Isaac. A Mal´akh, palabras literales, “le había costado lo suyo conseguirlo”. Y es que ya se sabe: el que algo quiere, algo le cuesta.

Pág. 373, comienzo del capítulo 82. Estamos en la catedral de Washington, “la sexta más grande del mundo, su altura supera la de un rascacielos de treinta pisos. Ornada con más de doscientas vidrieras, un carillón de cincuenta y tras campanas y un órgano con 10.647 tubos, esta obra maestra gótica puede acoger a más de tres mil fieles”. Aquí estamos ante la auténtica esencia de Dan Brown, un escritor auténticamente negado para la descripción sugerente, el detalle significativo, la nota mágica y literaria. Él se rige por el número y la mole, la cifra y la estadística, el aluvión y la catástrofe. El caballo grande, ande o no ande. En este sentido, me pesa admitir lo que muchos sugieren: que si Dan Brown tiene tanto éxito es porque, de algún modo, conecta con la mentalidad predominante en nuestros días.

El caso es que están hablando con el deán de la catedral sobre la inmensa capacidad de la mente humana y a ver si, en una de ésas, les puede ayudar a descifrar el misterio de la pirámide, cuando de pronto son descubiertos por el helicóptero aquél UH-60 modificado, con lo que otra vez (pág. 398) tienen que salir por piernas sin conseguir salvar a la Humanidad. Pero descuida, lector, que estoy seguro que en cuanto les dejen un rato tranquilos…

De la catedral pasan al Colegio Catedralicio, donde, inspirados por el deán de la catedral, deciden poner la pirámide al baño María (pág. 405). No te asustes, lector, la cosa no es tan absurda como parece: resulta que han descubierta que si tomas las letras de Jeova Sanctus Unus y las colocas en otro orden se forma: Isaacus Neutonuus, o sea, Isaac Newton. Recuerdan entonces que Newton, que era un masón del grado 33, el máximo, trazó una escala de temperatura cuyo máximo grado asimismo, el de la ebullición del agua, era 33. De ahí lo de poner a cocer la pirámide.

Todo esto podrá parecer, sin duda alguna, un prodigio de pensamiento y deducción, pero, mirado en frío, y pocas veces mejor dicho, no pasa de un ardid intelectual, de un pasatiempo dominical. Sobre la base cierta de que Newton era masón y creó una escala calorífera cuyo máximo grado era el 33, Brown toma las letras de su nombre y monta toda esta película. Pero no hay más que eso, al fondo de todo. Newton, la masonería y el 33. ¿Querrá hacernos creer Brown que cuando un médico le dice a un enfermo en su consulta que diga tal número le está transmitiendo un símbolo masónico? ¿Se habrá parado a pensar Brown que 33,33 periodo es la cifra resultante de dividir el todo entre las tres personas que, en muchas religiones místicas, componen la Santa Trinidad, religiones cuyos preceptos, vagamente, amalgaman los masones? Pero callo aquí, no vaya a darle más ideas a este hombre para una nueva novela.

De todos modos, para el lector realmente interesado en la masonería le aconsejo la lectura del maravilloso Episodio Nacional de Galdós: El Grande Oriente, visión clara y meridiana de la francmasonería con la que yo estoy muy de acuerdo.

Una vez ya la pirámide al dente (pág. 410), el vértice de oro se pone a brillar y puede leerse entonces: “Ocho de Franklin Square”, que da la casualidad que está allí al lado, a veinte minutos andando, todo lo más (el libro incluye un mapa de Washington en sus solapas, por si el lector se pierde con tanto ir y venir). Ya se van a poner en marcha hacia allí cuando reciben una llamada de un segurata, anunciándoles que han encontrado a su hermano en una casa de Kalorama Heights. Cambio de planes. Van a salir hacia Kalorama Heigths cuando de pronto (pág. 415) en la puerta les está aguardando la CIA, con directora tabacuna al frente. Cambio de planes otra vez. ¿Dónde vamos?, parecen preguntarse, dubitativos, los personajes en la pág. 416.

Vamos a hacer una cosa, parece decir la directora de la CIA, en absoluta molesta con Langdon porque huido con el tipo que le dio con un fémur en la cabeza y por haber estado persiguiéndole más de 400 páginas. Vamos a hacer una cosa, dice, porque la gente de la CIA siempre ha sido muy comprensiva, Katherine y tú vais para Kalorama Heigths y nosotros vamos a Franklin Square, ¿vale? Vale. Y así se arregla el asunto en la pág. 423.

Ojo a la escena en Kalorama Heigths (pág. 427), una de las más gloriosas del libro. “Era una mansión espectacular” (cómo no, y atiende, lector, de paso, a lo literario del término “espectacular”). En su puerta hay varios coches aparcados de cualquier modo, como con prisa, y al fondo se oyen voces. Irrumpen, pues, en la vivienda confiados y… ¡todo ha sido una trampa! El malo ha cogido todos los coches que tenía en la casa y los ha desperdigado por el jardín; luego ha puesto la tele a todo trapo y de este modo es como ha cazado en su red al apuesto Langdon y a la inteligentísima Katherine.

Entretanto, la pirámide, que Langdon lleva a todos lados consigo porque ya que la tiene en la bolsa… la pirámide, digo, por efecto de la cocción, ha soltado una capa de cera y debajo han aparecido unos símbolos. Paso por encima de diez o doce larguísimos capítulos en que los dos protagonistas son sometidos a torturas literarias por el malo para que descifren para él los citados símbolos, y retorno a la acción en la pág. 483, en que el helicóptero “UH-60 modificado” aterriza en Kalorama Heights y libera a los dos protagonistas. En el ínterin, Langdon, sumergido en un tanque de fluido, ha recordado todo cuanto sabe sobre masonería.
Paso por encima también de los diez o doce capítulos que tardan los de la CIA en reanimar a los dos protagonistas.

En la pág. 507 nos encontramos al malo Mal´akh que entra en la Casa del Templo de los masones, aquel lugar donde, si recuerdas, lector, empezó esta novela a las 20.33 horas. Conduce a Peter Solomon, que va en silla de ruedas. “El secreto más sublime de los masones, un secreto en cuya existencia la mayor parte de la hermandad ni siquiera creía, estaba a punto de ser revelado”. Te confieso, lector, que con estas cosas yo también estoy impaciente. ¿Cuál será ese secreto? Y lo que es más importante: ¿será o no será una chorrada?

Poco a poco se van descifrando algunos enigmas. En la pág. 526 descubrimos por qué la CIA tiene tanto empeño en encontrar al malo. Resulta que el hombre, cuando le admitieron en el grado más alto de la masonería, llevaba una microcámara escondida en una peluca y con ella grabó a todos los participantes en la ceremonia ritual, en la que entre otras cosas se bebió un líquido rojo en cráneos humanos y cosas así. Allí había senadores, congresistas, directivos de importantes empresas, y a todos los grabó el malo en tal trance con su cámara camuflada en una peluca. Si se difunden esas imágenes, puede ser una catástrofe nacional, de ahí el interés de la CIA en capturar al malo Mal´akh. Este mismo, sabedor de la importancia de su grabación, amenaza a Solomon con difundirla por la Red si no hace lo que le ordene. Ya le ha dado, de hecho (pág. 531), al “send”, pero “Tranquilo, Peter –susurró Mal´akh-. Es un archivo enorme. La transmisión durará varios minutos”. Y de ahí en adelante, durante muchas páginas, se interrumpirá el relato para contarnos como va la transmisión: 4% completado, 8% completado, 29% completado, y así en un clima de tensión difícilmente soportable.

Ya no aguanto más, viene a decir, efectivamente, Peter, en la pág. 537. ¿Qué es lo que quieres tur, cobarde? El hombre lo que quiere es que Peter agarre el cuchillo de Abraham, ese que tanto le había costado conseguir, y le mate con él. Sí, eso mismo, porque resulta que Mal´akh es… ¡aquel hijo de Peter que creían que había muerto en una cárcel turca! Pero no, no murió, había estado todo este tiempo planeando la venganza contra su padre por haberlo dejado abandonado en aquel presidio y no sobornar a los guardias para que le soltaran o algo.

Este golpe de efecto es muy similar a aquel con el que acababa Ángeles y demonios (ver crítica acompasada anterior, amigo lector, no hace falta que consumas la novela). Entonces el malo resultaba ser… ¡el hijo del Papa! Para mayor sorpresa, ¿un hijo que el Papa, para no violar su voto de castidad, había tenido mediante inseminación artificial! Glorioso final aquel para los que disfrutamos con los libros de Dan Brown. A propósito de esto, un vecino, realmente aficionado a estos libros, me comentó una vez que, diga lo que diga la crítica, Ángeles y demonios era mejor y más sorprendente novela que El código Da Vinci, aunque ésta hubiera tenido más repercusión. Le dolía decirlo, pero…

-Esa es la verdad. Por mucho que escueza.

Pero a lo que íbamos, que ya que queda poco. A causa de su rencor, Mal´akh se había convertido en un fanático y lo que pretende es que Solomon complete en su persona aquel sacrificio que Dios le pidió a Abraham de matar a su propio hijo. Peter insiste en que no, el otro en que sí, no se ponen de acuerdo. Entonces, de pronto, llega el “UH-60 modificado”, que siempre aparece en los momentos más oportunos, rompe con sus aspas la cristalera del templo, un cristal cae sobre el malo y éste muere en la pág. 556.

Así todo parece haber quedado solucionado. Pero no: todos miran hacia el portátil y observan, aterrados, que marca 100% completado. ¡La película que grabó el malo con senadores y congresistas haciendo el ganso ya está en la Red y puede verla todo el mundo! ¡Horror! Pero no hay que temer, les dice la directora de la CIA, que llega en esos momentos (pág. 561): “[el piloto del helicóptero] ha bombardeado el nudo de relés con un pulso concentrado de energía electromagnética que lo ha hecho saltar de la red, apenas segundos antes de que el ordenador portátil completara la transmisión”. Ah, bueno, pues mejor así, coinciden todos. Bueno, pues nosotros ya nos vamos, dicen los de la CIA. Encantados, adiós, tanto gusto. Y, efectivamente, la gente de la CIA desaparece de escena.

Quedan solos Langdon. Katherine y Peter, que tiene el brazo amputado pero aun así se resiste a ir al médico hasta no aclarar todo ese lío de la pirámide y la sabiduría perdida de los antiguos. Descifrando ahora ya tranquilos los distintos símbolos que han aparecido en la novela descubren que… agárrate, lector. Pero agárrate bien. ¡Es la Biblia que los masones fundadores de Estados Unidos enterraron al poner los cimientos del Capitolio! Hay, en la Biblia, está guardada la sabiduría antigua del hombre, y en ella está la respuesta a todas las preguntas “si se sabe leer entre líneas”. Desde aquí, pág. 593, hasta el final, pág. 616, Brown insiste en que leamos la Biblia, porque en ella está todo lo que necesitamos saber para hacernos hombres de provecho, igualarnos a los dioses, ser felices y desarrollar todo nuestro potencial mental. Allí, en la Biblia, está todo lo que necesitamos leer… bueno, allí y en el próximo libro de Dan Brown que saldrá a la venta seguramente para Navidad de 2010. Pero aparte de eso, si leemos la Biblia abriremos nuestra mente, canalizaremos nuestra energía, bla bla bla.

En realidad, en estos momentos me debato, como crítico literario y como persona humana, entre varios sentimientos. En primer lugar, el sopor inevitable que produce leer todas estas sandeces: en segundo lugar, el sentimiento de estafa al haber sido arrastrado durante más de 600 páginas detrás de un “gran secreto” que al fin no era sino ser buenos leer la Biblia, y en tercer lugar un sentimiento profundo de vergüenza ajena, porque con Brown ocurre igual que con Coelho, que si escribieran sus novelitas pata hacer negocio y sacar un dinerillo, quizás al fin podrían disculparse sus chorradas y aquí tendrían, llegado el caso, a un amigo. Pero lo malo es que ¡se lo creen!, que no hay aquí ningún sentido del humor ni siquiera un deje de cinismo que salvaría el conjunto, ¡es que están convencidos de que la humanidad necesita “entrar en una nueva Era” y ellos lo van a posibilitar por medio de sus páginas! Lo peor no es que digan estupideces; lo peor es que ejercen con orgullo la estupidez.

Pero en fin, no desespere el lector, que alguna sabiduría puede obtener, no obstante, de esta novela. La principal, que es bueno llevar siempre una mochila encima, por si surge alguna eventualidad literaria en forma de secreto de las pirámides, Santo Grial, manuscritos del Mar Muerto… alguna de estoas asuntillos sobre los que tratará la próxima “obra” de Dan Brown.

ÁNGELES IRRISORIOS

Crítica acompasada de la novela Ángeles y demonios, de Dan Brown



«¡Que no quiero verlo!», decía yo, como Federico García Lorca ante el cadáver de Ignacio Sánchez Mejías, «¡que no quiero verlo!», cuando me pusieron delante el último bestseller de Dan Brown, el celebérrimo autor del celeberrísimo Código Da Vinci. Ángeles y demonios se llama esta nueva obra del norteamericano, ante la cual retrocedía yo espantado, como un vampiro a la vista de un crucifijo o un jurado del Planeta frente a un amago de honradez, por más que los compañeros me insistieran en mi deber y mi responsabilidad como crítico. Al final no tuve más remedio que avenirme a comentar este nuevo libraco danbroniense, aunque no sin antes obligar a mis jefes a que me suscribieran un seguro de vida, para dejar a mi familia un mediano pasar en caso de que me sucediera, como barruntaba, algo durante la lectura. Qué sé yo... algún tópico atroz, alguna situación descabellada o algún diálogo horrendo que me provocara un síncope. Porque en estos thrillers de moda uno siente, ciertamente, que el peligro acecha detrás de cada página.

Con toda la caución posible vamos, pues, allá. En la pág. 21 nos llevamos ya el primer susto: allí esta aguardándonos Robert Langdon (¿por qué será que a mí este nombre me suena tan ridículo?), el protagonista de El código Da Vinci. Se trata, ya dijimos entonces, de un personaje de excelente factura, muy bien construido... dentro de lo que entiende Dan Brown por factura y construcción. Léase: es un personaje muy guapo y muy bien vestido, con cuerpo de atleta, bello y apuesto... «poseía lo que sus colegas femeninas denominaban un “atractivo erudito”», porque el tipo es catedrático de Simbología Religiosa en Harvard. Respecto a su dimensión psicológica, sus principales preocupaciones intelectuales y vitales parecen ser, por este orden, hacerse una limpieza dental al menos una vez al año y usar fijador de pelo efecto mojado, que le favorece bastante.

Mientras tan apolíneo personaje practica sus cincuenta largos diarios en la piscina de la universidad para mantener el tipito, en la otra parte del globo dos personajes enigmáticos se encuentran (pág. 25) en una estancia sombría y mantienen este lacónico diálogo: «¿Tuvo éxito?»; «Sí. Todo salió a la perfección»; «¿Tiene lo que le había pedido?». Y se intercambian un objeto misterioso. «Buen trabajo. Esta noche cambiaremos el mundo». Y se va cada uno por su lado.

Aquí ciertamente le entra a uno el pavor; no porque los malos quieran cargarse el mundo, que, al fin y al cabo, al precio que está todo, casi mejor, sino al ver con qué toscas escenas, atmósferas pueriles y diálogos que avergonzarían a un párvulo se llega a la fama y al bestsellerato en casi todos los países del mundo. Es verdad que siempre ha habido literatura rápida y fácil para el consumo diario, pero nunca como hoy se había recurrido de forma tan cruda a lo simplón, en su doble acepción de sencillo e idiota.

Ajeno a esta conjura malévola, Robert Langdon se está mirando, de perfil ante un espejo, los abdominales cuando de pronto recibe una llamada telefónica, también muy enigmática, en la que se le insta a ir al aeropuerto (pág, 27), donde le aguarda un avión muy raro de ultimísima generación para llevarle a Ginebra. Alli necesitan, al parecer urgentemente, de su cerebro privilegiado. De su mente preclara. «Ah, Ginebra, estado de Nueva York», dice Langdon mientras se abrocha el cinturón. «No, Ginebra, Suiza», le replica el piloto. Pues eso, que necesitan de su cerebro.

En lo que Langdón cruza el charco a una velocidad de Mach quince que a punto está de estropearle la máscara facial, Dan Brown, en un hábil ejercicio literario, aprovecha (pág. 30) para presentarnos —con mucho misterio, de más está decirlo— a uno de los dos malos de la novela. Se trata de un asesino, pero asesino asesino, eh, asesino de la muerte. Cómo será de asesino que se trata, ni más ni menos, que de uno de aquellos fumados seguidores del Viejo de la Montaña, los “hassasin” que tan célebres fueron en el siglo XI. El tipo es el único superviviente de la hermandad y es por eso que, además de asesino, tiene un cabreo...

Pero ya (pág. 33) ha llegado Langdon a Suiza. Reconoce el país helvético porque al bajar del avión «contempló el valle de un verde frondoso que se alzaba hasta los picos nevados que los rodeaban». También había muchas vacas con grandes cencerros, gente en pantalones cortos que comía chocolate y de fondo sonaba un reloj de cuco... Con sus descripciones tan vívidas, coloristas, y por supuesto alejadas de tópicos, Dan Brown parece trasladarnos físicamente allí.

En concreto ha llegado a un laboratorio de investigaciones nucleares cuyo director sale en persona a recibirle. Se trata de un hombre que va en silla de ruedas motorizada y es amigo de mantener las distancias. Y cuando Dan Brown dice “mantener las distancias” se refiere a que al director del laboratorio le gusta ir unos metros por delante del visitante; y si éste acelera, el otro corre aún más. Esto es verídico y está en la pág. 37.

Van recorriendo así el amplio laboratorio «ultramoderno» por donde «un puñado de científicos se movía de un lado para otro» (así, con este arte, describe Dan Brown el lugar y la actividad). Algunos hay, sin embargo, entre ellos «dos hippies melenudos», que en vez de a la investigación están dedicados a lanzarse un fresbee, o platillo volador. En un determinado momento (pág. 44, se estaba viendo venir), el fresbee se les escapa y nuestro protagonista, ágil y de espíritu juvenil, lo recoge y se lo devuelve en grácil parábola. «Le felicito —le dice el director—; acaba de lanzarle el frisbee al ganador del Premio Nobel Georges Charpak». «Hoy es mi día de suerte», piensa Langdon.

A propósito de esto, tengo delante un pequeño reportaje sobre Dan Brown que publicó el diario “El Mundo” en agosto del año pasado con motivo del lanzamiento de este Ángeles y demonios. Extraigo una frase de dicho reportaje; es de su agente literaria: «Brown es tan inteligente como el personaje que él mismo ha creado».
Después de estas y otras aventuras llegan por fin (pág. 48) a un pequeño despacho donde se encuentra el cadáver de un investigador, a quien entre otras muchas perrerías le han grabado a fuego en el pecho la palabra “Illuminati”. Dicha palabra está escrita de tal forma que se lee igual poniendo el libro boca abajo (y aquí sí que, sinceramente, debo alabar el ingenio y la maña de quien haya hecho tal diseño, en verdad muy logrado). A consecuencia de ello, Langdon se lanza a explicar la historia de los tales Illuminati, al parecer una secta de científicos enfrentada a la Iglesia y encabezada por... y aquí (pág. 51) Langdon hace un alto. «Estaba seguro de que Kohler (el director del laboratorio) reconocería el nombre». Al fin toma aire y lo suelta: «Se llamaba Galileo Galilei». Y al otro, en efecto, el nombre le suena de algo.

¿Pero qué relación hay entre estos Illuminati y el muerto?, se pregunta el director. «La pregunta del millón. Langdon fue al grano». Esto se encuentra en la pág. 52 y, quitando allá lo que pueda ser culpa del traductor, no tengo duda, sin embargo, de que en el original Dan Brown haya utilizado, engarzado y zurcido, como en el ejemplo, una frase hecha detrás de otra. Práctica ésta, la de usar y abusar de frases hechas, que es lo más vulgar y antiliterario que existe, pero es que al señor Dan Brown lo literario le importa menos que un móvil sonitono. Ya lo dice en el reportaje antes citado: «Estoy tan ocupado escribiendo que apenas dispongo de tiempo para leer otra cosa que no sean libros de investigación» (dudo incluso de esto, añado yo). Pero sigue: «Durante las vacaciones, lo único que hago es agarrar unos cuantos thrillers que estén de moda de esas estanterías en las que colocan los bestseller en las librerías. Ya sé que lo que digo —continúa— no resulta demasiado glamouroso, pero es la pura verdad».

Aquí se hace precisa, señor Dan Brown, una aclaración: no se trata de glamour ni de darse ínfulas de culturilla, se trata de que es usted, por esa naturaleza perezosa, engreída y ensimismada que confiesa, lo más contrario que existe a un artista, a un literato, y hasta a un rellenapáginas que sólo busque entretener a sus lectores de la forma más digna posible. Es usted un espanto, peor aún, una risión intelectual y novelesca, aunque venda más libros que nadie (lo admito), luzca una dentadura perfecta (admitido también) y sea, según parece, muy simpático con los periodistas.

Sigue Langdon contándole al jefe del laboratorio, que le mira prendado de su inteligencia, la historia de los Illuminati, hasta llegar a la conclusión, en la pág. 59, de que «se extinguieron hace muchos años» y que lo más seguro, pues, «es que otra organización se haya apropiado del emblema de los Illuminati».Igual fue el Real Oviedo, cuando, por eso de las deudas, tuvo que descender a Segunda B.
Tras una fugaz ojeada (pag. 63) al despacho del científico muerto, que resulta, pese a su cientificidad, ser sacerdote y tiene como es lógico todo el cuarto a rebosar de crucifijos, Biblias y estampitas, Langdon y el jefe del laboratorio salen al exterior a esperar la llegada de la hija (adoptiva) del occiso. Inteligente y deportista como Langdon, en el momento en que la avisaron de la muerte estaba haciendo submarinismo en las Islas Baleares y lo dejó todo para ir a darle el último adiós a su padre. De hecho, se ha venido hasta con las bombonas de oxígeno (si no te lo crees, lector, vete a la pág. 69). Cuando una página después se quita las gafas de bucear y se descalza las aletas, se nos describe como una mujer «no de una belleza avasalladora, pero sí de facciones terrenales que, incluso desde doce metros de distancia, parecían proyectar una sensualidad a flor de piel».

Así escribe Dan Brown, efectivamente, pero no es por esto ni por la belleza de la submarinista por lo que quedo unos momentos confuso, sino porque, de pronto, me encuentro otra vez metido de pies a manos en el mismo entramado que El código Da Vinci. Compruébese: un científico muerto para extraerle datos, la hija adoptiva de ese científico que llega para ayudar al héroe en la investigación (y enrollarse al final con él, quién lo duda), un fanático asesino suelto, otro segundo malo que le dirige en la sombra... Todo prácticamente igual, apenas unos pequeños cambios de nombres. Al parecer, este Ángeles fue escrito antes que aquél Código, es decir, que ni siquiera puede decirse que Dan Brown se ha acomodado a la fórmula del éxito, sino que, sencillamente, parece que no sabe hacer otra cosa.

En cualquier caso, esta semejanza entre novelas cercana al autoplagio indica tres cosas:
1) aquello que decía mi abuela del tonto y la linde;
2) que los aficionados a este tipo de novelas no quieren cambios ni variaciones ni perturbaciones, están muy a gusto instalados en el cliché, y como consecuencia de esto
3) parece haberse creado ya, con unas reglas y fórmulas muy estrictas, un subgénero literario que podríamos denominar “novelas de secta medieval que ha estado durante muchos siglos escondida y que viene justo ahora a dar por culo”. Un genero triunfante que amenaza hacer época, que la está haciendo ya.

Sigo, con esa sensación de dejá vu constante. Por lo visto, el científico muerto y su hija adoptiva estaban trabajando en un proyecto muy importante. Para verlo, entran en el laboratorio privado y restringídisimo del finado q.e.p.d. Pág. 88: «El laboratorio de Vetra tenía un aspecto increíblemente futurista. De un blanco reluciente, repleto de ordenadores y equipo electrónico sofisticado, parecía una especie de sala de operaciones». Y ya está compuesto el cuadro. Lo de Dan Brown con las descripciones, su torpeza quiero decir, comienza a ser proverbial. Como el tío no tiene la menor gracia para expresarse y la mayoría de las veces se nota que habla de oídas y en su vida ha estado, por ejemplo, en un laboratorio o en el despacho de un sacerdote, resuelve las situaciones de cualquier manera tópica y por lo común ridícula. Qué diferencia con el vero arte de la novela, una de cuyas reglas, quizás la principal, exige que el autor “presentice”, es decir, haga presente ante el lector un segundo mundo, le dé cuerpo, forma, bulto y consistencia... Esto, justo en el otro extremo, es una sucesión de descripciones hechas de mala gana y por compromiso con material de saldo. ¿Qué significa que una cosa es “increíblemente” futurista o que “parecía una especie de”?

En fin, el caso es que el muerto y su hija han creado la antimateria, así como Dan Brown ha creado la antinovela. De igual modo, se trata de un arma de efectos letales; un solo gramo (una sola escena) puede destruir cualquier rastro de vida y/o inteligencia en varios kilómetros a la redonda. Y el malvado, por lo que parece, se ha llevado un cuarto de gramo de esa sustancia, el muy... bribón, no merece otro nombre. Según parece también, si uno saca la antimateria del laboratorio y no la devuelve en menos de veinticuatro horas, explota irremediablemente, así que ya está la intriga servida: ¿conseguirán detener al malo antes de que acabe la cuenta atrás?; ¿cortará el héroe, en el último momento, el cable adecuado?

Nótese que la simpleza (en sus dos acepciones, repito) narrativa de Dan Brown llega a tal punto que sus creaciones (aquí y en El código) suceden de manera estrictamente lineal, un suceso tras otro, con un manejo rudimentario del tiempo (que es esencial en novela); adviértase también que todo en este bolodro suena a cinematográfico (aún más, a peliculero); y esto así porque Dan Brown en realidad no novela, ni narra, ni relata literariamente, sino que se limita a darle forma de libro a una historieta pensada para el cine o, lo que es lo mismo, para que las ganancias y los derechos de autor se dupliquen.

Mientras se desvela esto de la antimateria, Sylvie Baudeloque, la secretaria del laboratorio, «era presa del pánico» (pág. 124). Sucede que ha llamado al director alguien muy importante y ella no le localiza en el móvil. ¿Qué hacer?, ¿qué hacer?, se pregunta. «Sorprendida por su audacia, Sylvie tomó la decisión. Entró en el despacho de Kohler [el director] y se encaminó a la caja metálica que había en la pared (...) Miró los controles y localizó el botón correcto. Después respiró hondo y agarró el micrófono.» “Señor Kohler, señor Kohler, preséntese en su oficina cuanto antes”, rugen los altavoces dos capítulos después. Brown, hombre, contrólate, que hasta del hecho de hablar por megafonía estás haciendo un misterio acongojante.

A la llamada del megáfono, que diría Félix Rodríguez de la Fuente, el director acude a su despacho a ver qué pasa. Toma el auricular (pág. 130) y apenas oye quien está del otro lado sufre una especie de jamacuco (o zamacuco, sobre esto hay opiniones enfrentadas) de tal magnitud que tienen que aplicarle oxígeno. Con las últimas palabras antes de desmayarse, pide a Langdon y a Vittoria que vayan volando al Vaticano. Y los otros, muy obedientes, cogen y al Vaticano se van volando en un avión especial X-33.

Durante el vuelo, para entretenerse, hablan sobre Dios. Más que nada para ponerse en situación. «Al final, todos estamos buscando la verdad», concluyen en la pág. 135, a tiempo del aterrizaje.

En el aeropuerto romano les está aguardando un helicóptero para llevarles ante la misma sede papal. La chica se queda asombrada (pág. 140) al ver al piloto. «Daba la impresión de que iba ataviado para un melodrama shakesperiano. Su guerrera abultada era a rayas verticales azules y doradas. Llevaba pantalones y polainas a juego. Se tocaba con una boina negra..». A Langdon, que es hombre de más mundo, no le extraña sin embargo que un miembro de la Guardia Suiza (no es otro el que se describe) pilote un helicóptero con el uniforme tradicional. No se nos aclara si la alabarda que suelen usar la llevaba entre las piernas o en el asiento del acompañante.

Langdón aprovecha el breve trayecto para explicar unas cuantas cosas sobre el Vaticano, sin duda con animo de dejar admirada con su saber a la chica que tiene al lado. Se nos cuenta, por ejemplo (pág. 145), que el Vaticano es «el país más pequeño del mundo», junto con otras curiosidades que parecen sacadas de un calendario zaragozano o de un “¿sabías que...?” del Pronto.

Cuando al fin aterrizan en el Vaticano (pág. 146), Langdón se queda asombrado de ver muchos curas. Y es que parece, en efecto, que hay más de los normales. ¿Qué pasa aquí que hay tanto cura?, pregunta. El guardia le comenta que es que ha muerto el Papa (esto está escrito en el 2000, es una coincidencia) y ese día justo es el cónclave para elegir otro y entonces «todos los cardenales de la tierra se hallan reunidos hoy aquí». «Los hombres se amontonaban en el tabernáculo», se nos dice en página siguiente. No es de extrañar. Tanto cardenal en un país tan pequeño, normal que acaben en montonera. ¡Qué imagen de la Iglesia estáis dando!, les reprocha una señora.

Por el camino desde el helipuerto a la Basílica de San Pedro, nuestros héroes pasan (pág. 151) ante «un edificio cuadrado con el letrero “Radio Vaticana”. Langdon comprendió con asombro que era un centro de emisión de programas de radio». ¿Quién no comparte el asombro de este hombre?

Llega ahora, en la pág. 152, un gran reto para Dan Brown. Tiene que describir el Vaticano, en concreto su meollo, el centro de poder, por dentro, lo que visto ya su poco arte se nos antoja un imposible. Sin embargo, eso sí hay que reconocerle, Brown es hombre de recursos y picardía. Dice: «No se parecía en nada a las oficinas administrativas que Langdon había imaginado» y hala, ya está la descripción del Vaticano resuelta. Dos páginas después pasa por una sala de tapices y dice que eran «impresionantes por su belleza». O pasa por salas a oscuras, y eso que se ahorra de buscar tretas. Si, lector, en efecto, así, con este morro, está escrito Ángeles y demonios.

Vuelvo al reportaje de “El Mundo” ya citado y leo que los tres libros o autores de referencia para Dan Brown son Shakespeare (ya), Steinbeck (ya también) y The Elements of Style (Elementos del estilo), porque (y esto lo dice el escritor actualmente más vendido) «¿quién es capaz de recordar todas las reglas gramaticales y de puntuación?». Nadie, ciertamente, me adhiero a Dan Brown, y aun voy más allá: ¿quién es capaz de saberse de memoria las más de veinte, casi treinta letras, que componen un alfabeto? Sólo algún superdotado.

Pág. 155: les está aguardando el jefe de la Guardia Suiza. «Langdon intuyó de inmediato que el comandante era un hombre que había capeado temporales». Sí, y cortado orejas. El hombre les invita a pasar a su despacho; Brown cree conveniente describírnoslo (pág. 162): «La habitación no tenía nada de especial: un escritorio lleno de cosas, archivadores, sillas plegables y una fuente de agua». Y ya está. Concluyo con esto el tema de las descripciones danbronescas, pero sepa el lector que va a seguir así, reo de estafa literaria, hasta el final.

El comandante les explica que la antimateria que han robado del laboratorio se encuentra en un lugar que todavía no han localizado del Vaticano y que estallará dentro de cinco horas y cuarenta y ocho minutos. Entretanto crece así la tensión hasta unos límites insoportables, los cardenales, ajenos a todo, siguen enfrascados en el cónclave para elegir Papa, ante la indiferencia general porque (pág. 167): «El interés mundial por los acontecimientos del Vaticano había disminuido durante los últimos años». Visto lo ocurrido últimamente a la muerte de Juan Pablo II no puede decirse que Brown tenga mucho olfato sociológico.

Había prometido no hablar más del “ars descriptoria” de Dan Brown, pero es que lo que encuentro en pág. 170 supera todas las barreras de la caradura combinada con la indigencia literaria. Le conducen por el Palacio Apostólico hasta el despacho del Papa y... «Langdon miraba con incredulidad las obras de arte que adornaban las paredes, obras que valdrían cientos de miles de dólares». Y ya está de nuevo la descripción hecha, pero no es esto lo grave, sino la tremenda, insondable, infinita paletada que supone pararse ante una obra de arte o un monumento y exclamar “¡el dinero que habrá costado esto!”. Tal hace Dan Brown.

De pronto (pág. 179) les llama un autodenominado “emisario de los Illuminati” (a quien reconocemos como el malvado hassasin) para decirles que, además de colocar la bomba, ha raptado, aprovechando la montonera formada, a cuatro cardenales y los va a ir asesinando uno tras otro. Después de mucho pensar, Langdon ve claro en la pág. 201 a qué vienen esos ataques contra los purpurados: «Langdon se preguntó cómo reaccionarían los católicos del mundo cuando encontraran los cadáveres de los cardenales despedazados (...). Si la fe de un sacerdote no le protegía de la maldad de Satanás, ¿qué esperanza quedaba a los demás?». Pensarían (sigue cavilando, muy concentrado) que Dios no les protege y así pues, concluye, se borrarían del catolicismo y se apuntarían a otra religión. He de evitarlo, parece decirse a sí mismo, y se pone en acción. Diría que estamos sin duda (pág. 202) ante el momento de mayor estupidez del libro, si no fuera porque tiene 606 páginas y todavía, estoy seguro, aguardan muchas otras giliflautadas sin cuento en los dos tercios que quedan.

Langdon, ya lanzado a la acción, se sumerge en los Archivos Vaticanos en busca de la obra de Galileo, para encontrar en ella alguna pista de dónde pueda estar la sede «ultrasecreta» de los Illuminati. Una sede que permaneció escondida durante siglos para escapar a la vigilancia de la Iglesia ortodoxa, de tal manera que sólo los científicos más brillantes pudieran colegir su ubicación después de una larga y ardua fase iniciática. Langdon tiene cuatro horas y pico. Bah, de sobra.
Sin embargo, no se confía. Pág. 221: «El tiempo apremiaba y Langdon no lo perdió en explorar la estancia», es decir, los Archivos Vaticanos. Ya sé que había prometido no hablar más de las descripciones de Dan Brown, pero es que tal despliegue de sinvergonzonería literaria para librarse de una descripción es superior a mis fuerzas.

Al final, después de mucho dar vueltas, Langdon encuentra una pista (pág. 245) que le indica dónde será el primer asesinato, al parecer en la tumba de Rafael. Por el camino, pág. 252, este héroe moderno recapacita sobre cómo «ser conocido por el nombre (de pila, se refiere) significa un nivel de popularidad sólo alcanzado por unos pocos elegidos, gente como Napoleón. Galileo, Jesús (y añade acto seguido) Sting, Madonna, Jewel y el artista antes conocido como Prince». Aparte de que los nombres tras el paréntesis son nombres artísticos, apodos, y no cabe comparar, ¿se incluye en esta brillante línea de pensamiento Dinio, Terelú o Chanquete? Brown, por Dios, deja ya de decir sandeces para parecer moderno y enrollado, que no tienes edad.

En lo que revisan el Panteón, donde está enterrado Rafael, en busca del asesino, Langdon aprovecha (pág. 275) para explicarnos, como si lo hubiera descubierto recientemente, que el cristianismo es en realidad un sincretismo de tradiciones religiosas, un sistema que ha tomado sus elementos de aquí y de allá, de múltiples culturas paganas. Iba a decir que esto es desvelar, con aire de mucho misterio, eso sí, lo que todo el mundo medianamente leído sabe, cuando de pronto tropiezo con algo que rompe mis esquemas por completo y hasta me hace crujir el cráneo. Dice Brown que «ni siquiera el concepto de Cristo muriendo por nuestros pecados es exclusivamente cristiano. El sacrificio de un joven para redimir los pecados de su pueblo aparece en la tradición de Quetzalcoalt». Es decir, en el México azteca. Y dígame, brillantísimo Dan Brown, ¿cómo es posible que el cristianismo, hacia el año 33 más o menos, sincretara elementos de una religión que no se conocería hasta 1459 años después? Deje de firmar ejemplares de su libro y acláremelo, por favor.

La hija del científico asesinado, la que al final (si no, al tiempo) se enrollará con el protagonista, «sentía correr (en la pág. 278) su sangre italiana» y por tanto no hace más que murmurar “vendetta” todo el tiempo. ¡Cómo conoce Brown la naturaleza humana!

Al final resulta que se han equivocado de lugar y la pista en realidad les conducía a otro sitio. Es una iglesia que casualmente está en obras, un andamio la cubre y bien quisiera Brown describírnosla, pero va a ser imposible. Además, el lugar está en la penumbra y Langdon tiene que palpar buscando una entrada. Mientras palpa (pág. 295) «por un instante, recordó el antiguo mito de Dédalo, cuando el muchacho recorría el laberinto del Minotauro con una mano apoyada en la pared, sabiendo que le habían garantizado encontrar el final si no rompía el contacto con la piedra». Para mí que Brown se ha hecho un lío con la mitología griega; aparte de eso, ¿cómo se puede escribir, al recrear un antiguo mito, “le habían garantizado”? ¿Quién se lo había garantizado?, ¿el Deustche Bank al tres por ciento? ¡Qué manera más pedestre y bursatil de escribir?

Entran en la iglesia al fin (pág. 296). Está en obras y toda llena de polvo, así que en otro libro la describirá. Nos comenta, eso sí, que «contrariamente a lo que pensaba mucha gente, las catedrales renacentistas siempre albergaban múltiples capillas». ¿Y quién es esa gente que piensa lo contrario? ¿Tu vecino?

Se meten por una alcantarilla porque sospechan que el cadáver del cardenal puede encontarse allí; pero el sitio está a oscuras. Langdon se interna, sin embargo, en la cloaca y le dice a la chica que vaya a buscar algo de luz. De pronto (pág. 302) le inundó una luz azulada y «notó un intenso dolor en la nuca. Giró en redondo y vio a Vittoria con un soplete». Es lo que tienen las mentes privilegiadas...

Total, que encuentran al muerto y al salir del agujero (pág. 307), Langdon «se preguntó cuántos espacios angostos más podría encontrar en un solo día». Si me permites que te ayude, Brown, porque te noto un poco cansado, así grosso modo yo calculo que siete. Ocho como mucho.

Al parecer, una estatua en esa misma iglesia indica dónde será el siguiente asesinato, pero para eso hay que subirse al andamio y otear la ciudad. No hay problemas; Langdon, en la pág. 323, «se izó sobre la plataforma superior, sacudió el yeso de su ropa y se puso en pie. La altura no le afectaba». Claro, ya se nos ha dicho con asiduidad que era jugador de waterpolo.

En esta misma página, Brown ha debido de tomarse un Pharmaton Complex y de pronto le da un arranque lírico: «Como un océano en llamas, los tejados rojos de Roma se extendían ante él, resplandecientes bajo el ocaso escarlata». ¡Qué bonito!
El lugar indicado es la misma plaza de San Pedro. Hacía allá que van, aunque les corroe la duda: ¿cómo va a dejar nadie un muerto en un sitio tan populoso? Llegan al lugar y lo examinan (pág. 336): todo parece normal: turistas, curas, monjas, cardenales, «un indigente ebrio que dormitaba en la base del obelisco», cubierto el rostro y como desmayado. Nada sospechoso. Ya se van a ir cuando de pronto una niña grita y descubren, horrorizados, que el indigente no es tal sino un cadáver. Y es que, se ha dicho muchas veces, la infantil inocencia sabe penetrar como nadie en el corazón de las cosas.

Langdon vuelve a los Archivos Vaticanos (pág. 371) en busca de una pista que le permita descubrir dónde será el siguiente asesinato. De pronto, una mano misteriosa le deja encerrado allí. Al verse rodeado de tanto libro todo lleno de letras, al protagonista de la novela le da un agobio y sólo piensa en escapar de allí. El método que emplea (pág. 383) es propio de las novelas de Rocambole, unas obras ligeras de entretenimiento que triunfaban hace más de un siglo, hasta que los lectores se hartaron ya de trucos y acabaron incluso por formar el peyorativo “rocambolesco”. Hoy, más de cien años después, se recupera lo que aburrió a nuestros abuelos, algo completamente superado. Estamos de broma, pero ciertamente es para echarse a temblar.

Encuentra la iglesia pero es tarde, el tercer cardenal está muerto (pág. 404). Otra escena rocambolesca para escapar del asesino, a quien casi capturan in situ. Al final, el malo rapta a la chica.

Entretanto, con aquello del muerto en medio de la plaza, todo el mundo se ha enterado de que en el Vaticano está pasando algo raro. Entonces, en un gesto audaz, en vez de alimentar el secretismo, el propio camarlengo busca a un cámara de televisión y lanza, en la pág. 415, un discurso que comienza de este modo: «Dios se ha convertido en algo obsoleto. La ciencia ha ganado la batalla. Nos rendimos». ¡Guau! Todo el mundo en todos los países se paraliza frente al televisor. El camarlengo lanza entonces un discurso insufrible y retórico, hecho de topicazos del estilo “el consumismo nos está haciendo perder los valores”, “vivimos para trabajar y no trabajamos para vivir”, “tenemos que escuchar a nuestros corazones”, “hoy en día los tomates no saben a nada” que provoca, al final (pág. 419) que millones de personas en todo el mundo dejen lo que tienen entre manos y abracen el cristianismo.

En la pág. 446 Langdon llega al lugar donde supone va a cometerse el último asesinato. Estamos de noche, en medio de una plaza pública, y el protagonista, siempre tan sagaz, desconfía de un coche que, al contrario que los demás que circulan por la plaza, se acerca sin luces. Sin duda, es un intento de pasar inadvertido.

Efectivamente en ese coche viene el hassasin. Se entabla una pelea en la fuente que hay en medio de la plaza. Como es nadador y waterpolista, Langdon se mueve «como un torpedo» (pág. 452), pero el malo, sin embargo, es mucho más bruto y parece que va a ganar la pelea. Al final, Langdon recurre a una brillante estratagema: se hace el muerto (pág. 454) y el hassasin, tomándole por tal, le deja allí sumergido y se va.

Entonces Langdon sale de la fuente, se pone a pensar y llega a la conclusión de que la guarida de los malvados está en el castillo de Santangelo. Hacía allí se encamina, a vencer al malo y a rescatar a la chica. «Su corazón latía con fuerza (en la pág. 469). La frustración y el odio empezaban a hacer mella en sus sentidos». Yo también estoy mellado, pero no puedo, sin embargo, dejar ahora la lectura, en lo más emocionante.

Al final, en el dicho castillo encuentra al hassasin; toma Langdon entonces una barra de hierro de las que hay por allí siempre a mano y le hace frente, exigiéndole que suelte a la chica, que está maniatada en un rincón. El otro no quiere. Pelean. El hassasin, además de malo, juega sucio, y poco a poco va acorralando a nuestro héroe hasta que le empuja por un balcón. En un desesperado esfuerzo, Langdon logra agarrarse a la barandilla con una mano; el malo, siempre tan vil, va a golpearle en los nudillos para que se suelte y se precipite el vacío. Cuando ya tiene el barrote, que ha caído en la lucha, levantado para hacerlo, de pronto es atacado por la chica que se ha soltado de sus ligaduras y es el malo, entonces, quien lanza un grito, se defenestra y muere. La chica se ha soltado de sus ligaduras porque en su día hizo yoga y tiene mucha flexibilidad. Así, en la pág. 481, concluye esta originalísima y nunca vista escena que creo haber explicado bien; si falta algo es porque entre medias de ella he sufrido un ataque de narcolepsia.

A todo esto, faltan (pág. 482) «algo menos de cuarenta y cinco minutos para la explosión». No me da tiempo siquiera de ir al baño.

Langdon y la chica vuelven a la carrera desde Santangelo al Vaticano por un pasillo secreto, el famoso “passetto”, abierto y despejado para ellos. Cuando llegan a los aposentos papales, se encuentran con un pequeño jaleo. Están allí casi todos los protagonistas y discuten a ver quién es el malo que guiaba al otro malo, al muerto, al hassasin. Al final, todas las sospechas recaen sobre el jefe del laboratorio y, bueno, se le cargan (pág. 503). Antes de morir tiene tiempo, sin embargo, de darle a Langdon secretamente una minicinta de vídeo y musitarle al oído «dele esto a las televisiones», y según dice «...ones» dobla. ¡De dónde sacará Brown este tipo de escenas!, ¡qué imaginación desbordante!

Pero no tienen tiempo para velar al difunto, porque falta por descubrir la antimateria, queda muy poco para que explote. El camarlengo, entonces, entra en una especie de trance y seguidme, dice, y tras él corren todos los testigos y también un cámara de televisión. Entra, en la pág. 516, por un «boquete bostezante» del suelo a las catacumbas (qué inspirado y lleno de gracia el símil de Brown, único, por otra parte, de todo el libro, lo que hace suponer el esfuerzo que le cuesta dar a luz este tipo de metáforas), y se dirige a la tumba de San Pedro, que al parecer está allí. Y en la tumba, en efecto, se encuentra la antimateria; la toma el camarlengo y ¡dejadme solo! se dirige hacia el exterior. Salió, se nos dice en la pág. 528, «como una exhalación».

Exhalado llega, en la pág. 532, hasta el helicóptero papal, al cual se sube y lo pone en marcha, porque resulta que además de camarlengo es piloto. Nada dice contra esto la Ley de Incompatibilidades, es cierto. Cuando despega descubre que en el asiento a su lado está Langdon, que no quiere dejar pasar esa ocasión de salvar a la humanidad y que imagina que el camarlengo pretende llegar hasta el mar, internarse un poco en él y arrojar el petardo al ponto.

Lejos de ello, sin embargo, lo que hace el pater es ganar altura, mientras abajo, en la plaza de San Pedro, la multitud contempla atónita el elevarse del aparato (pág. 536). «Hombres y mujeres se tomaban de las manos. Otros abrazaban a sus hijos». Hay, en fin, un sobeteo general. Cuando ya apenas se le distingue, de pronto el helicóptero explota. «Nunca tantos habían guardado semejante silencio», se nos dice en la pág. 538. Nunca tampoco se había engolado tanto la voz para tamaña sandez.

Ante la multitud estupefacta, es decir, convertida en estúpida, de pronto se presenta el camarlengo (pág. 541), en majestad encima de un tejado. La gente brama, ruge, y se acentúa el sobeteo. ¡Milagro!, exclama la mayoría; ¡gol!, gritan algunos. Y tal parece, en efecto, pero...

En realidad ha sucedido lo siguiente: cuando el helicóptero había tomado ya su buena altura, de pronto el camarlengo (pág. 544) había cogido un paracaídas y había saltado, con mucho tino para ir a caer encima del tejado, inadvertido a la multitud. Allí, en el aparato, queda entonces Langdon, a falta de cincuenta segundos para que estallara la bomba y sin otro paracaídas. Cuando sólo quedan treinta y dos segundos toma la decisión, «la increíble decisión...». Coge una especie de sábana y salta. Con la sábana va amortiguando y dirigiendo el descenso hasta que se encuentra encima del río Tíber. Entonces suelta el trapo y, muy grácilmente (pág. 547), cae a las agua haciendo un mortal carpado con doble tirabuzón.

Langdón sale de las aguas a tiempo para suspender el cónclave que ya iba a elegir, por unanimidad, al camarlengo como nuevo Papa (pág. 559). Está claro que éste, el camarlengo, es el malo supremo, el que dirigía al otro. La prueba está en la minicinta de vídeo que el jefe del laboratorio le dio a Langdon antes de morir, y que es una grabación secreta de una reunión entre ambos donde el camarlengo confiesa abiertamente su plan malévolo...

Dijo Plinio, y reiteró Cervantes, que no hay libro malo que no contenga algo bueno. Suele olvidarse lo contrario, que también es cierto; y suele no profundizarse en la consecuencia, es decir, que no hay libro malo que no contenga algo peor. El desenlace de este Ángeles y demonios constituye uno de los capítulos inolvidables, por horrendos, de la literatura universal. Véase: el camarlengo reconoce que, en efecto, él había trazado todo el plan (el robo de la antimatería, el asesinato de los cardenales y hasta el salto final en paracaídas) pero con un noble objetivo: soltar el famoso discurso por el que tantos paganos se convirtieron y ser elegido Papa. De hecho, él había asesinado al Papa anterior, a quien le unía una profunda amistad hasta que descubrió que... ¡tenía un hijo! (pág. 580). Esta paternidad física le convertía en impuro para un fanático de la talla del camarlengo y, así pues, se lo cargó. Lo que no sabía, y le revelan los cardenales allí reunidos, es que el difunto Papa no había roto su voto de castidad, porque había concebido el hijo, sí, pero... ¡mediante inseminación artificial! (pág. 582). Y aún más, ese niño probeta... ¡es él, el camarlengo! (pág. 583). Después de todo lo cual, me tienen que internar en una clínica, aquejado de politraumatismos varios.

Es fama que hay algunos libros, pocos, que cambian los esquemas vitales de una persona, otros que hacen pensar, que abren los ojos a una realidad distinta, que enseñan algo... La mayoría de los libros son útiles y buenos. Otros, sin embargo, como éste que aquí cierro aunque queden sólo veinte páginas, el libro más vendido de los que circulan hoy, te dejan en el cuerpo la misma sensación de quien se ha pasado toda una tarde explotando papel de burbujas. Esa misma. Esa.