domingo

LOS ENIGMAS OBVIOS

Crítica acompasada de la novela El símbolo perdido, de Dan Brown.



Sólo 3 personas en el mundo, 3, habían tenido ocasión de leer el manuscrito de la nueva novela de Dan Brown, El símbolo perdido, antes de que fuera entregado a la imprenta. Esto, al menos, proclamaba la prensa, entre asombrada y fascinada por tamaño secretismo. Tres personas que, según también indicaban algunos medios, cuando el libro viese la luz serían encerradas de por vida en las cámaras acorazadas de Random House, como hacían los faraones con sus arquitectos, para que no trasmitieran nunca el secreto de la composición.

Para completar la parafernalia, en aquellos países en que el texto no iba a salir en su lengua original la traducción se repartió entre varios equipos distintos, incomunicados entre sí para que el uno no le soplara su parte al otro y de esta manera acabaran reconstruyendo el cuadro final. Y lo que era peor: ¡se lo comunicasen a los periodistas antes de la premiere mundial! Aislados, pues, en diferentes edificios cercados con vallas electrificadas, guardias con perros en continuas rondas, y sometidos a exhaustivos cacheos para que nadie pudiera deslizar fuera un solo papel, así tuvieron que trabajar los traductores. Para que luego digan que la industria editorial no se preocupa por la calidad del producto.

El caso es que, impresionado, e intimidado, con todo este aparato, compré el libro apenas llegó el trailer a las librerías y descargaron de él el primer pallet. El símbolo perdido, la novela más esperada después de El código Da Vinci. Ansiosamente me lance a leer la primera página donde había letras, pág. 9. Se titula “Los hechos” y comienza así: “En 1991, el director de la CIA ocultó un documento en su caja fuerte. Hoy en día el documento todavía permanece allí dentro”. ¿Habrase visto alguna vez suceso parecido? Desde luego, la nueva novela de Dan Brown promete desde el primer momento una acción espectacular.

Pero entramos ya en el prólogo, pág. 11. Se inicia así: “Casa del Templo.20.33 horas”. A mí esto me suena un poco raro, quiero decir lo de situar la acción en un espacio como religioso y metafísico y luego consignar las horas de esa forma cronometrada y digital, como con un reloj Casio. Sería algo así como decir: “Interior de la catedral de Burgos, 14.16 horas” o “el sol se filtraba por las vidrieras de Notre-Dame con extraordinario colorido a las 12:22”. A mí, ya digo, me suena un poco chapucero, pero es cierto que la literatura ha cambiado mucho y quién soy, piltrafilla, para discutir los métodos más vendidos de narrar.

En esta misma página, al final, se nos dice respecto a unos individuos que “de sus cuellos colgaban joyas ceremoniales que brillaban cual ojos fantasmales”. Y apenas llevo leídas quince líneas. Sin embargo, ya entiendo que al lector no le interesan estas cuestiones estilísticas, que él se pregunta por la chicha, por cuándo saldrá el malo, habrá un primer asesinato o se descubrirá algún Santo Grial. Consciente de ello, pasaré de largo ante estos grumos gramaticales; entre otras cosas también porque temo que, de detenerme en ellos, me podría eternizar.

Lanzo un suspiro de alivio en la página siguiente, al enterarme de que la citada Casa del Templo se halla en “el número 1733 de Sixteenth Street de Washington”. Lo celebro, de verdad. Celebro que Dan Brown se haya ceñido a una ciudad donde supongo que camina sobre seguro y no tendrá, pues, que recurrir a gansadas como las de El código Da Vinci, donde el malo se hallaba preso en un presidio de Andorra hasta que llegó un terremoto, lo derribó, y el hombre aprovecho la confusión para escapar y llegar andando hasta Oviedo. Ningún lector, que yo sepa, se quejó por esta trabucada, pero aun así el editor debió decirle a Dan Brown: “Tú, por si acaso, no te compliques demasiado. De Sixteeenth Street a Twentieth Street y para veinte euros que cuesta la novela la gente va que chuta”.

Total, que estamos dentro de la Casa del Templo, un espacio imponente con cierto aire a santuario y cuyos muros “eran como un calidoscopio de símbolos antiguos: egipcios, hebraicos, astronómicos, químicos, y otros todavía desconocidos”, concluye Brown, cubriéndose hábilmente las espaldas. Que había muchos símbolos, vamos. En este templo, que por lo que parece es un lugar de reunión de la masonería, se está procediendo a la ascensión de grado de diferentes hermanos, de acuerdo al aparatoso ritual del Gran Oriente. Entre los que van a ser ascendidos a la élite, la narración se detiene en un tipo “de musculosa constitución” que mientras bebe vino en un cráneo hueco se felicita porque, dentro de pocos días, la semana entrante a más tardar, llevará a cabo un plan terrible. “Pronto perderéis todo lo que más apreciáis”, se dice para sí.

En el capítulo siguiente, pág. 15, aparece ya Robert Langdon, el héroe de las novelas de Dan Brown. El autor nos lo presenta –¡ingenioso y nunca visto truco!- a bordo de un ascensor de la Torre Eiffel cuyos cables, de repente, se rompen y el héroe se precipita, ¡horror!, en el vacío. Pero no pasa nada: es una pesadilla y Langdon se despierta algo sobresaltado para comprobar que está a bordo de “un avión privado Falcon 2000EX (…) con motores duales Pratt & Whitney”. En El código Da Vinci, Langdon viajaba a bordo de un avión “Hawker 731 con motores Garret TFE-731”, me acuerdo bien. Pero se conoce que el editor, de nuevo, le ha dicho a Brown que en literatura no conviene repetirse y entonces Langdon viaja en otro avión.

Apenas aterrizar el avión en el aeropuerto Dulles, de Washington, sale a recibir al profesor una mujer de mediana edad que desde el principio se muestra impresionada por hallarse en presencia de Langdon en persona, el héroe novelístico hecho carne. A la mujer le sorprende, sobre todo, que Langdon no lleve corbata, a lo que nuestro tipo, siempre tan campechano y progresista, le cuenta en confianza que a él no le gustan las ataduras e informa a la mujer del origen romano de tal prenda, aunque algunos piensan, en realidad, que nació en Croacia, y en esta diatriba se emplea buena parte de la pág. 18. Una vez aclarado el asunto, Langdon se sube a una limusina que le está aguardando para conducirle al Capitolio, donde, al parecer, precisan de sus servicios.

Mientras Langdon el descorbatado va a ver para qué le quieren ahora los del Capitolio, la escena se traslada a un tal Mal´akh que, pronto nos enteramos (pág. 20), es aquél a quien los masones estaban aceptando en la cúspide de su organización. También pronto, nos enteramos de que no trama nada bueno. Es el malo de la novela, en fin; ya me extrañaba a mí que estaba tardado mucho en aparecer y la novela corría el riesgo de perder fuerza.

El tal Mal´akh está tatuándose a sí mismo el cuerpo con símbolos muy extraños de diversas religiones. Con ellos se ha tatuado por completo todo el cuerpo menos un pequeño círculo en su parte más avanzada… que, no te pienses mal, lector, es la coronilla. Después de mirarse ante el espejo, “soy una obra maestra”, procede a darse una muy gruesa capa de maquillaje que oculte su piel y le ayude a pasar inadvertido entre la gente normal, para de este modo llevar a cabo su plan. “Había esperado pacientemente… y esa noche sería por fin completado”.

Entretanto, Langdon está llegando al Capitolio. Ha tenido un día un poco duro, que rememora en la pág. 25. Después de despertarse a las cinco de la mañana y hacerse en la piscina sus cincuenta largos de rigor (en las otras novelas del personaje ya se ha comentado por extenso que fue jugador de la selección norteamericana de waterpolo, experiencia ésta que en un determinado momento de Ángeles y demonios le ayudó a escapar, al tirarse de cabeza desde un helicóptero al río Tíber, en Roma), después, como digo, de su ejercicio natatorio que le mantiene esbelto y apolíneo, estaba moliendo a mano “granos de café de Sumatra” con que acostumbra a desayunarse. Hasta aquí todo normal. Pero justo cuando el café estaba ya hecho, recibe una llamada del ayudante personal de su amigo Peter Solomon, “un prominente académico”, pidiéndole que vaya al Capitolio a dar una charla “a la élite cultural del país”. “Es que me iba a tomar un café”, parece amagar la réplica Langdon. “Venga, ande, hágalo por su amigo Solomon”, le replica el asistente personal de éste. “Bueno, vale, voy”, concede Langdon, y luego “metió algunos granos más de café en el molinillo. Un poco de cafeína extra para esta mañana, pensó. Hoy va a ser un día más largo”. Y con esta frase siempre enigmática acaba el capítulo 3.

Descripción del Capitolio, pero no es Langdon el que llega. Es el malo Mal´akh (pág. 30) con el brazo en cabestrillo y afectando una ligera cojera. Al ir a pasar por el detector de metales, el brazo pita. El malo aduce que tuvo un accidente de esquí y “bajo las vendas llevo un anillo. Tenía el dedo demasiado hinchado para poder sacármelo”. Le pasa entonces el guardia el detector manual y, en efecto, en el escáner se ve que hay un anillo. “Todo está en orden”, dice el guardia, y le deja pasar. Ignora el hombre que, mediante ese truco, Mal´akh acaba de introducir en el edificio “un poderoso objeto”, “Un regalo para el único hombre en la Tierra que me puede ayudar a obtener lo que busco”, concluye en plan misterioso.

Este recurso a la última frase enigmática del malvado donde se deja entrever que está tramando algo fatal ya la ha usado Brown lo menos cuatro veces en lo que llevamos de novela. Me parece a mí una técnica algo burda, algo así como si para crear misterio otro novelista hiciera a su malvado ir mascullando a cada poco: “¡la que estoy preparando!, ¡la que voy a liar!, se va a armar gorda!” Parecido a los feriantes que a voz en grito intentar atraer gente a su tómbola: ¡Siempre toca, siempre toca, un pito o una pelota!

En la pág. 37 es Langdon el que llega al Capitolio. “No era para nada lo que había esperado”, se nos dice en frase, como se ve, de gran enjundia literaria. Pero hemos quedado en que esas cosas de estilo quedan para los snobs, lo que importa es la acción y “Langdon se habría tomado una buena hora para admirar la arquitectura, pero apenas quedaban cinco minutos para el inicio de la conferencia”. Así que pasa dentro. Si por una cosa, y ahora hablo en serio, admiro a Brown y creo que ha hecho una aportación a la Literatura es por su amplia gama de recursos para escapar de las descripciones, como en este caso, como en tantos otros y como en aquel memorable en que, hallándose su héroe en un salón del Vaticano, se apañó con aquello de “era una sala que no se parecía en nada a cualquiera de las que había visto antes”, y trámite cumplido.

Langdon entra en el Capitolio portando una bolsa de deportes (pág. 38), como suele ser lo habitual. El de los rayos X, sin embargo, que antes había dejado pasar al malo, no repara demasiado en ella: está atónito por que el protagonista luzca en la muñeca derecha un reloj de Mickey Mouse. Langdon está muy orgulloso de él y el autor no menos: es el recurso que usa para darle al personaje literario un carácter, una identidad. Con lo cual, no llevar corbata, ser apuesto y haber jugado al waterpolo, ya está la personalidad completada en la pág. 39. Podemos seguir.

Camino de la sala donde va a obsequiar a la élite del país con una conferencia, Langdon reflexiona sobre cómo en toda la ciudad de Washington, y en especial en el Capitolio, abundan los símbolos masónicos. Despliega en varias páginas una defensa apasionada de dicha organización y refuta de un plumazo las acusaciones tanto de extravagantes como de conspiradores que se les han colgado a lo largo de la Historia, asegurando que “la verdad, seguramente, estaba en algún lugar intermedio”. Reafirmado en esa irrefutable hipótesis, acelera el paso y, según está dando el reloj las siete (pág. 47) abre las puertas para hacer su irrupción triunfal en la sala central del Capitolio.

Y he aquí unos los primeros grandes sustos de esta novela (pág. 50). En lugar de un amplio auditorio que se pusiera en pie y prorrumpiera en aplausos a la entrada del protagonista, el lector se encuentra con que el Salón Estatuario está vacío, “sólo un puñado de turistas que deambulaban sin rumbo fijo, ajenos a la estelar entrada de Langdon”. Turistas de alpargata y botellín, parece que se queda con ganas de descargar su desprecio el autor, pero no hay tiempo para entretenerse. En aquel momento, poco más o menos, Langdon tiene una conversación telefónica con un tipo que de pronto convierte su voz “en un susurro profundo y melifluo” para decirle: “Usted está aquí, señor Langdon, porque así lo he querido yo”. Y con este yo en cursiva se cierra el capítulo 8.

Yo ya me lo sospechaba, pero el capítulo 9 me lo confirma: era el malo el que llamaba. ¿Y qué quería? Decirle a Langdon que ha secuestrado a Peter Solomon, su amigo, y que sólo lo soltará si (pág. 54) Langdon encuentra y abre para él (para el malo Mal´akh) un misterioso portal. Pero, ¿cómo que un portal?, pregunta, palabra más o menos, Langdon; como no me dé más pistas. En aquel momento la comunicación se corta y en la sala de al lado suena un grito (pág. 55): ¡Ahhhhh! Langdon va a ver qué pasa y de pronto retrocede asustado: “La cabeza le comenzó a dar vueltas al darse cuenta de que estaba mirando [en el suelo] la mano cercenada de Peter Salomón”.

Justo es reconocer que esto no está mal, y si no de gran estilo literario, por lo de la cabeza giratoria, para los niveles de entretenimiento en que nos movemos la cosa resulta bastante divertida. Pero el crítico sabe que no debe confiarse, porque quedan todavía casi 600 páginas y estamos hablando de Dan Brown, un profesional del bestseller.

Al poco nos enteramos (pero era fácil de suponer) que quien ha introducido aquella mano cercenada en el Capitolio y la ha dejado en medio de la sala ha sido el hombre con el brazo en cabestrillo de varis capítulos atrás. Fíjate, lector, que lo que tapaba el yeso en realidad era esa mano amputada… pásmate; y aquí Brown se recuesta en el sillón, orgulloso de su ingenio. Pero ¿dónde estaba entonces la otra mano del malo?, ¿a la espalda? ¿Cómo?, se despereza Brown. Y si ambas manos estaban bajo la escayola, el guarda, al pasarle el escáner y mirar la pantalla, ¿no advirtió por rayos X que allí había dos radios, dos cúbitos, y al menos cuarenta huesos, entre falanginas y falangetas? Ah, bueno, protesta Brown, si vamos a empezar a fastidiar con detallitos, y a sacarle punta a todo, y no estamos por colaborar, así no hay novela que prospere.

La mano luce, al parecer (pág. 69), varios tatuajes que representan símbolos ancestrales, propios de “un mundo de antiguos misterios y sabiduría oculta”. Y de este modo misterioso (no vale reír) concluye el capítulo 13.

La novela pasa ahora a centrarse en Katherine Solomon, hermana del amigo súbitamente manco de Langdon. A Katherine se le ha habilitado una gran sala como laboratorio en el Museo Smithsonian, cercano al Capitolio. Un poco antes se nos ha presentado dicho Museo como un “pantagruélico edificio” (¡!), y uno estaría tentado de pedir cuentas por esto al traductor si no fuera porque sospecha que es traducción literal, que Brown no tiene la menor gracia literaria para definir un espacio. En este sentido, se avecina ahora uno de sus capítulos más “gloriosos” (pág. 73). Ocurre que Brown otra cosa no, pero es plenamente consciente de sus limitaciones, de su indigencia para describir un lugar con sentido literario, para buscar algo significativo más allá de la simple enumeración de objetos. Por ello ha desarrollado unos cuantos trucos con que disimular esta carencia. El que emplea en esta novela supera todo lo anterior. Resulta que, para ahorrarse descripciones (su punto flaco), Brown pinta el laboratorio de Katherine como “un cubo sin ventanas” situado al fondo de un espacio oscuro, oscurísimo, la tiniebla total. La mujer tiene, encima, prohibido dar la luz para llegar hasta él, así que, todos los días, Katherine debe dirigirse a su laboratorio a tientas. ¿Qué hay en aquella sala del Smithsonian que precede al laboratorio?, ¿cómo es?, ¿qué podemos encontrar de sugerente? Pues no se sabe. Como está todo oscuro.

El caso es que, en su laboratorio, Katherine está investigando sobre la ciencia noética. Dicha ciencia es calificada como “el eslabón perdido entre la ciencia moderna y el antiguo misticismo” (pág. 76). En resumen, quiere demostrar que nuestra mente tiene un potencial enorme y que si sabemos canalizar nuestra energía podemos cambiar el mundo. Porque resulta (yo no lo sabía) que estamos interconectados con todas las cosas y nuestro pensamiento, bien canalizado, puede influir sobre la materia y determinar incluso los sucesos y transformar nuestro destino. Dice Brown que esto lo ha leído en un libro de una tal Lynne McTagart y que es verdad. ¿Quién soy yo para contradecirle?, o mejor ¿para contradizcarle?

La ayudante de Katherine Solomon se llama Trish Dunne y es una mujer inteligentísima. Ambas, doctora y ayudante, son dos cerebros privilegiados. Eso dice Brown, claro, pero en realidad, cuando se juntan, como en la pág. 91, pueden estar páginas y páginas hablando sin decir nada inteligente. Se alaban su sabiduría y, un poco, su belleza; se recuerdan una a otra las últimas novedades tecnológicas y comentan lo mucho que ha cambiado el mundo en los últimos años gracias a Internet… En general, vaciedades. Nada dicen que nos demuestre su inteligencia, su cultura, su potencial superior. Y es que esto es algo que a Dan Brown de seguro, y a tantos otros escritores de best sellers seguramente, se le escapa, aun con ser la primera ley de la novelística: el autor no tiene que proclamar si los personajes son listos, tontos, sensibles o cínicos, lo que tiene que hacer es “mostrar” su manera de ser, que el lector la deduzca de sus conversaciones, de sus actuaciones, de sus pensamientos si quiere.

Volvemos al Capitolio y a la mano cercenada. Hace algunas páginas que se ha presentado en el lugar la CIA. Su directora fuma, por lo que enseguida se echa de ver que no es persona muy de fiar, y encima se porta muy bruscamente con Langdon, el apuesto waterpolista. Éste intenta explicar a la nicotínica mujer que eso del portal se ha usado mucho a lo largo de los tiempos pero a modo de metáfora, como la puerta que da acceso a la sabiduría ancestral del ser humano, un saber supremo que puede convertir a los hombres poco menos que en semidioses. “Buscar un portal `literal’ sería como buscar las puertas del cielo”, acaba por desesperarse Langdon en la pág. 105. La directora de la CIA no acaba de creérselo. Esta gente de la CIA nunca se cree nada.

Tras un largo rato en que Langdon, la directora de la CIA y el jefe de la seguridad del Capitolio han estado observando la mano amputada, descubren (pág. 125) que en ella hay tatuado lo siguiente: IIIX 5B5. ¿Qué podrá significar?, se preguntan inquietos. Después de un largo rato aventurando significados, cuarenta páginas en concreto que Brown aprovecha para largar toda su documentación sobre los masones, advierten que si dan la vuelta a la mano lo que pone es SBS XIII. ¡El trastero numero 13 del subsuelo del Capitolio! Los tres salen para allí más que deprisa, orgullosos de su poder de deducción.

Durante todas estas páginas, el malo Mal´akh ha estado insistiendo al bueno Langdon en que él tiene algo muy importante que le puede abrir la puerta que está buscando. Langdon, así de pronto, no cae en qué puede ser. En la pág. 132 he aquí que el protagonista se acuerda de pronto que hace un tiempo su amigo Solomon le dio una cajita que decía contener un objeto poderosísimo que podía transformar el mundo, y le pidió el favor de que se lo guardase. Langdon accedió y luego, con tantas cosas como tiene un protagonista en la cabeza, se le olvidó. Menos mal que en aquel momento lo lleva encima.

De camino al sótano, Langdon le va explicando a la directora de la CIA cómo los constructores egipcios de pirámides atesoraron una sabiduría inmensa que, a través del tiempo, ha acabado por recalar en los masones. Como esa poderosa sabiduría, de caer en manos inadecuadas, podría provocar la destrucción del mundo, “los masones construyeron (pág. 166) [aquí, en Estados Unidos] una fortaleza impenetrable, una pirámide oculta diseñada para proteger los antiguos misterios hasta el día en que toda la humanidad estuviera preparada”. Dichos misterios, sin embargo, aclara Langdon, “sólo son comprensibles para las almas más ilustradas”. ¡Ainnnh!, responde la directora de la CIA.

Entretanto, el malo Mal´akh se ha maquillado bien para disimular sus muchos tatuajes y ha adoptado la personalidad del doctor Abbadon, el psicólogo que trata a Solomon. Disfrazado así se nos ha dicho en páginas anteriores que tuvo un encuentro hacía poco con la inteligentísima Katherine Solomon. Él le había dado las señas de una mansión (otra de las características principales de los personajes brownianos es que todos viven en “mansiones”, con lo que, además de conferir a toda la novela un tono impostado de lujo, al autor le basta con aquello de las amplias cristaleras y los suntuosos jardines y el recinto vigilado con cámaras de seguridad para crearse una plantilla aplicable a toda vivienda que aparezca en la novela), adonde Katherine Solomon se presentó y… ¡ojo a la descripción del tal Abbadon!: “El hombre que salió a recibirla era apuesto, excepcionalmente alto. Iba impecablemente vestido y llevaba su espesa cabellera rubia inmaculadamente peinada”, Más abajo se señala también que “su tez era inusualmente suave y bronceada”. Quiero decir, más abajo del texto. Cuestiones de traducción aparte, nótese, como Brown suele confundir el precepto literario de crear un buen personaje con crearlo guapo y (he aquí la palabra clave de la estética de Dan Brown): apuesto.

El caso es que el doctor Abbadon (que es el malo Mal´akh disfrazado) llega al Museo Smithsonian (pág. 169), le dice al guardia que viene a ver a la Dra. Solomon, y como el guardia está viendo la final de la Super Bowl o algo así en la tele, pasa sin problemas. Sale a recibirle y a guiarle hasta el laboratorio la Srta. Trish Dunne, ayudante de Katherine, de la que ya se ha dicho varias veces es muy inteligente, además de apuesta. Trish va guiando al recién llegado por los pasillos del museo, y, en actitud muy propia de una anfitriona en el tal trance (pág. 183), le va indicando a la visita dónde están las cámaras de seguridad, su ubicación, la frecuencia con que graban, etc. ¿Y en este cuarto hay cámaras?, le pregunta el desconocido en un momento del paseo. No, justo ahí no, responde Trish, lo que aprovecha Abbadon/Mal´akh para empujar a la mujer a ese cuarto, el más discreto de todo el edificio, y finiquitarla.

En medio de esa tensión, pasamos (pág. 185) a los tres personajes de los que depende la seguridad del país: Langdon, el jefe de seguridad del Capitolio y la directora de la CIA. Han llegado por fin al sótano XIII (sobre el que Langdon nos informa que está según se pasa el XII), pero con las prisas y los nervios se les han olvidado las llaves, así que tienen que forzar la cerradura de un tiro. Cuando finalmente consiguen abrir la puerta, retroceden espantados. Dentro hay una mesa con calaveras, relojes de arena, velas apagadas, Marcas atrasados… Langdon tranquiliza a sus dos compañeros y les dice que eso no es más que una cámara de reflexión masónica, donde los franquis (los francmasones, en confianza) se retiran a reflexionar sobre la brevedad de la vida. En un registro minucioso de la cámara, descubren que hay una cortina en una pared, y detrás de ella… ¡Díos mío!, exclama Langdon (pág. 203): una pirámide de piedra, pero así de pequeña.

Luego no es mentira, concluye la directora de la CIA, existe de verdad una pirámide donde se guardan los antiguos misterios. Siento decepcionarla, replica Langdon, pero esta pirámide es muy pequeña y aquí no caben los antiguos misterios. Eso es verdad, señala el jefe de seguridad, tiene que ser una pirámide más grande. Y éste es más o menos el nivel de los diálogos en esta parte de la novela.

De pronto, e interrumpiendo aquel electrizante diálogo (pág. 213) aparece en la cámara, de improviso, “un elegante afroamericano, alto y esbelto” (además de apuesto) que, cogiendo un fémur de encima de la mesa, pone fuera de combate a la directora de la CIA y al director de seguridad y le ordena a Langdon: “¡Rápido! ¡Coja la pirámide! ¡Sígame!” “Voy”, dice Langdon, y entonces toma la pirámide y la mete en la bolsa de deportes que lleva al hombro. ¡Por fin vamos a enterarnos de cuál era la finalidad de esa bolsa que Langdon introdujo en el Capitolio, si recuerdas, lector, en la página 38! Está clara su función: era para meter la pirámide que se iba a encontrar.

Cate el lector el arte de Brown: un tipo va toda la novela cargando con una bolsa al hombro. De pronto, a mitad del libro, encuentra un objeto, y entonces dice: ¡qué casualidad, que llevo aquí una bolsa para meterlo! Conviene en este punto recordar que esta novela está siendo número uno en ventas en no sé cuántos países. Todos, seguramente.

Pág. 214: Langdon sigue “al elegante desconocido”. ¿Y por qué sigue a un tipo que acaba de noquear a la directora de la CIA, en una acción cuando menos reprobable? “Algo le decía que confiara en ese desconocido”. Debo reconocer que las razones de Dan Brown son inapelables.

En la pág. 215, el misterio se desvela. Aquel “elegante desconocido” es el arquitecto del Capitolio y él también opina que esa pirámide es muy pequeña para que quepan en ella los antiguos misterios. Quizás si se los aprieta mucho…, aventura Langdon. Ni aun así, creo yo.

Entretanto, el malo Mal´akh ha entrado en el cuarto oscuro en cuyo extremo, si recuerdas lector, se halla el laboratorio de Katherine. Pero ésta ha recibido una llamada providencial de Langdon que le dice que el doctor Abbadon en realidad es un malo y que tiene que escapar. Y entre ella que escapa, el malo que ha entrado en su búsqueda, y el cuarto que está completamente a oscuras (por la dichosa racanería de Brown en las descripciones), total: que de la pág. 234 a la 240 se organiza un cisco de respiraciones acezantes, crujidos extraños y movimientos contenidos que es todo un monumento a la narcolepsia. Al final la chica escapa y al malo se le ha corrido el maquillaje que cubría sus tatoos (lo digo en inglés para evitar la cacofonía).

Langdon y el arquitecto, a todo this (así también para evitar la cacofonía) se han refugiado de la persecución de la CIA en la Biblioteca del Congreso. Por suerte, como la novela sucede en domingo, está vacía. El día que a los malos les dé por actuar en días laborables y el mundo peligre en temporada baja, las cosas van a cambiar mucho en este tipo de novelas.

Tras observar la pirámide atentamente, el arquitecto y Langdón descubren que tiene letras grabadas y, además (pág. 245), que le falta el vértice o, dicho sea en términos técnicos, la punta. Langdón recuerda entonces que su amigo Solomon le confió para que la defendiese, llegado el caso, con su vida una pequeña cajita que casualmente lleva encima. La abre y, ¡oh!, es el vértice (o por hablar de nuevo científicamente: el cacho) que le faltaba a la pirámide. Todo va ya cobrando sentido.

“Esta noche las piezas se han acercado peligrosamente. Es nuestro deber asegurarnos de que está pirámide no llegue a ser montada”, le dice al arquitecto a Langdon (quien, no conviene olvidar, fue jugador de waterpolo de la selección USA) en la pág. 264.

Impresionada por el intento de asesinato que acaba de sufrir, Kaherine Solomon, mientras escapa “con su Volvo por Suitland Park a más de 140 kilómetros por hora”, pasa revista a los principales hechos de su vida. En especial, recuerda una Navidad de hace diez años en que estaba con su hermano y su madre “en su gran mansión de piedra en Potomac” (¡cómo no!) hablando sobre el hijo de Peter Solomon, que llevaba una vida un poco disipada y había muerto en una cárcel turca (esto es verídico, así es en la novela) cuando, de repente, apareció un desconocido que, armado de una pistola, le pidió a Peter “la cajita” (ésa que, corriendo el tiempo, le daría a Langdon para que se la custodiase). Forcejeo, confusión, puñetazos… un tiro que se escapa y mata a la patriarca de los Solomon. La rememoración de Katherine se ve interrumpida por un estruendo que sacude a todo Washington, y es que el malo Mal´akh ha hecho saltar el laboratorio de la científica por los aires.

Esta explosión casi coincide con el momento (pág. 271) en que la científica llega a la Biblioteca Nacional donde se ha escondido Langdon, baja sofocada del Volvo y se pone a aporrear la puerta de la Biblioteca (que, como es domingo, está cerrada). ¿Quién será a estas horas?, parecen preguntarse los dos hombres refugiados dentro y que están descifrando el secreto de la pirámide. No sé, ve a abrir. Y Langdon va a abrir y entonces Katherine “entró por la puerta… directamente a sus brazos” (pág. 273)

Buen momento sería éste para el asombro y las explicaciones de rigor: ¿Qué haces tú aquí? Ya ves, descifrando; ¿y tú? Huyendo de un malvado. Pero todo esto pasa a un segundo plano porque lo que importa ahora es encontrar a Peter.

Es la noche de las explosiones. Los de la CIA han descubierto, al fin, que Langdon y el arquitecto se han escondido en la Biblioteca Nacional y fuerzan su puerta (pág. 283) mediante el explosivo Key-4, “consistente básicamente (la cacofonía es del traductor) en ciclotrimetilenetrinitramina con plastificante dietilhexil”, con el que mandan la puerta a tomar por culo. Luego entran con una gafas de visión nocturna y gritando cosas como “¡Señal térmica! ¡Convergencia de flancos!” Entonces el arquitecto, Langdon y la chica se retiran –hay que admitir que prudentemente- a otra habitación.

“Nunca conseguiremos escapar a no ser que nos separemos. (…) Yo haré que me sigan hacia las estanterías, así los alejaré de vosotros”, dice el arquitecto en la pág. 289. Un hombre colegiado como él, al que le suponía cierta seriedad…

Como era de esperar, al arquitecto lo entoligan, pero Langdon y Katherine han aprovechado la confusión para subirse a una cinta trasportadora que, “cruzados los brazos sobre el cuerpo, como si fuera una momia dentro de un sarcófago” los lleva por un agujero en la pared hasta, es de suponer, un depósito de libros. Los guardias que les siguen con sus gafas de visión nocturna no se dan cuenta de que la cinta está funcionando, pese a ser domingo en la Biblioteca. Ellos van a lo suyo.

Aprovechando aquel tiempo muerto en lo que viajan en la cinta transportadora, Langdon pone al día a Katherine sobre sus experiencias de esa noche (pág. 302) y le cuenta eso de que a su hermano le han amputado una mano. “Langdon deseó poder abrazarla y consolarla, pero estar echados en esa estrecha oscuridad lo hacía imposible”. Es que Langdon, tú también, el momento que has elegido para decirle a la chica que su hermano se ha quedado manco…

Sea como sea, al final llegan al final de la cinta y saltan de ésta “justo a tiempo”. Una vez ya a salvo de los guardias, se ponen a descifrar la pirámide. Pero parece ser que, de momento, importa más la caja, donde la chica ha descubierto que hay una inscripción: 1514 AD (pág. 314). Langdon, tras no poco cavilar, infiere que las siglas se refieren a Alberto Durero, conocido masón en su época, y que 1514 alude a un cuadro que pintó en tal año y donde aparece un cuadrado mágico, que es algo así como un sudoku renacentista donde se encajaban números de tal modo que en horizontal, vertical y diagonal venían a sumar lo mismo. Durero, en uno de sus cuadros, pintó un cuadrado de estos en que, para mayor mérito, las cifras de las casillas de abajo eran la fecha: 1514. El caso es que, siguiendo el modelo del cuadrado de Durero, colocan la inscripciones de la pirámide y surge: Jeova Sanctus Unus (pág. 328), “Dios es Uno (o Único, depende de si el que lo dice es gran admirador de Él). Aunque antes ha habido unas pequeñas dudas (¡verídico!) porque ambas mentes privilegiadas no sabían muy bien a quién o qué se refería ese Jeova. Hubo, de hecho, un delantero del Sporting de Gijón que se llamaba así. O muy parecido.

Pero de nuevo les han vuelto a descubrir en el depósito de libros (pág. 333). Tienen entonces que “cruzar el patio a la carrera en dirección nordeste” y luego cogen un taxi. Les sigue un helicóptero “UH-60 modificado”. La persecución es larga y enrevesada de contar, baste decir que finalmente Katherine y Langdon despistan a todo el mundo subiendo al metro y, en vez de tomar la línea azul, como le habían dicho al taxista y todo el mundo esperaba, tomaron la roja (pág. 363). La directora de la CIA queda convencida entonces de que se las está viendo con unas mentes superiores.

A propósito de la CIA, los de Inteligencia están interrogando al arquitecto del Capitolio y descubrimos, ¡sorpresa!, que ha estado colaborando vía telefónica con el malo Mal´akh, pero lo hacía “para seguirle la corriente”, porque el malo de esta novela está muy loco y es muy peligroso. Prueba de ello lo tenemos en la pág. 370, en que Mal´akh está preparando un complicado ritual con un pergamino viejo, velas, la sangre de Peter en un tintero y en una caja de marfil “el cuchillo más famoso de la historia”. Luego nos enteraremos que fue el cuchillo con el que Abraham a punto estuvo de sacrificar a Isaac. A Mal´akh, palabras literales, “le había costado lo suyo conseguirlo”. Y es que ya se sabe: el que algo quiere, algo le cuesta.

Pág. 373, comienzo del capítulo 82. Estamos en la catedral de Washington, “la sexta más grande del mundo, su altura supera la de un rascacielos de treinta pisos. Ornada con más de doscientas vidrieras, un carillón de cincuenta y tras campanas y un órgano con 10.647 tubos, esta obra maestra gótica puede acoger a más de tres mil fieles”. Aquí estamos ante la auténtica esencia de Dan Brown, un escritor auténticamente negado para la descripción sugerente, el detalle significativo, la nota mágica y literaria. Él se rige por el número y la mole, la cifra y la estadística, el aluvión y la catástrofe. El caballo grande, ande o no ande. En este sentido, me pesa admitir lo que muchos sugieren: que si Dan Brown tiene tanto éxito es porque, de algún modo, conecta con la mentalidad predominante en nuestros días.

El caso es que están hablando con el deán de la catedral sobre la inmensa capacidad de la mente humana y a ver si, en una de ésas, les puede ayudar a descifrar el misterio de la pirámide, cuando de pronto son descubiertos por el helicóptero aquél UH-60 modificado, con lo que otra vez (pág. 398) tienen que salir por piernas sin conseguir salvar a la Humanidad. Pero descuida, lector, que estoy seguro que en cuanto les dejen un rato tranquilos…

De la catedral pasan al Colegio Catedralicio, donde, inspirados por el deán de la catedral, deciden poner la pirámide al baño María (pág. 405). No te asustes, lector, la cosa no es tan absurda como parece: resulta que han descubierta que si tomas las letras de Jeova Sanctus Unus y las colocas en otro orden se forma: Isaacus Neutonuus, o sea, Isaac Newton. Recuerdan entonces que Newton, que era un masón del grado 33, el máximo, trazó una escala de temperatura cuyo máximo grado asimismo, el de la ebullición del agua, era 33. De ahí lo de poner a cocer la pirámide.

Todo esto podrá parecer, sin duda alguna, un prodigio de pensamiento y deducción, pero, mirado en frío, y pocas veces mejor dicho, no pasa de un ardid intelectual, de un pasatiempo dominical. Sobre la base cierta de que Newton era masón y creó una escala calorífera cuyo máximo grado era el 33, Brown toma las letras de su nombre y monta toda esta película. Pero no hay más que eso, al fondo de todo. Newton, la masonería y el 33. ¿Querrá hacernos creer Brown que cuando un médico le dice a un enfermo en su consulta que diga tal número le está transmitiendo un símbolo masónico? ¿Se habrá parado a pensar Brown que 33,33 periodo es la cifra resultante de dividir el todo entre las tres personas que, en muchas religiones místicas, componen la Santa Trinidad, religiones cuyos preceptos, vagamente, amalgaman los masones? Pero callo aquí, no vaya a darle más ideas a este hombre para una nueva novela.

De todos modos, para el lector realmente interesado en la masonería le aconsejo la lectura del maravilloso Episodio Nacional de Galdós: El Grande Oriente, visión clara y meridiana de la francmasonería con la que yo estoy muy de acuerdo.

Una vez ya la pirámide al dente (pág. 410), el vértice de oro se pone a brillar y puede leerse entonces: “Ocho de Franklin Square”, que da la casualidad que está allí al lado, a veinte minutos andando, todo lo más (el libro incluye un mapa de Washington en sus solapas, por si el lector se pierde con tanto ir y venir). Ya se van a poner en marcha hacia allí cuando reciben una llamada de un segurata, anunciándoles que han encontrado a su hermano en una casa de Kalorama Heights. Cambio de planes. Van a salir hacia Kalorama Heigths cuando de pronto (pág. 415) en la puerta les está aguardando la CIA, con directora tabacuna al frente. Cambio de planes otra vez. ¿Dónde vamos?, parecen preguntarse, dubitativos, los personajes en la pág. 416.

Vamos a hacer una cosa, parece decir la directora de la CIA, en absoluta molesta con Langdon porque huido con el tipo que le dio con un fémur en la cabeza y por haber estado persiguiéndole más de 400 páginas. Vamos a hacer una cosa, dice, porque la gente de la CIA siempre ha sido muy comprensiva, Katherine y tú vais para Kalorama Heigths y nosotros vamos a Franklin Square, ¿vale? Vale. Y así se arregla el asunto en la pág. 423.

Ojo a la escena en Kalorama Heigths (pág. 427), una de las más gloriosas del libro. “Era una mansión espectacular” (cómo no, y atiende, lector, de paso, a lo literario del término “espectacular”). En su puerta hay varios coches aparcados de cualquier modo, como con prisa, y al fondo se oyen voces. Irrumpen, pues, en la vivienda confiados y… ¡todo ha sido una trampa! El malo ha cogido todos los coches que tenía en la casa y los ha desperdigado por el jardín; luego ha puesto la tele a todo trapo y de este modo es como ha cazado en su red al apuesto Langdon y a la inteligentísima Katherine.

Entretanto, la pirámide, que Langdon lleva a todos lados consigo porque ya que la tiene en la bolsa… la pirámide, digo, por efecto de la cocción, ha soltado una capa de cera y debajo han aparecido unos símbolos. Paso por encima de diez o doce larguísimos capítulos en que los dos protagonistas son sometidos a torturas literarias por el malo para que descifren para él los citados símbolos, y retorno a la acción en la pág. 483, en que el helicóptero “UH-60 modificado” aterriza en Kalorama Heights y libera a los dos protagonistas. En el ínterin, Langdon, sumergido en un tanque de fluido, ha recordado todo cuanto sabe sobre masonería.
Paso por encima también de los diez o doce capítulos que tardan los de la CIA en reanimar a los dos protagonistas.

En la pág. 507 nos encontramos al malo Mal´akh que entra en la Casa del Templo de los masones, aquel lugar donde, si recuerdas, lector, empezó esta novela a las 20.33 horas. Conduce a Peter Solomon, que va en silla de ruedas. “El secreto más sublime de los masones, un secreto en cuya existencia la mayor parte de la hermandad ni siquiera creía, estaba a punto de ser revelado”. Te confieso, lector, que con estas cosas yo también estoy impaciente. ¿Cuál será ese secreto? Y lo que es más importante: ¿será o no será una chorrada?

Poco a poco se van descifrando algunos enigmas. En la pág. 526 descubrimos por qué la CIA tiene tanto empeño en encontrar al malo. Resulta que el hombre, cuando le admitieron en el grado más alto de la masonería, llevaba una microcámara escondida en una peluca y con ella grabó a todos los participantes en la ceremonia ritual, en la que entre otras cosas se bebió un líquido rojo en cráneos humanos y cosas así. Allí había senadores, congresistas, directivos de importantes empresas, y a todos los grabó el malo en tal trance con su cámara camuflada en una peluca. Si se difunden esas imágenes, puede ser una catástrofe nacional, de ahí el interés de la CIA en capturar al malo Mal´akh. Este mismo, sabedor de la importancia de su grabación, amenaza a Solomon con difundirla por la Red si no hace lo que le ordene. Ya le ha dado, de hecho (pág. 531), al “send”, pero “Tranquilo, Peter –susurró Mal´akh-. Es un archivo enorme. La transmisión durará varios minutos”. Y de ahí en adelante, durante muchas páginas, se interrumpirá el relato para contarnos como va la transmisión: 4% completado, 8% completado, 29% completado, y así en un clima de tensión difícilmente soportable.

Ya no aguanto más, viene a decir, efectivamente, Peter, en la pág. 537. ¿Qué es lo que quieres tur, cobarde? El hombre lo que quiere es que Peter agarre el cuchillo de Abraham, ese que tanto le había costado conseguir, y le mate con él. Sí, eso mismo, porque resulta que Mal´akh es… ¡aquel hijo de Peter que creían que había muerto en una cárcel turca! Pero no, no murió, había estado todo este tiempo planeando la venganza contra su padre por haberlo dejado abandonado en aquel presidio y no sobornar a los guardias para que le soltaran o algo.

Este golpe de efecto es muy similar a aquel con el que acababa Ángeles y demonios (ver crítica acompasada anterior, amigo lector, no hace falta que consumas la novela). Entonces el malo resultaba ser… ¡el hijo del Papa! Para mayor sorpresa, ¿un hijo que el Papa, para no violar su voto de castidad, había tenido mediante inseminación artificial! Glorioso final aquel para los que disfrutamos con los libros de Dan Brown. A propósito de esto, un vecino, realmente aficionado a estos libros, me comentó una vez que, diga lo que diga la crítica, Ángeles y demonios era mejor y más sorprendente novela que El código Da Vinci, aunque ésta hubiera tenido más repercusión. Le dolía decirlo, pero…

-Esa es la verdad. Por mucho que escueza.

Pero a lo que íbamos, que ya que queda poco. A causa de su rencor, Mal´akh se había convertido en un fanático y lo que pretende es que Solomon complete en su persona aquel sacrificio que Dios le pidió a Abraham de matar a su propio hijo. Peter insiste en que no, el otro en que sí, no se ponen de acuerdo. Entonces, de pronto, llega el “UH-60 modificado”, que siempre aparece en los momentos más oportunos, rompe con sus aspas la cristalera del templo, un cristal cae sobre el malo y éste muere en la pág. 556.

Así todo parece haber quedado solucionado. Pero no: todos miran hacia el portátil y observan, aterrados, que marca 100% completado. ¡La película que grabó el malo con senadores y congresistas haciendo el ganso ya está en la Red y puede verla todo el mundo! ¡Horror! Pero no hay que temer, les dice la directora de la CIA, que llega en esos momentos (pág. 561): “[el piloto del helicóptero] ha bombardeado el nudo de relés con un pulso concentrado de energía electromagnética que lo ha hecho saltar de la red, apenas segundos antes de que el ordenador portátil completara la transmisión”. Ah, bueno, pues mejor así, coinciden todos. Bueno, pues nosotros ya nos vamos, dicen los de la CIA. Encantados, adiós, tanto gusto. Y, efectivamente, la gente de la CIA desaparece de escena.

Quedan solos Langdon. Katherine y Peter, que tiene el brazo amputado pero aun así se resiste a ir al médico hasta no aclarar todo ese lío de la pirámide y la sabiduría perdida de los antiguos. Descifrando ahora ya tranquilos los distintos símbolos que han aparecido en la novela descubren que… agárrate, lector. Pero agárrate bien. ¡Es la Biblia que los masones fundadores de Estados Unidos enterraron al poner los cimientos del Capitolio! Hay, en la Biblia, está guardada la sabiduría antigua del hombre, y en ella está la respuesta a todas las preguntas “si se sabe leer entre líneas”. Desde aquí, pág. 593, hasta el final, pág. 616, Brown insiste en que leamos la Biblia, porque en ella está todo lo que necesitamos saber para hacernos hombres de provecho, igualarnos a los dioses, ser felices y desarrollar todo nuestro potencial mental. Allí, en la Biblia, está todo lo que necesitamos leer… bueno, allí y en el próximo libro de Dan Brown que saldrá a la venta seguramente para Navidad de 2010. Pero aparte de eso, si leemos la Biblia abriremos nuestra mente, canalizaremos nuestra energía, bla bla bla.

En realidad, en estos momentos me debato, como crítico literario y como persona humana, entre varios sentimientos. En primer lugar, el sopor inevitable que produce leer todas estas sandeces: en segundo lugar, el sentimiento de estafa al haber sido arrastrado durante más de 600 páginas detrás de un “gran secreto” que al fin no era sino ser buenos leer la Biblia, y en tercer lugar un sentimiento profundo de vergüenza ajena, porque con Brown ocurre igual que con Coelho, que si escribieran sus novelitas pata hacer negocio y sacar un dinerillo, quizás al fin podrían disculparse sus chorradas y aquí tendrían, llegado el caso, a un amigo. Pero lo malo es que ¡se lo creen!, que no hay aquí ningún sentido del humor ni siquiera un deje de cinismo que salvaría el conjunto, ¡es que están convencidos de que la humanidad necesita “entrar en una nueva Era” y ellos lo van a posibilitar por medio de sus páginas! Lo peor no es que digan estupideces; lo peor es que ejercen con orgullo la estupidez.

Pero en fin, no desespere el lector, que alguna sabiduría puede obtener, no obstante, de esta novela. La principal, que es bueno llevar siempre una mochila encima, por si surge alguna eventualidad literaria en forma de secreto de las pirámides, Santo Grial, manuscritos del Mar Muerto… alguna de estoas asuntillos sobre los que tratará la próxima “obra” de Dan Brown.

EN EL CORAZÓN DE UN BEST SELLER

Un fragmento de Millenium, de Stieg Larsson

Estoy leyendo en estos momentos, movido por la curiosidad, el famoso Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson, el último superventas que lleva ya no sé cuántos millones vendidos. No me he parado a analizar el texto exhaustivamente ni me he parado a subrayar las veces que me he encontrado con frases del estilo a "fue y se puso", "entonces cogió y se levantó", "agarró y se metió dentro del coche". "bueno, pues cuéntame". Finuras por el estilo. Aparte de que estoy un poco anquilosado en la crítica, desde la primera página tenía claro que era un libro de entretenimiento y no había que pedirle mucho más. O igual eran errores de traducción. En fin, que bienintencionado de mí iba avanzando cuando me encontré con esto (copio textualmente):

La segunda semana de febrero, el ordenador portátil de Lisbeth Salander pasó a mejor vida en un accidente tan tonto que le entraron ganas de matar a alguien. Sucedió un día en el que acudió a una reunión de Milton Security en bicicleta, y la dejó apoyada en una columna del garaje. Cuando depositó la mochila en el suelo para cerrar el candado, un Saab rojo oscuro salió dando marcha atrás. Ella estaba de espaldas y oyó el crujido de la mochila. El conductor no advirtió nada y desapareció despreocupadamente hacia la salida del garaje.

La mochila contenía su Apple iBook 600 blanco, con 25 Gb de disco duro y 420 Mb RAM, fabricado en enero de 2002 y provisto de una pantalla de 14 pulgadas. En el momento de la compra constituía el
state of the art de Apple. Las prestaciones de los ordenadores de Lisbeth Salander estaban puestas al día con las últimas y más caras configuraciones: el equipamiento informático era, con pocas excepciones, el único gasto extravagante de su cuenta corriente.

Tras abrir la mochila pudo constatar que la tapa del portátil estaba rota Enchufó el cable en la red e intentó iniciar el ordenador, pero ni siquiera emitió un último estertor de agonía. Llevó los restos a Macjesus Shop de Timmy en Brannkyrkagatan, con la esperanza de que se pudiera salvar al menos algo del disco duro. Tras un breve momento hurgando en el interior del aparato, Timmy negó con la cabeza.

Sorry. No hay esperanza —dijo—. Tendrás que organizar un bonito entierro.

La pérdida del ordenador no suponía ninguna catástrofe, pero le resultó deprimente. Durante los años que estuvo en su posesión, Lisbeth Salander se había llevado estupendamente con él. Poseía copias de seguridad de todos los documentos y tenía un viejo Mac G3 de sobremesa en casa, así como un portátil Toshiba PC de cinco años que podría utilizar. Pero —maldita sea— necesitaba un aparato rápido y moderno.

Como era de esperar, se fijó en la mejor opción imaginable: el recién lanzado Apple PowerBook G4/1.0 GHz, CPU de aluminio, provisto de un procesador PowerPC 7451 con AltiVec Velocity Engine, 960 Mb RAM y un disco duro de 60 Gb. Disponía de BlueTooth y de un grabador de cedes y deuvedés incorporado

Lo mejor de todo era que tenía la primera pantalla de 17 pulgadas del mundo de los portátiles, además de una tarjeta gráfica NVIDIA y una resolución de 1440 x 900 píxeles que dejaba atónitos a los defensores de los PC, y que desbancaba a todo lo existente en el mercado hasta ese momento.

Por lo que respectaba al
hardware se trataba del Rolls Royce de los portátiles; pero lo que realmente provocó su deseo de hacerse con él fue un exquisito detalle: el teclado estaba provisto de iluminación de fondo, de manera que las letras se podían ver aunque se hallara en la más absoluta oscuridad. ¡Un detalle de lo más simple! ¿Por qué nadie había pensado antes en eso?

Fue un amor a primera vista.

Costaba treinta y ocho mil coronas más IVA.

Lo cual suponía un problema.

De todos modos, realizó un pedido en MacJesus, donde solía comprar todas sus cosas de informática, y donde le aplicaban un razonable descuento. Unos días después, Lisbeth Salander hizo cuentas. El seguro de su siniestrado ordenador cubriría una buena parte de la compra, pero teniendo en cuenta la franquicia y el elevado precio de la nueva adquisición, le faltaban aún dieciocho mil coronas. En un bote de café de casa guardaba diez mil coronas con el objetivo de tener siempre disponible un poco de dinero en efectivo, pero eso no cubría la totalidad del importe. Por muy mal que le cayera el abogado Bjurman, se vio obligada a tragarse su orgullo. Así que llamó a su administrador y le explicó que necesitaba dinero para un gasto imprevisto. Bjurman contestó que no tenía tiempo para recibirla ese día. Salander replicó que le llevaría veinte segundos firmar un cheque, de diez mil coronas. Dijo que no podía concederle dinero tan a la ligera, pero luego accedió y, tras meditarlo un momento, la citó para una reunión después del trabajo, a las siete y media de la tarde.


¡¡Qué ridiculez!! Y, sobre todo, ¡¡qué coñazo!! Yo alucino, de verdad, cómo la gente se engancha con un libro que copia las especificaciones técnicas de un ordenador, tal cual aparecen en cualquier folleto del Mediamarkt. ¡¡Si me lo cuentan no me lo creo, pero es verdad, lector!!

A partir de aquí es que, por lo visto, se desencadena la trama, pero por eso mismo: ¿no le bastaba al escritor haber dicho: "se le rompió el portátil y entonces pensó en comprarse uno nuevo", e ir entonces al grano de la historia? Es tan estúpido como si en una novela dos personajes quedan a tomar café y el primero lo pide de Colombia porque "le gustaba el sabor que se obtiene al trasportar el grano desde la plantación a dos mil metros del altura hasta la refinería enclavada en la ciudad de Medellín y atendida por cuatrocientos trabajadores, todos ellos eventuales, desde donde sale en unas sacas de tela basta de rafia, de grosor de 4 centímetros aproximádamente, hacia los principales puertos europeos". Mientras, el otro personaje pide té porque a él, "en cambio, le agradaba esa infusión, sobre todo si las hojas provenían de Ceilán, ahora llamado Sri Lanka, país que en los últimos tiempos ha saltado a la primera plana de los telediarios por ser escenario de una guerra civil..."

Claro que, si no se hicieran constar las especificaciones técnicas y la novela se redujera a contar una historia de la forma más inteligente, en lo posible, y entretenida, apenas llegaría a las 100 ó 150 páginas y, como me dijo cierta vez una asidua de los best-sellers, "a mí me gustan los libros gordos". Le daba lo mismo sobre lo que trataran, el estilo o la filosofía que encerrasen, "pero que fueran gordos".

UNA CATEDRAL DE PRECIO TASADO

Crítica acompasada de la novela La catedral del mar, de Ildefonso Falcones



Nada tengo contra que una persona, aunque se llame Ildefonso, escriba un libro y, de sopetón, se convierta en un fenómeno editorial, triunfe y prospere. No me corroe, lo puedo jurar, la envidia, no me ahoga la bilis, no me rechinan los dientes, y es falso, amigo lector, eso que dicen que fabriqué un muñeco a imagen del exitoso y durante noches enteras me dediqué a clavarle alfileres. No hagas caso de esas habladurías, lector hercúleo. Antes bien, te aseguro que me alegré bastante de la proeza ildefonsí; del hecho inusual de que un outsider, un aficionado a las letras, se dedique durante años a pergeñar una novela y, cuando al fin consigue darla a la imprenta, suscite el pasmo y la admiración general, logre que no se hable de otra cosa, que la gente se arremoline en las librerías y que se produzcan tumultos para conseguir el último ejemplar del estante. Yo pasaba con mi coche por las avenidas, haciendo sonar el claxon. “¡Viva Ildefonso!”, gritaba. “¡Viva!”, me respondía la gente con un enorme alborozo, agitando el libro sobre sus cabezas.

Todo tenía un color distinto aquel verano en que floreció La catedral del mar. Yo llegué a pensar, incluso, que en Falcones se había encarnado, de repente, esa figura que durante tanto tiempo llevaba aguardando. Por fin, me decía, ese aventurero —genio o sinvergüenza da lo mismo— que irrumpe en la corte imperial con su armadura dorada, espada en ristre, al asalto de las doncellas, y acaba sacando a la literatura del muermo y pone fin a toda esa endogamia que la está haciendo resbalar hacia la idiocia. Por fin el escritor que con la sola arma de su imaginación y su talento viene a sanear este pantano de aguas estancadas.

Mantuve estas esperanzas durante un tiempo; en concreto, hasta el día que leí una entrevista donde Falcones declaraba, sin rebozo alguno, que si bien la idea y la primera redacción de La catedral del mar habían sido obra suya, una vez pergeñado esto había llevado el bosquejo a diversos talleres literarios y escuelas de escritura para que, al precio que tuvieran por costumbre, le pulieran el texto y se lo dejarán niquelado. Declaraba Ildefonso, muy en su papel de tipo moderno y empresarial, que no había nada de malo en recurrir a los expertos para que te tuneen una novela, del mismo modo, más o menos, en que uno deja sus acciones en manos de un broker o confía sus asuntos legales a un bufete. Son los tiempos modernos, venía a señalar. Lo importante es conseguir un producto comercial, vendible —y rentable, añado yo—; en este caso un producto literario; para ello, todo lo que se refiere a creación y escritura se ha externalizado (outsourcing), como mandan los modernos métodos de gestión empresarial, y se le ha encomendado a una empresa de servicios especializada, en aras de conseguir una mayor eficiencia en el proceso y una optimización de los recursos.

También una mejor adaptación a los ciclos de producción, y muchas otras ventajas más…
No sería justo que Falcones, recién llegado a esta poza, y en el fondo el más sincero de los escritores actuales, tuviera que pagar por los pecados del resto. En el fondo, oh lector esmerilado, te digo incluso que hace bien. ¿A qué andarse con sutilezas y excusas?; venga directamente a la conquista del bestsellerato, con lo que esté de moda —en nuestros días, la novela histórica— y si alguien se siente ofendido, que le den mercromina.

A esto yo no tengo nada que objetar. Pero pensé luego, sin embargo, que ya que el tocho catedralicio había sido concebido por y para el éxito a toda costa, quizás pudiera servirme como arquetipo del modo en que se novela hoy, como ejemplo de artimañas, itinerario de tretas y manual de las argucias que se emplean para fabricar un superventas. Decidí intrincarme, pues, en la novela en busca de sus claves comerciales.

La catedral del mar comienza con una descripción, cercana a las seis páginas, de un banquete de bodas medieval. Es una descripción, como si dijéramos, “a vista de pájaro”, sin demasiados pormenores; de vez en cuando, asistimos a un detalle, una pincelada, un fragmento de conversación… Si algo distingue a las novelas hodiernas es que nacen preparadas ya para su pronta adaptación al cine; a medio camino entre la novela y el guión, suelen ser fácilmente reversibles, para que, llegado el caso, no haya que gastar mucho en la adaptación. El comienzo descriptivo de La catedral del mar, por ejemplo, se presta maravillosamente a ser empleado como fondo mientras sobre la pantalla van surgiendo los títulos de crédito. A la sexta página, cuando el autor calcula que ya habrá aparecido el “dirigido por” —o, con un poco de suerte, el “directed by”— comienza la acción.

Pág. 14: Irrumpe en medio del banquete nupcial el señor de Navarcles. “No me gusta nada esta visita”, murmura uno de los convidados. Se presenta a caballo, con aspecto grave, lanzando miradas torvas e intimidando, con el piafar de su caballo, a la concurrencia, que hasta entonces se lo estaba pasando dabuten. Algo, un instinto, un pálpito, me hace sospechar que este Navarcles va a ser el malo de la novela. Le falta prorrumpir en risas estridentes, pero todo, sin duda, se andará.

Bernat, el novio, en su condición de tal, es el primero que va a recibir al recién llegado y que, por tanto, se confronta con él. Enseguida se advierte que es un buen chico, amable, limpio, trabajador, amante de los animales, amigo de sus amigos, colaborador con varios oenegés… Pese al mal rollo que se desprende de la figura del intruso, Bernat, siempre atento, le invita a apearse de su montura y a tomar un aperitivo. Algo, de nuevo un pálpito, me dice que este Bernat está llamado a constituirse en el bueno de la novela.

Pág. 16: El tal Navarcles, después de las presentaciones, se ha lanzado a interpretar, sin preámbulo alguno, su papel de macarra del Medioevo. “Continuad con vuestra fiesta –gritó con una pierna de cordero en la mano-. ¡Vamos, venga, adelante!”, pero a los invitados se les ha cortado el rollo. “¡Reíd, maldita sea!”. Y a una anciana que, al ir a servirle vino, le ha salpicado con unas pocas gotas, a punto está de darle un piño. Que te meto un meco, le dice. Poco más o menos.

Pág. 18: Navarcles, que es el señor feudal de los contornos, después de tomarse unas copas decide que va a hacer uso del derecho de pernada que le confiere la ley, y va a ser por tanto el primero en yogar con Francesca, la novia. Luego lanza esa carcajada que durante tanto tiempo —cuatro páginas— se ha hecho esperar. El lector ya empezaba a pensar que Falcones y sus asesores no habían sabido construir como es debido el personaje del malo.

Una vez ha reído varias veces, Navarcles se lleva a la moza, cargada al hombro (verídico), a un cuarto interior. Al cabo de un rato —“que a Bernat le pareció interminable”, escribe Ildefonso tras reunirse con sus asesores—, el malvado reaparece atándose los zaragüelles. Después de alguna perrería más, en la pág. 21 el vil Navarcles abandona la escena.

—¿Qué tal lo he hecho? —parece preguntar a la vuelta del papel.
—Bien, muy bien —parecen responderle el autor y sus consejeros-; descansa un rato que dentro de poco vuelves a aparecer. Tal es la sensación de irrealidad del conjunto.

Marchado Navarcles, se reparten entonces unas monedas a los extras que han hecho de invitados a la boda, para que abandonen el lugar puesto que ya no hacen falta, y el capítulo se cierra con unas emotivas palabras para describir la desolación que se ha apoderado de los novios. Perfecto —opina el asesor, apartando un poco la vista de los folios—. Un primer capítulo de impacto para atraer la atención del lector. Esto marcha. Sigamos.

Fundido en negro; entramos en el capítulo 2. “Francesca vagaba por la masía como un alma en pena”, es la frase con que se abre este capítulo, pág. 23. Antaño, entre los escritores a la vieja usanza, era obligación ser original, insólito, sorprendente. Intentarlo al menos. A ningún juntaletras con un mínimo de pulcritud se le hubiera ocurrido entonces empezar capítulo, que al fin y al cabo es como un pequeño inicio de libro, con una frase tan enmohecida y una comparación tan blandengue. Hogaño, implantadas las sociedades mercantiles de escritura, no hay lugar para estas delicadezas; las frases se compran al peso, la producción es en serie y el resultado se mide de acuerdo a un índice interanual. Así, en esta misma página, un poco más adelante: “La violación se interponía entre ellos como una barrera infranqueable”.

A consecuencia de dicha violación, ejercida como derecho de pernada por el malvado Navarcles, nos cuenta Ildefonso que entre Francesca y Bernat, la mujer y el marido, hay una situación tirante, el matrimonio no funciona, la relación se llena de silencios, cuando se cruzan por los pasillos sus miradas se esquivan… Conviene recordar aquí que estamos ante una novela histórica, y mal que bien, con sus licencias narrativas, tales novelas deben intentar reflejar el ambiente de una época. Dicho lo cual, oh lector platirrino, ¿puede alguien creerse este comportamiento en un matrimonio del Medioevo?, ¿este actuar como el dúo Pimpinela?, ¿habrá quien piense que en aquellos siglos, entre la clase más bien labriega, la gente se preocupaba por el estado de su relación conyugal? Antes bien, en aquel tiempo las esposas ni siquiera podían plantearse el estar insatisfechas, ni los esposos se sentían preocupados por si cónyuge era feliz o no. Entre otras cosas, porque el concepto de felicidad en aquel tiempo no era ni remotamente parecido al actual. ¡Ni siquiera la violación de una mujer se contemplaba entonces como se contempla hoy! No niego que Bernat, en la novela, pueda sentir pena por Francesca, pero tal como aquí se nos describe es un sentimiento moderno, anacrónico, inconcebible.

Nueve meses después de las infaustas nupcias, en la pág. 29, Francesca da a luz a un niño. A Bernat, durante algunas páginas, le consume la duda de si el recién nacido pudiera ser en realidad hijo del pérfido Navarcles, fruto siniestro del derecho de pernada. De pronto, cuando más desesperado está, Bernat recuerda un pequeño detalle: recuerda —¡ah!— que los varones de su apellido, los Estanyol, muestran todos, indefectiblemente, a manera de copyright, un lunar antipiratería que los distingue. Bernat corre a comprobar si el rorro, de nombre Arnau, está marcado por el lunar y sí, lo está, para descanso del lector.

Bromas aparte, esto del rasgo genético, de la mancha familiar que permite distinguir al legítimo heredero, se dejó de utilizar, según lo tengo estudiado, allá por tiempos de Chindasvinto, por parecerles a los autores de aquel entonces un recurso anticuado, facilón, en exceso melodramático y bastantico cursi. Pero eso era, como digo, en aquel entonces. Actualmente, las fábricas de bestsellers hacen carne picada con todo y lo embuten luego en párrafos como salchichas.

Herido el malandrín Navarcles en su virilidad, por aquello de que el hijo de Francesca finalmente no fuera suyo, decide hacer uso de nuevo de sus derechos feudales y rapta a la mujer (pág. 32) para que sirva de nodriza a su hijo, don Jaume. Entre toma y toma, Navarcles y sus compinches se dedican a violar a la malhadada Francesca. Un poco exagerado en lo perverso me parece este Navarcles; más si tenemos en cuenta que la infortunada mujer estaba amamantando a su progenie, por lo que no parece muy lógico, incluso en la maldad, darle tan mala vida que acabe por enflaquecer y demacrarse al extremo. Pero, en fin, todo sea por ascender en la escala del dramatismo, de la emotividad, de la tragedia…

A Falcones se le nota cómodo en esta tesitura; sus asesores, además, le han dicho que al común de la gente le gusta el morbo, la truculencia y el desgarro, y allá que va Ildefonso entonces con la reductora metida. De la pág. 34 a la pág. 40 se nos narra cómo Bernat, el bueno de Bernat, encuentra a su hijo moribundo, cómo lo libra de la muerte alimentándole con migas de pan, cómo tiene que huir por el monte, cruzar ríos y escalar barrancos, como en el anuncio de Movistar, con el bebe apretado contra su pecho, repitiéndole “saldremos de ésta”, hasta que acaban guareciéndose en una cueva, antigua guarida de fieras. Entretanto, Francesca, la mujer, despedida como nodriza, vaga por los estercoleros…

La catedral del mar se presta de manera idónea, como novela de éxito fulgurante, para vislumbrar a su través las claves del gusto contemporáneo. Basta con leer estas seis páginas, y echar luego un vistazo alrededor, para advertir cómo hoy en día lo que priva es la acumulación, la montonera, lo grande y desmesurado. Nos gusta el cuadro enorme, la estatua de diez metros, el mural y la ópera con coros populosos. En el cine, los efectos especiales, las explosiones muchas, las persecuciones en las que se despanzurran por lo menos veinte coches. Lo que pega es la música a todo trapo, el sexo a todas horas, las pizzas llenas de ingredientes, los viajes de placer todo incluido. La alta velocidad y el macrobotellón. Nuestra cultura se ahoga en la inflación, apenas si puede andar, víctima del sobrepeso. “It´s the end of the world as we know it”, canta REM, con compulsiva palabrería. Vivimos encima de una caldera a presión, alimentada cada vez con más madera. Es tiempo de Guinness, de Harry Potter, o de Catedral del mar, donde, para crear un sentimiento trágico, se suceden nueve escenas lacrimógenas, una detrás de otra.

En la pág. 41, Bernat sale de la cueva y marcha a Barcelona, donde le han dicho que si vive un año y un día (verídico) sin que le capturen, deja de ser un siervo feudal y pasa a ser un hombre libre. Después de una entrada en la Ciudad Condal literariamente bastante aseada, todo hay que decirlo, Bernat llega al cabo de siete páginas a ca´ su hermana, que está casada con un rico alfarero, a la sazón ausente por motivos de negocio. La mujer se sincera con su hermano: el alfarero antes era cariñoso y detallista, pero desde que triunfa en los negocios, ha cambiado mucho. Ya no tiene tiempo para ella ni para sus hijos, está todo el día pendiente de las ganancias, sufre, en fin, de stress y de burn-out, ese síndrome del trabajador quemado tan propio del mundo medieval.

En éstas, pág. 52, llega el alfarero workaholic (adicto al trabajo, se decía en el Medioevo). El alfarero tiene nombre de mucha fiereza: Grau, y tal vez por ello, monta en cólera cuando se entera que su mujer ha alojado en la casa a un siervo fugitivo, algo que le podría causar problemas con la nobleza de cara a su reputación. Al final, la esposa le convence, no alcanzo a entender muy bien cómo, para que dé asilo a Bernat.

Bernat queda alojado, pues, en el taller del alfarero, donde sufre el duro trato que se daba entonces a los aprendices: insultos, patadas, latigazos… Bernat es, sin embargo, un rebelde por naturaleza (su comportamiento parece estar tomado, en gran medida, de Paul Newman en La leyenda del indomable). Así, cierta vez (pág. 55) en que el capataz, “gritando como un poseso” le va a dar un rebencazo, Bernat se planta serio frente a él: “Hazlo y te mataré”, le dice, y el otro, poseso, se achanta. Lo dicho, un tipo duro, indómito e insubordinado. Lástima que no mostrara tal carácter, ni siquiera se le atisbara, en las primeras páginas de la novela, mientras estaban procediendo a violar a su novia; pero es que entonces, lector, hay que comprenderlo, todavía no estaba metido en su papel.

Un raro pálpito me había hecho suponer que, según entrara en el taller de su cuñado, nuestro héroe Bernat, por honrado, trabajador, leal y todo el conjunto de sus buenas prendas —por enrollado, en fin—, pronto se haría con el respeto de sus compañeros; aún más, prosperaría y se convertiría en el dueño del cotarro. Es lo que suele pasar con los buenos chicos de las novelas; y en ésta sucede, efectivamente, en la pág. 57.

Dicen de los bestsellers al uso que su principal virtud es que los lectores se identifican con ellos, que lo que cuentan resulta cercano y familiar… ¿Cómo no va a resultar cercano y familiar, pregunto yo, si lo habremos leído, antes que ésa, doscientos treinta veces?

Mientras tanto, pág. 62, el cuñado de nuestro héroe, Grau, se ha convertido en un tiburón financiero. En el clásico capitoste sin escrúpulos. No es difícil barruntar que aquí se está gestando un futuro rufián, y que dentro de unas pocas páginas no tendrá otro objetivo en la vida que hacer la pascua a nuestro nunca bien alabado protagonista.

Muy pronto habrá de dar muestras este Grau de su carácter feroz. Diría más: de su carácter chungo. En la pág. 71, sin ir más lejos, se le muere accidentalmente un hijo y el innoble Grau, lejos de apostar por la paz, por la concordia y por la unidad de las fuerzas democráticas, toma un látigo de siete colas y azota con él a la sierva que se encargaba del cuidado de los niños hasta causarle la muerte. A Bernat, esto de que azoten a una persona le parece impropio, inusitado y, desde luego, ofensivo para su sensibilidad —conviene recordar, lector, que la acción está situada en 1329—. Es por ello que, en cuanto puede (pág. 73), decide despedirse y le dice al capataz que le vaya preparando el finiquito. Como en 1329 no saben muy bien lo que es eso, al final le convencen para que se quede en el taller.

Al final (pág. 76), Bernat consigue la ciudadanía barcelonesa, pero no la disfruta, sin embargo, como es debido, porque su pequeño hijo Arnau se muestra triste. Pág. 77: “Bernat intentaba hablar con él y animarlo. Tienes que buscar amigos, quiso decirle en una ocasión”. Si de algo presumen los autores actuales de novela histórica es de la exhaustividad con que se documentan; aunque más pienso yo, por ésta y otras novelas, que esa tan cacareada documentación es, en el fondo, muy superficial, sobre vestidos, cachivaches y palabros. En ningún momento se pretende llegar a los comportamientos, las creencias y la sensibilidad de la época de que se trate. El resultado son tipos de hoy, con mentalidad de hoy, sólo que embutidos en trajes de época y hablando raro. Así, en la pág. 85 se nos cuenta de una mujer a la que han encerrado en un cuartucho de por vida, rea de adulterio. Tanto Bernat como su hijo Arnau se enternecen sobremanera con esta historia, que el hijo le cuenta al padre mientras éste le acaricia la cabeza al anochecer, en el momento en que ya todos los siervos duermen. Ambos miran al fuego porque entonces no había televisor.

Apenas una página después, rompe diques la cursilería. Para ahorrarle penas, Bernat le cuenta a su hijo que es huérfano, pero no debe preocuparse, porque “a todos los niños que se quedan sin madre, como tú, Dios les da otra: la Virgen María”. Arnau se sobresalta entonces. Tendrá ocho años a la sazón, ¡y en todo este tiempo, corriendo el año 1329, no ha oído hablar nunca de la Virgen María! “¿Dónde está esa María?”, pregunta, alanceado por la curiosidad. “En las iglesias”, le responde su padre. Y al capítulo siguiente, ya está el muchacho, en compañía de un amigo, buscando una iglesia, o como se llame, por toda la Ciudad Condal. Dado que ninguno de los dos ha visto nunca antes, ¡en 1329!, una iglesia, les cuesta varias páginas dar con una.

Cuando al fin encuentran una de ésas como se diga, quedan admirados (pág. 92) por su grandiosidad. Y eso que todavía está en obras. Se trata de la iglesia de Santa María del Mar. Un obrero que pasa a espaldas de los muchachos mientras estos contemplan atónitos la construcción les anuncia que está llamada a ser una iglesia muy importante, más incluso que la catedral, porque “la catedral la pagan los nobles y la ciudad; sin embargo, esta iglesia la paga y la construye el pueblo”. Era un obrero, como se ve, concienciado. Posiblemente votante de IU.

Los chavales oyen que el templo está bajo la advocación de la Virgen y allá que se precipitan entonces en su interior, esperando hallar a tan fabulosa mujer… Pero antes, un poco de historia de Barcelona (págs. 94 y 95). A destacar el tono folletinesco: “Ya entonces existía allí una pequeña iglesia, emplazada en el lugar donde supuestamente había sido martirizada Santa Eulalia en el año 303 (…); la iglesia de Santa María de las Arenas recibió ese nombre por hallarse edificada precisamente en las arenas de la playa de Barcelona (…); el transcurso del tiempo obligó a la ciudad a buscar nuevos terrenos extramuros en los que dar cabida a la incipiente burguesía (…); después de que el barrio de la Ribera de la Mar de Barcelona se convirtiera en un lugar próspero y rico, la antigua iglesia románica a la que acudían los pescadores se quedó pequeña y pobre para sus prósperos y ricos parroquianos…”(todo era riqueza y prosperidad en la Barcelona de la época, como se puede ver). En fin, folletinesco digo de “folleto”, no de “folletín”, porque, en efecto, todo esto parece sacado de un tríptico turístico. Ha sido incluido, además, sin criterio ni discriminación algunos. Porque, Ildefonso, hombre, ¿no te das cuenta de que si hablas de iglesias “románicas” te estás poniendo en la posición de un hombre actual y alejándote con ello de toda cercanía, proximidad e implicación con los hechos que narras en tu novela? A no ser que creas, naturalmente, y contigo tus asesores, que la gente de la época conocía, valoraba y clasificaba el estilo en que estaba edificando, y era costumbre decir, por ejemplo: “vamos a construir una catedral de estilo gótico tardío” o “qué bien nos ha quedado este templo prerrománico”. Ya sé, Ildefonso, que con el trabajo que cuesta documentarse da pena tener que tirar algunos datos a la papelera, pero en este caso, ciertamente, hubiera sido preferible.

Los chicos entran en la como se llamara aquel edificio y quedan asombrados (pág. 96) por las personas que, de rodillas ante la imagen de la Virgen, murmullan letanías. Al poco rato, se enteran de que eso se llama “rezar”. El asombro de los muchachos es comprensible, si tenemos en cuenta que ambos provienen de familias laicas. Las típicas familias laicas del Medioevo.

Sumidos aún en el asombro, los dos mozuelos se preguntan para sí por la razón de tanto andamio como se ve por la iglesia. Por fortuna para ellos, en aquel mismo momento (pág. 101) pasa de nuevo a sus espaldas no aquel obrero progresista, sino el mismísimo arquitecto, quien no puede evitar acercarse a los muchachos y explicarles, de manera muy didáctica, cómo se construye una catedral, por qué se usan determinadas materiales, cómo se ha de colocar la clave de bóveda, qué es un ábside, un contrafuerte, una archivolta… Yo comprendo que en una novela como ésta, lineal y elemental como una sopa de sobre, en una novela medrosa en que desde la distancia de siete siglos un narrador omnisciente va narrando todo lo que ocurre, sin acciones paralelas ni salidas del carril, en una estructura tan básica comprendo, decía, que resulte muy difícil introducir las explicaciones arquitectónicas que Ildefonso cree son necesarias. Pero aun así, ¿no habría algo más evolucionado literariamente, algo con un poco más de imaginación que la súbita verborrea del jefe de obras que pasa casualmente por allí?

La obra se interrumpe en la pág. 114 y no para el almuerzo de los albañiles, sino porque Ildefonso ha visto un hueco donde meter a presión buena parte de la documentación que ha acumulado y que, claro —y a ello le animan sus asesores—, no es cuestión de desperdiciar. En dicha página tañen de pronto las campanas y todos los obreros, los canteros, los mercaderes, tot el camp en general, se ve obligado a dejar las herramientas y tomar las armas. Los derechos de Barcelona parecen verse amenazados por una especie de contencioso feudal; Ildefonso, que por lo que leo en la contraportada es abogado, nos habla un poco sobre las curiosas costumbres legales de la época. Luego hace que los barceloneses salgan a la calle tras el pendón de Sant Jordi, y en formación cerrada, para poderlos describir, les da un paseo hasta Sitges. Finalmente, todo resulta ser una falsa alarma y en la pág. 121 los obreros vuelven de la excursión y retoman sus ocupaciones.

He dicho más arriba que la documentación histórica, a la hora de novelar, es inútil si no se acompaña de unos personajes que se comporten, actúen y sientan al modo de la época. Un ejemplo escandaloso de esta incongruencia entre los decorados y lo que ocurre en escena puede encontrarse en la pág. 129. El bonísimo Bernat decide adoptar al amigo de su hijo, ser para él como un padre a todos los efectos, salvo los legales. Cuando le comunica la decisión al muchacho, éste no dice ni que sí, ni que no, ni que cuánto; como sola respuesta se ilumina su cara. “¿Significa eso que sí? —preguntó Bernat”. La expresión es propia de los tiempos modernos, e incluso ahora parece impostada; es, más bien, una expresión de telefilm norteamericano de tarde de domingo. Absurda por completo en una novela ambientada en la Edad Media.

Bernat, mientras (pág. 133), ha pasado de alfarero a palafrenero. Como era de suponer, apenas ingresar en las caballerizas sobresale por lo bien que trabaja, lo limpio que es, los cuidados que presta a las caballerías: “Sabía tratarlos, alimentarlos, limpiarles los cascos, curarlos si era menester…” Lo único que se le da mal es “el embellecimiento”; Bernat no comprende por qué los caballos han de llevar tanto perifollo, tanto lacito y tanto arnés. Él los prefiere sueltos, libres, ligeros. Pocos, en fin, tan enrollados como Bernat.

Pág. 138: al ahijado de Bernat se le muere la madre y los dos muchachos quedan, pues, huérfanos maternos, por lo que, en una emotiva escena, deciden adoptar a la Virgen como máter amantísima. Desde los tiempos del reverendo padre Martín Vigil, que también fue bestseller en los lejanos días, ¡ay!, de mi adolescencia, no había leído nada igual de… cómo calificarlo… igual de.

A la bonísima familia Bernat y sus no menos bonísimos allegados no hacen más que surgirles enemigos, todos ellos, en el fondo, por envidia. Para la pág. 151 ya son cerca de la docena. Entre ellos, una pérfida madrastra.

Grau, el cuñado de Bernat, transformado ya en preboste, prevé en la pág. 156 que se avecinan malos tiempos, tiempos de hambre y escasez, entre otras cosas porque “se siguen utilizando los mismos aperos de labranza y las mismas técnicas que utilizaban los romanos, ¡los romanos!”, exclama el preclaro directivo. La tierra, así, está infraexplotada, dice Grau, y es difícil que se sucedan más anacronismos en una sola escena. En primer lugar, los medievales no tenían, ni sospechaban siquiera, la idea de progreso febril que azota al hombre de hoy; ellos no sufrían ningún prurito por evolucionar ni sentían que el anclaje en el pasado fuera algo digno de evitar. En segundo lugar, los romanos tampoco les quedaban tan lejos, ni hablaban de ellos en el tono peyorativo que encierra la expresión; antes al contrario, la vieja Roma les parecía el paraíso perdido de cultura y refinamiento. Y tercero (que se me ocurra a mí, pero a poco que el lector piense podría seguir acumulando incongruencias), leyendo a Ildefonso y sus asesores uno podría pensar que a lo largo de la historia los inventos han sido algo premeditado, y nada más falso. Hoy sí, efectivamente, es posible que alguien se encierre durante horas en un laboratorio con el propósito específico de “inventar algo”, pero antaño las cosas sucedían de otra forma. Antaño eran ideas espontáneas, ajenas a la voluntad del creador. No dijeron los neolíticos, por ejemplo, “vamos a inventar la agricultura”, ni los cretenses “perfeccionemos la cerámica”, ni un prehistórico se levantó de pronto con la idea de “a ver si se me ocurre el vaso campaniforme”. De igual manera, ningún medieval, al ver las técnicas de cultivo de su época, pensaría en que había que revolucionarlas, ni se diría: ¡ah, si tuviésemos tractores cosecharíamos mucho más!

Acaece, como previera Grau, el crack económico, y Bernat, siempre tan eficiente, se alza (pág. 165) como instigador de una insurrección popular, como cabecilla de los hambrientos. A consecuencia de ello, cuando los soldados finalmente sofocan la revuelta, sin parar mientes en la majeza de nuestro protagonista, le ahorcan en la pág. 167 y le dejan en la plaza pública, expuesto a la pudrición, durante varios días. Aquí la narración, justo es decirlo, asciende varios grados y alcanza notas sinceras de sensibilidad… hasta que pocas páginas después el hijo de Bernat, Arnau, Antígono de nuestros tiempos, decide descolgar, saltándose la prohibición, el cadáver de su padre y cremarlo dignamente. Para ello lleva a cabo una especie de acción de comando, una maniobra digna de Steven Seagal, cuya descripción a lo largo de varias páginas rompe, señores asesores, toda empatía dramática. Baste decir que, en la pág. 175, Arnau, cumplido su objetivo, acaba corriendo delante de los guardias, mientras le pasan rozando lanzas y flechas porque todavía no se habían inventado las balas. En fin, esa escena que le hubiera gustado narrar a Sófocles pero que, entretenido en otras cosas, se le pasó por alto.

Sin que haya recuperado el resuello, nuestro nuevo héroe se ve involucrado en un malentendido largo de explicar, aunque es preciso señalar que buena culpa del embrollo la tiene el hecho de que Arnau se hubiera embadurnado la cara de barro, tipo Rambo, para llevar a cabo su sorpresiva acción. Por ello es que le toman por un ladrón. A resultas de lo cual (pág. 178), se abre un nuevo capítulo, consistente todo él en una especie de investigación detectivesca. ¿Quién se ha llevado el cepillo de la iglesia en obras? Esto de las pesquisas y el rollo policiaco ambientado en una época histórica es una suerte de subsubgénero que, desde El nombre de la rosa acá —y de sobra lo saben los asesores de Falcones—, tiene mucho éxito entre el lectorado común. Y como esta Catedral del mar tiene espíritu de compendio, en el sentido de meter dentro todo lo que pueda ser susceptible de triunfar, siguen pues diez páginas de detectivismo medieval.

Según acaba el capítulo, comienza otro donde se nos cuenta que nuestro nuevo héroe, Arnau, digno heredero de su padre en lo enrollado y estupendo, ha comenzado a trabajar como porteador de piedras en las obras para la iglesia. Se nos describen por extenso sus primeros portes y lo mal que lo pasó. Acaba el capítulo. En la siguiente página se abre otro capítulo donde se nos narra que Arnau se enamoró de una vecina, pero por culpa de su padre (del padre de la vecina) no fue correspondido. Naturalmente, lo paso muy mal. Fin de capitulo. En la siguiente página comienza otro donde se nos cuenta… Todo en La catedral del mar funciona así, capítulos como compartimentos estancos, sin relación alguna entre ellos, sin que acierten a unirse y compactarse en una estructura superior, ya no digo que lleguen a crear una ilusión de realidad. La novela funciona como un coche de mecánica simple que avanza a tirones, soltando de vez en cuando alguna pedorreta por el tubo de escape, a causa de una mala explosión. O como una orquesta en la que ora sonara el oboe, cuando se extinguiera su eco entrara un violín, apenas callara éste surgiera un violonchelo… Esto no será nunca una sinfonía, como seiscientas páginas encuadernadas una detrás de otra no llegaran sólo por eso a ser una verdadera novela.
Por supuesto, ni asomo de una inquietud personal, una idea, una visión del mundo que el escritor quiera comunicar a sus lectores. Eso de las novelas con sentido son antiguallas, propio de la época en que escribir era una tarea artesanal, rudimentaria si se quiere. Hoy, y gracias a empresas como Falcones S.L., escribir es la transformación mecánica de una materia prima para la consecución de un bien de mercado.

A todo esto vamos ya por el capítulo 24 (pág. 253). Arnau acaba de contraer matrimonio pero aquella vecina con la que no pudo casarse viene a trastornarle con continuas propuestas de adulterio. “No pienso perderte”, le dice la vecina. “No entiendo mi vida sin ti”. “Te necesito”. Al final, Arnau, siempre tan bueno, accede a los ruegos de su adyacente y se pierde nocturnamente con ella por la montaña de Montjuich (pág. 256), más o menos por el mismo lugar donde siglos más tarde se alzaría el estadio Lluis Companys, en el que juega sus partidos en casa el Real Club Deportivo Espanyol. Fundado el 28 de octubre de 1900, el RCD Espanyol se caracterizó en un principio porque todos sus jugadores eran catalanes o del resto de España residentes en Barcelona. En los primeros años de existencia del equipo, la camiseta que lucía era de color amarillo, pero en 1909 el equipo adoptó sus actuales colores blanquiazules. En mayo de 1902, el Club Español de Football participó en el primer campeonato de España, y su primera gran conquista fue la consecución de la Copa Macanya, en 1903… ¿Que por qué te estoy largando, oh lector inflacionista, todo este rollo sobre el por otra parte dignicísimo Real Club Deportivo Espanyol? Pues más o menos por lo misma razón por la que Ildefonso se lanza, a partir de la siguiente página, a contarnos los problemas políticos entre el rey Pedro III el Ceremonioso y su cuñado, el rey Jaime II de Mallorca, las discusiones que mantenían sobre los condados del Rosellón y la Cerdaña, las paces que quiere imponer entre ellos un Papa… Más o menos por lo mismo.

De toda la vida, por cierto, yo había leído sobre Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso. En este libro resulta ser Pedro III de Catalunya, también Ceremonioso pero rebajado, seguramente a causa del famoso 3%.

Al fondo de toda esta faramalla historicista creo ver, sin embargo, una luz. Si se nos cuenta todo esto es porque, finalmente, a causa de ello sobrevino una guerra y en ella se alistó el bueno de Arnau, para huir del acoso de su vecina. A estas alturas (pág. 275), ya me he congraciado algo con Ildefonso, con quien andaba reñido casi desde aquella “alma en pena” inicial. Falcones escribe bien, al menos con propiedad, y desde luego mucho mejor que quienes hoy en día se infatúan de literatos. También pone interés, ganas e incluso pasión en aquello que escribe, procura hablar claro en todo momento y se adorna sólo lo imprescindible. Ocurre no obstante que Ildefonso considera (y no es culpa suya, pues así seguramente lo creen sus asesores, y el común del público en realidad), considera, digo, que novelar consiste sencillamente en ponerse a contar cosas. Una novela es, según este concepto, una sucesión de peripecias. Y en éste libro ciertamente sobran peripecias, y aun para todos los gustos, pues en la guerra Arnau se une a los famosos almogávares catalanes, y descubre a su madre (la suya, de Arnau) que ejerce de prostituta para la tropa… Cualquiera de los episodios de esta novela, literariamente bien tratado, bastaría por sí solo para constituirse en base, trama y argumento de una novela autónoma. La huida de la gleba de Bernat, las dificultades con que se encuentra en Barcelona, el vagabundeo de Arnau, de niño, por las obras de Santa María, la relación de amor y odio con su vecina… Cualquiera de estos avatares, aislado del resto, bastaría para construir una buena novela donde se investigara sobre las motivaciones de los personajes, o sobre la naturaleza humana, o se intentara analizar una situación histórica. La catedral del mar, sin embargo, carece de cualquier profundidad, es un lago extenso en el que en todo momento, incluso en el centro, se hace pie, no hay pretensión alguna de análisis ni se quiere desarrollar ningún pensamiento, no hay nada, creo que ya lo he dicho arriba, ninguna idea superior (o yo, al menos, no la veo) que coordine y dé sentido a toda esta sucesión de aventuras. Sólo se busca entretener acumulando materiales, fiebre grandilocuente, síndrome de acopio, creo que ya lo he dicho también, de nuestros días. Vendría a ser, valga la comparación, como un nuevo Madame Bovary en el que toda la trama concebida por Flaubert, aligerada de fondo, concentrada en la anécdota, ocupase el primer capítulo; dicho lo cual de forma rápida y muerta Emma, en el segundo capítulo se narraría cómo Charles se casa con otra mujer; en el tercero muere Charles y su viuda monta una ferretería; en el cuarto la viuda se ve implicada en un asesinato; en el quinto, aclarado todo, ocurre un terremoto y la nueva Madame Bovary se arruina… y así cerca de sesenta capítulos, como tiene esta novela. Cuanto más y más rápido, mejor, y en cuanto se llegue a las seiscientas páginas, tamaño comercial idóneo, punto final.

Voy, pues, aligerando yo también. Otro de los errores de Falcones, éste ya menos imputable a la época, es la creencia de que construir un buen personaje significa construir un personaje muy bueno. En Barcelona ha aflorado la peste (pág. 319) y el pueblo, en una reacción típica medieval, echa la culpa de la plaga a los judíos. Arnau, recién llegado de la guerra, apenas acabar el preceptivo canto al pacifismo, se alza ahora como defensor de los judíos amenazados de linchamiento por la turbamulta. Estos, en agradecimiento, le largan un discurso de casi veinte páginas sobre sus creencias y sus costumbres. “A lo largo de los tiempos nuestra comunidad ha sido expulsada de muchos países; lo fue de nuestra propia tierra, después lo fue de Egipto, más tarde, en 1183, de Francia, y pocos años después, en 1290, de Inglaterra…” Lo que se dice un discurso enciclopédico.

En la pág. 364, Arnau, siempre tan bueno, apadrina una niña.

A todo esto, nuestro héroe se ha hecho inmensamente rico casi sin querer y, además de en hacer el bien dando préstamos sin intereses a los necesitados, decide en la pág. 373 vengarse de su antaño patrón Grau y de la malvada madrastra que en su día le oprimiera. Una venganza en clave decimonónica, al estilo de El conde de Montecristo. Sin embargo, lo que en Dumas (ah, qué recuerdos de los días de mi adolescencia) era pasión, intriga, ritmo, interés y tensión constantes, en La catedral del mar se resuelve en cuatro patadas y para la pág. 392 Arnau ya ha consumado su venganza. “Perfecto —felicitan los asesores a Ildefonso—, y sobre todo muy práctico. Así todavía nos quedan más de doscientas páginas para que sigan ocurriendo cosas”.

Como en el Medioevo, la verdad sea dicha, no había mucha variedad de sucesos donde elegir, en la pág. 393 se suscita otra guerra. Sospecho que, cuando ésta se acabe, se desencadenará otra peste. Por aquel entonces, eran bastante rutinarios.

En la pág. 401, Arnau, con una genial estratagema, gana la guerra. A causa de ello, la gente le felicita por la calle. Pero aún hay más: el rey Pedro III, en agradecimiento a su valor, le propone casamiento con su pupila y emparentar así con él (el rey con Arnau). A Arnau, que tiene ideas propias sobre el matrimonio, el ofrecimiento no le hace mucha gracia, pero acepta, sin embargo, más que nada por no hacer un feo a Su Majestad.

En la pág. 425, Arnau acaba con el feudalismo. Le han concedido una baronía por los servicios prestados y, según toma posesión de ella (esa misma tarde, he creído entender, o al día siguiente a más tardar), declara abolidos los derechos feudales y libera a los siervos. La gente le aclama. Su madre y su ex vecina, que se encuentran entre el público y que le escuchan atónitas, “con los sentimientos a flor de piel”, también prorrumpen en aplausos. A la mujer de Arnau, que es noble, estas excentricidades no acaban de gustarle.

La cuarta parte de esta novela (pág. 471) se titula “Siervos del destino” y en ella los malos parecen coaligarse entre sí para buscar la perdición de Arnau, enfurecidos porque su bondad choca de pleno contra su vileza. El que más avilantez muestra es un tal Navarcles, hijo del infame caballero del principio. Este nuevo Navarcles muestra mucha avilantez. Y además muy mala leche. Entre unos y otros, precipitan a Arnau al fondo de un calabozo, reo de la Santa Inquisición (pág. 490). Se le acusa de lascivia y prácticas judaizantes, por haber abrazado, a la vista de todos, a una joven judía cuyo padre estaba siendo quemado vivo. La ignominia de esta acusación (por lo demás verosímil y muy bien planteada, es de ley reconocerlo, señor Falcones) bastaría por sí sola para componer un emotivo capítulo, incluso una emotiva novela autónoma sobre el fondo de maldad y putridez del Santo Oficio y, a partir de esa base, sobre todos los fanatismos religiosos que en el mundo han sido.

Pero de nuevo Ildefonso y sus asesores consideran que el colmo de la elegancia es ponerse el bombín encima de la chistera, y en la misma mazmorra en que Arnau, en buena literatura, se tendría que estar debatiendo contra la injusticia y la vileza, el autor encierra (pág. 516) a Francesca, la ya anciana madre de nuestro héroe, que hasta dicha página ha mantenido en secreto su maternidad. Se monta a partir de entonces una intriga algo vodevilesca en torno a si el hijo acabará reconociendo a la madre o si está hará o dirá o mostrará algo que la haga reconocible al hijo.

La tensión no mina, pese a todo, a nuestro protagonista, que en la pág. 560 saca fuerzas, como diría Antonio Gala, de flaqueza para decirle al señor inquisidor lo que piensa: que todos los hombres, judíos o moros o cristianos, son iguales, que, dicho en otras palabras, nadie puede ser discriminado por razón de raza, sexo o religión, nacionalidad o tendencia sexual… Ante esto, el del Santo Oficio suspende el interrogatorio, seguramente para recapacitar sobre lo dicho, y Arnau vuelve a su celda ufano. Se creerá éste que por ser inquisidor me va a achantar a mí, parece que se va diciendo.

El inquisidor, a todo esto, es retratado como un pérfido, un riguroso y un soberbio de más de la marca a fuer de hacerle exclamar a todo pasto ¡pero cómo os atrevéis! cada vez que alguien le replica. En ocasiones (pág. 588 y siguientes) lo dice hasta tres veces en una sola conversación.

Todo parece encaminado, como en las películas norteamericanas, para acabar con un gran juicio final en el que se escenifique la victoria de los buenos, pero no, que en la pág. 591 el pueblo de Barcelona, conmovido por la suerte de uno de sus mejores hijos, asalta la cárcel inquisitorial, saca de ella a Arnau, lo pone en un barco con la mujer que ama y lo envía no me he enterado muy bien dónde hasta que se tranquilicen las cosas. Lo cual sucede pronto, porque ya quedan pocas páginas. En la pág. 623 mueren los malos molt malament, quiero decir de muy mala muerte, y en la pág. 628 se nos presenta a Arnau de nuevo en Barcelona, muy feliz y rodeado de los suyos. Fin.

ÁNGELES IRRISORIOS

Crítica acompasada de la novela Ángeles y demonios, de Dan Brown



«¡Que no quiero verlo!», decía yo, como Federico García Lorca ante el cadáver de Ignacio Sánchez Mejías, «¡que no quiero verlo!», cuando me pusieron delante el último bestseller de Dan Brown, el celebérrimo autor del celeberrísimo Código Da Vinci. Ángeles y demonios se llama esta nueva obra del norteamericano, ante la cual retrocedía yo espantado, como un vampiro a la vista de un crucifijo o un jurado del Planeta frente a un amago de honradez, por más que los compañeros me insistieran en mi deber y mi responsabilidad como crítico. Al final no tuve más remedio que avenirme a comentar este nuevo libraco danbroniense, aunque no sin antes obligar a mis jefes a que me suscribieran un seguro de vida, para dejar a mi familia un mediano pasar en caso de que me sucediera, como barruntaba, algo durante la lectura. Qué sé yo... algún tópico atroz, alguna situación descabellada o algún diálogo horrendo que me provocara un síncope. Porque en estos thrillers de moda uno siente, ciertamente, que el peligro acecha detrás de cada página.

Con toda la caución posible vamos, pues, allá. En la pág. 21 nos llevamos ya el primer susto: allí esta aguardándonos Robert Langdon (¿por qué será que a mí este nombre me suena tan ridículo?), el protagonista de El código Da Vinci. Se trata, ya dijimos entonces, de un personaje de excelente factura, muy bien construido... dentro de lo que entiende Dan Brown por factura y construcción. Léase: es un personaje muy guapo y muy bien vestido, con cuerpo de atleta, bello y apuesto... «poseía lo que sus colegas femeninas denominaban un “atractivo erudito”», porque el tipo es catedrático de Simbología Religiosa en Harvard. Respecto a su dimensión psicológica, sus principales preocupaciones intelectuales y vitales parecen ser, por este orden, hacerse una limpieza dental al menos una vez al año y usar fijador de pelo efecto mojado, que le favorece bastante.

Mientras tan apolíneo personaje practica sus cincuenta largos diarios en la piscina de la universidad para mantener el tipito, en la otra parte del globo dos personajes enigmáticos se encuentran (pág. 25) en una estancia sombría y mantienen este lacónico diálogo: «¿Tuvo éxito?»; «Sí. Todo salió a la perfección»; «¿Tiene lo que le había pedido?». Y se intercambian un objeto misterioso. «Buen trabajo. Esta noche cambiaremos el mundo». Y se va cada uno por su lado.

Aquí ciertamente le entra a uno el pavor; no porque los malos quieran cargarse el mundo, que, al fin y al cabo, al precio que está todo, casi mejor, sino al ver con qué toscas escenas, atmósferas pueriles y diálogos que avergonzarían a un párvulo se llega a la fama y al bestsellerato en casi todos los países del mundo. Es verdad que siempre ha habido literatura rápida y fácil para el consumo diario, pero nunca como hoy se había recurrido de forma tan cruda a lo simplón, en su doble acepción de sencillo e idiota.

Ajeno a esta conjura malévola, Robert Langdon se está mirando, de perfil ante un espejo, los abdominales cuando de pronto recibe una llamada telefónica, también muy enigmática, en la que se le insta a ir al aeropuerto (pág, 27), donde le aguarda un avión muy raro de ultimísima generación para llevarle a Ginebra. Alli necesitan, al parecer urgentemente, de su cerebro privilegiado. De su mente preclara. «Ah, Ginebra, estado de Nueva York», dice Langdon mientras se abrocha el cinturón. «No, Ginebra, Suiza», le replica el piloto. Pues eso, que necesitan de su cerebro.

En lo que Langdón cruza el charco a una velocidad de Mach quince que a punto está de estropearle la máscara facial, Dan Brown, en un hábil ejercicio literario, aprovecha (pág. 30) para presentarnos —con mucho misterio, de más está decirlo— a uno de los dos malos de la novela. Se trata de un asesino, pero asesino asesino, eh, asesino de la muerte. Cómo será de asesino que se trata, ni más ni menos, que de uno de aquellos fumados seguidores del Viejo de la Montaña, los “hassasin” que tan célebres fueron en el siglo XI. El tipo es el único superviviente de la hermandad y es por eso que, además de asesino, tiene un cabreo...

Pero ya (pág. 33) ha llegado Langdon a Suiza. Reconoce el país helvético porque al bajar del avión «contempló el valle de un verde frondoso que se alzaba hasta los picos nevados que los rodeaban». También había muchas vacas con grandes cencerros, gente en pantalones cortos que comía chocolate y de fondo sonaba un reloj de cuco... Con sus descripciones tan vívidas, coloristas, y por supuesto alejadas de tópicos, Dan Brown parece trasladarnos físicamente allí.

En concreto ha llegado a un laboratorio de investigaciones nucleares cuyo director sale en persona a recibirle. Se trata de un hombre que va en silla de ruedas motorizada y es amigo de mantener las distancias. Y cuando Dan Brown dice “mantener las distancias” se refiere a que al director del laboratorio le gusta ir unos metros por delante del visitante; y si éste acelera, el otro corre aún más. Esto es verídico y está en la pág. 37.

Van recorriendo así el amplio laboratorio «ultramoderno» por donde «un puñado de científicos se movía de un lado para otro» (así, con este arte, describe Dan Brown el lugar y la actividad). Algunos hay, sin embargo, entre ellos «dos hippies melenudos», que en vez de a la investigación están dedicados a lanzarse un fresbee, o platillo volador. En un determinado momento (pág. 44, se estaba viendo venir), el fresbee se les escapa y nuestro protagonista, ágil y de espíritu juvenil, lo recoge y se lo devuelve en grácil parábola. «Le felicito —le dice el director—; acaba de lanzarle el frisbee al ganador del Premio Nobel Georges Charpak». «Hoy es mi día de suerte», piensa Langdon.

A propósito de esto, tengo delante un pequeño reportaje sobre Dan Brown que publicó el diario “El Mundo” en agosto del año pasado con motivo del lanzamiento de este Ángeles y demonios. Extraigo una frase de dicho reportaje; es de su agente literaria: «Brown es tan inteligente como el personaje que él mismo ha creado».
Después de estas y otras aventuras llegan por fin (pág. 48) a un pequeño despacho donde se encuentra el cadáver de un investigador, a quien entre otras muchas perrerías le han grabado a fuego en el pecho la palabra “Illuminati”. Dicha palabra está escrita de tal forma que se lee igual poniendo el libro boca abajo (y aquí sí que, sinceramente, debo alabar el ingenio y la maña de quien haya hecho tal diseño, en verdad muy logrado). A consecuencia de ello, Langdon se lanza a explicar la historia de los tales Illuminati, al parecer una secta de científicos enfrentada a la Iglesia y encabezada por... y aquí (pág. 51) Langdon hace un alto. «Estaba seguro de que Kohler (el director del laboratorio) reconocería el nombre». Al fin toma aire y lo suelta: «Se llamaba Galileo Galilei». Y al otro, en efecto, el nombre le suena de algo.

¿Pero qué relación hay entre estos Illuminati y el muerto?, se pregunta el director. «La pregunta del millón. Langdon fue al grano». Esto se encuentra en la pág. 52 y, quitando allá lo que pueda ser culpa del traductor, no tengo duda, sin embargo, de que en el original Dan Brown haya utilizado, engarzado y zurcido, como en el ejemplo, una frase hecha detrás de otra. Práctica ésta, la de usar y abusar de frases hechas, que es lo más vulgar y antiliterario que existe, pero es que al señor Dan Brown lo literario le importa menos que un móvil sonitono. Ya lo dice en el reportaje antes citado: «Estoy tan ocupado escribiendo que apenas dispongo de tiempo para leer otra cosa que no sean libros de investigación» (dudo incluso de esto, añado yo). Pero sigue: «Durante las vacaciones, lo único que hago es agarrar unos cuantos thrillers que estén de moda de esas estanterías en las que colocan los bestseller en las librerías. Ya sé que lo que digo —continúa— no resulta demasiado glamouroso, pero es la pura verdad».

Aquí se hace precisa, señor Dan Brown, una aclaración: no se trata de glamour ni de darse ínfulas de culturilla, se trata de que es usted, por esa naturaleza perezosa, engreída y ensimismada que confiesa, lo más contrario que existe a un artista, a un literato, y hasta a un rellenapáginas que sólo busque entretener a sus lectores de la forma más digna posible. Es usted un espanto, peor aún, una risión intelectual y novelesca, aunque venda más libros que nadie (lo admito), luzca una dentadura perfecta (admitido también) y sea, según parece, muy simpático con los periodistas.

Sigue Langdon contándole al jefe del laboratorio, que le mira prendado de su inteligencia, la historia de los Illuminati, hasta llegar a la conclusión, en la pág. 59, de que «se extinguieron hace muchos años» y que lo más seguro, pues, «es que otra organización se haya apropiado del emblema de los Illuminati».Igual fue el Real Oviedo, cuando, por eso de las deudas, tuvo que descender a Segunda B.
Tras una fugaz ojeada (pag. 63) al despacho del científico muerto, que resulta, pese a su cientificidad, ser sacerdote y tiene como es lógico todo el cuarto a rebosar de crucifijos, Biblias y estampitas, Langdon y el jefe del laboratorio salen al exterior a esperar la llegada de la hija (adoptiva) del occiso. Inteligente y deportista como Langdon, en el momento en que la avisaron de la muerte estaba haciendo submarinismo en las Islas Baleares y lo dejó todo para ir a darle el último adiós a su padre. De hecho, se ha venido hasta con las bombonas de oxígeno (si no te lo crees, lector, vete a la pág. 69). Cuando una página después se quita las gafas de bucear y se descalza las aletas, se nos describe como una mujer «no de una belleza avasalladora, pero sí de facciones terrenales que, incluso desde doce metros de distancia, parecían proyectar una sensualidad a flor de piel».

Así escribe Dan Brown, efectivamente, pero no es por esto ni por la belleza de la submarinista por lo que quedo unos momentos confuso, sino porque, de pronto, me encuentro otra vez metido de pies a manos en el mismo entramado que El código Da Vinci. Compruébese: un científico muerto para extraerle datos, la hija adoptiva de ese científico que llega para ayudar al héroe en la investigación (y enrollarse al final con él, quién lo duda), un fanático asesino suelto, otro segundo malo que le dirige en la sombra... Todo prácticamente igual, apenas unos pequeños cambios de nombres. Al parecer, este Ángeles fue escrito antes que aquél Código, es decir, que ni siquiera puede decirse que Dan Brown se ha acomodado a la fórmula del éxito, sino que, sencillamente, parece que no sabe hacer otra cosa.

En cualquier caso, esta semejanza entre novelas cercana al autoplagio indica tres cosas:
1) aquello que decía mi abuela del tonto y la linde;
2) que los aficionados a este tipo de novelas no quieren cambios ni variaciones ni perturbaciones, están muy a gusto instalados en el cliché, y como consecuencia de esto
3) parece haberse creado ya, con unas reglas y fórmulas muy estrictas, un subgénero literario que podríamos denominar “novelas de secta medieval que ha estado durante muchos siglos escondida y que viene justo ahora a dar por culo”. Un genero triunfante que amenaza hacer época, que la está haciendo ya.

Sigo, con esa sensación de dejá vu constante. Por lo visto, el científico muerto y su hija adoptiva estaban trabajando en un proyecto muy importante. Para verlo, entran en el laboratorio privado y restringídisimo del finado q.e.p.d. Pág. 88: «El laboratorio de Vetra tenía un aspecto increíblemente futurista. De un blanco reluciente, repleto de ordenadores y equipo electrónico sofisticado, parecía una especie de sala de operaciones». Y ya está compuesto el cuadro. Lo de Dan Brown con las descripciones, su torpeza quiero decir, comienza a ser proverbial. Como el tío no tiene la menor gracia para expresarse y la mayoría de las veces se nota que habla de oídas y en su vida ha estado, por ejemplo, en un laboratorio o en el despacho de un sacerdote, resuelve las situaciones de cualquier manera tópica y por lo común ridícula. Qué diferencia con el vero arte de la novela, una de cuyas reglas, quizás la principal, exige que el autor “presentice”, es decir, haga presente ante el lector un segundo mundo, le dé cuerpo, forma, bulto y consistencia... Esto, justo en el otro extremo, es una sucesión de descripciones hechas de mala gana y por compromiso con material de saldo. ¿Qué significa que una cosa es “increíblemente” futurista o que “parecía una especie de”?

En fin, el caso es que el muerto y su hija han creado la antimateria, así como Dan Brown ha creado la antinovela. De igual modo, se trata de un arma de efectos letales; un solo gramo (una sola escena) puede destruir cualquier rastro de vida y/o inteligencia en varios kilómetros a la redonda. Y el malvado, por lo que parece, se ha llevado un cuarto de gramo de esa sustancia, el muy... bribón, no merece otro nombre. Según parece también, si uno saca la antimateria del laboratorio y no la devuelve en menos de veinticuatro horas, explota irremediablemente, así que ya está la intriga servida: ¿conseguirán detener al malo antes de que acabe la cuenta atrás?; ¿cortará el héroe, en el último momento, el cable adecuado?

Nótese que la simpleza (en sus dos acepciones, repito) narrativa de Dan Brown llega a tal punto que sus creaciones (aquí y en El código) suceden de manera estrictamente lineal, un suceso tras otro, con un manejo rudimentario del tiempo (que es esencial en novela); adviértase también que todo en este bolodro suena a cinematográfico (aún más, a peliculero); y esto así porque Dan Brown en realidad no novela, ni narra, ni relata literariamente, sino que se limita a darle forma de libro a una historieta pensada para el cine o, lo que es lo mismo, para que las ganancias y los derechos de autor se dupliquen.

Mientras se desvela esto de la antimateria, Sylvie Baudeloque, la secretaria del laboratorio, «era presa del pánico» (pág. 124). Sucede que ha llamado al director alguien muy importante y ella no le localiza en el móvil. ¿Qué hacer?, ¿qué hacer?, se pregunta. «Sorprendida por su audacia, Sylvie tomó la decisión. Entró en el despacho de Kohler [el director] y se encaminó a la caja metálica que había en la pared (...) Miró los controles y localizó el botón correcto. Después respiró hondo y agarró el micrófono.» “Señor Kohler, señor Kohler, preséntese en su oficina cuanto antes”, rugen los altavoces dos capítulos después. Brown, hombre, contrólate, que hasta del hecho de hablar por megafonía estás haciendo un misterio acongojante.

A la llamada del megáfono, que diría Félix Rodríguez de la Fuente, el director acude a su despacho a ver qué pasa. Toma el auricular (pág. 130) y apenas oye quien está del otro lado sufre una especie de jamacuco (o zamacuco, sobre esto hay opiniones enfrentadas) de tal magnitud que tienen que aplicarle oxígeno. Con las últimas palabras antes de desmayarse, pide a Langdon y a Vittoria que vayan volando al Vaticano. Y los otros, muy obedientes, cogen y al Vaticano se van volando en un avión especial X-33.

Durante el vuelo, para entretenerse, hablan sobre Dios. Más que nada para ponerse en situación. «Al final, todos estamos buscando la verdad», concluyen en la pág. 135, a tiempo del aterrizaje.

En el aeropuerto romano les está aguardando un helicóptero para llevarles ante la misma sede papal. La chica se queda asombrada (pág. 140) al ver al piloto. «Daba la impresión de que iba ataviado para un melodrama shakesperiano. Su guerrera abultada era a rayas verticales azules y doradas. Llevaba pantalones y polainas a juego. Se tocaba con una boina negra..». A Langdon, que es hombre de más mundo, no le extraña sin embargo que un miembro de la Guardia Suiza (no es otro el que se describe) pilote un helicóptero con el uniforme tradicional. No se nos aclara si la alabarda que suelen usar la llevaba entre las piernas o en el asiento del acompañante.

Langdón aprovecha el breve trayecto para explicar unas cuantas cosas sobre el Vaticano, sin duda con animo de dejar admirada con su saber a la chica que tiene al lado. Se nos cuenta, por ejemplo (pág. 145), que el Vaticano es «el país más pequeño del mundo», junto con otras curiosidades que parecen sacadas de un calendario zaragozano o de un “¿sabías que...?” del Pronto.

Cuando al fin aterrizan en el Vaticano (pág. 146), Langdón se queda asombrado de ver muchos curas. Y es que parece, en efecto, que hay más de los normales. ¿Qué pasa aquí que hay tanto cura?, pregunta. El guardia le comenta que es que ha muerto el Papa (esto está escrito en el 2000, es una coincidencia) y ese día justo es el cónclave para elegir otro y entonces «todos los cardenales de la tierra se hallan reunidos hoy aquí». «Los hombres se amontonaban en el tabernáculo», se nos dice en página siguiente. No es de extrañar. Tanto cardenal en un país tan pequeño, normal que acaben en montonera. ¡Qué imagen de la Iglesia estáis dando!, les reprocha una señora.

Por el camino desde el helipuerto a la Basílica de San Pedro, nuestros héroes pasan (pág. 151) ante «un edificio cuadrado con el letrero “Radio Vaticana”. Langdon comprendió con asombro que era un centro de emisión de programas de radio». ¿Quién no comparte el asombro de este hombre?

Llega ahora, en la pág. 152, un gran reto para Dan Brown. Tiene que describir el Vaticano, en concreto su meollo, el centro de poder, por dentro, lo que visto ya su poco arte se nos antoja un imposible. Sin embargo, eso sí hay que reconocerle, Brown es hombre de recursos y picardía. Dice: «No se parecía en nada a las oficinas administrativas que Langdon había imaginado» y hala, ya está la descripción del Vaticano resuelta. Dos páginas después pasa por una sala de tapices y dice que eran «impresionantes por su belleza». O pasa por salas a oscuras, y eso que se ahorra de buscar tretas. Si, lector, en efecto, así, con este morro, está escrito Ángeles y demonios.

Vuelvo al reportaje de “El Mundo” ya citado y leo que los tres libros o autores de referencia para Dan Brown son Shakespeare (ya), Steinbeck (ya también) y The Elements of Style (Elementos del estilo), porque (y esto lo dice el escritor actualmente más vendido) «¿quién es capaz de recordar todas las reglas gramaticales y de puntuación?». Nadie, ciertamente, me adhiero a Dan Brown, y aun voy más allá: ¿quién es capaz de saberse de memoria las más de veinte, casi treinta letras, que componen un alfabeto? Sólo algún superdotado.

Pág. 155: les está aguardando el jefe de la Guardia Suiza. «Langdon intuyó de inmediato que el comandante era un hombre que había capeado temporales». Sí, y cortado orejas. El hombre les invita a pasar a su despacho; Brown cree conveniente describírnoslo (pág. 162): «La habitación no tenía nada de especial: un escritorio lleno de cosas, archivadores, sillas plegables y una fuente de agua». Y ya está. Concluyo con esto el tema de las descripciones danbronescas, pero sepa el lector que va a seguir así, reo de estafa literaria, hasta el final.

El comandante les explica que la antimateria que han robado del laboratorio se encuentra en un lugar que todavía no han localizado del Vaticano y que estallará dentro de cinco horas y cuarenta y ocho minutos. Entretanto crece así la tensión hasta unos límites insoportables, los cardenales, ajenos a todo, siguen enfrascados en el cónclave para elegir Papa, ante la indiferencia general porque (pág. 167): «El interés mundial por los acontecimientos del Vaticano había disminuido durante los últimos años». Visto lo ocurrido últimamente a la muerte de Juan Pablo II no puede decirse que Brown tenga mucho olfato sociológico.

Había prometido no hablar más del “ars descriptoria” de Dan Brown, pero es que lo que encuentro en pág. 170 supera todas las barreras de la caradura combinada con la indigencia literaria. Le conducen por el Palacio Apostólico hasta el despacho del Papa y... «Langdon miraba con incredulidad las obras de arte que adornaban las paredes, obras que valdrían cientos de miles de dólares». Y ya está de nuevo la descripción hecha, pero no es esto lo grave, sino la tremenda, insondable, infinita paletada que supone pararse ante una obra de arte o un monumento y exclamar “¡el dinero que habrá costado esto!”. Tal hace Dan Brown.

De pronto (pág. 179) les llama un autodenominado “emisario de los Illuminati” (a quien reconocemos como el malvado hassasin) para decirles que, además de colocar la bomba, ha raptado, aprovechando la montonera formada, a cuatro cardenales y los va a ir asesinando uno tras otro. Después de mucho pensar, Langdon ve claro en la pág. 201 a qué vienen esos ataques contra los purpurados: «Langdon se preguntó cómo reaccionarían los católicos del mundo cuando encontraran los cadáveres de los cardenales despedazados (...). Si la fe de un sacerdote no le protegía de la maldad de Satanás, ¿qué esperanza quedaba a los demás?». Pensarían (sigue cavilando, muy concentrado) que Dios no les protege y así pues, concluye, se borrarían del catolicismo y se apuntarían a otra religión. He de evitarlo, parece decirse a sí mismo, y se pone en acción. Diría que estamos sin duda (pág. 202) ante el momento de mayor estupidez del libro, si no fuera porque tiene 606 páginas y todavía, estoy seguro, aguardan muchas otras giliflautadas sin cuento en los dos tercios que quedan.

Langdon, ya lanzado a la acción, se sumerge en los Archivos Vaticanos en busca de la obra de Galileo, para encontrar en ella alguna pista de dónde pueda estar la sede «ultrasecreta» de los Illuminati. Una sede que permaneció escondida durante siglos para escapar a la vigilancia de la Iglesia ortodoxa, de tal manera que sólo los científicos más brillantes pudieran colegir su ubicación después de una larga y ardua fase iniciática. Langdon tiene cuatro horas y pico. Bah, de sobra.
Sin embargo, no se confía. Pág. 221: «El tiempo apremiaba y Langdon no lo perdió en explorar la estancia», es decir, los Archivos Vaticanos. Ya sé que había prometido no hablar más de las descripciones de Dan Brown, pero es que tal despliegue de sinvergonzonería literaria para librarse de una descripción es superior a mis fuerzas.

Al final, después de mucho dar vueltas, Langdon encuentra una pista (pág. 245) que le indica dónde será el primer asesinato, al parecer en la tumba de Rafael. Por el camino, pág. 252, este héroe moderno recapacita sobre cómo «ser conocido por el nombre (de pila, se refiere) significa un nivel de popularidad sólo alcanzado por unos pocos elegidos, gente como Napoleón. Galileo, Jesús (y añade acto seguido) Sting, Madonna, Jewel y el artista antes conocido como Prince». Aparte de que los nombres tras el paréntesis son nombres artísticos, apodos, y no cabe comparar, ¿se incluye en esta brillante línea de pensamiento Dinio, Terelú o Chanquete? Brown, por Dios, deja ya de decir sandeces para parecer moderno y enrollado, que no tienes edad.

En lo que revisan el Panteón, donde está enterrado Rafael, en busca del asesino, Langdon aprovecha (pág. 275) para explicarnos, como si lo hubiera descubierto recientemente, que el cristianismo es en realidad un sincretismo de tradiciones religiosas, un sistema que ha tomado sus elementos de aquí y de allá, de múltiples culturas paganas. Iba a decir que esto es desvelar, con aire de mucho misterio, eso sí, lo que todo el mundo medianamente leído sabe, cuando de pronto tropiezo con algo que rompe mis esquemas por completo y hasta me hace crujir el cráneo. Dice Brown que «ni siquiera el concepto de Cristo muriendo por nuestros pecados es exclusivamente cristiano. El sacrificio de un joven para redimir los pecados de su pueblo aparece en la tradición de Quetzalcoalt». Es decir, en el México azteca. Y dígame, brillantísimo Dan Brown, ¿cómo es posible que el cristianismo, hacia el año 33 más o menos, sincretara elementos de una religión que no se conocería hasta 1459 años después? Deje de firmar ejemplares de su libro y acláremelo, por favor.

La hija del científico asesinado, la que al final (si no, al tiempo) se enrollará con el protagonista, «sentía correr (en la pág. 278) su sangre italiana» y por tanto no hace más que murmurar “vendetta” todo el tiempo. ¡Cómo conoce Brown la naturaleza humana!

Al final resulta que se han equivocado de lugar y la pista en realidad les conducía a otro sitio. Es una iglesia que casualmente está en obras, un andamio la cubre y bien quisiera Brown describírnosla, pero va a ser imposible. Además, el lugar está en la penumbra y Langdon tiene que palpar buscando una entrada. Mientras palpa (pág. 295) «por un instante, recordó el antiguo mito de Dédalo, cuando el muchacho recorría el laberinto del Minotauro con una mano apoyada en la pared, sabiendo que le habían garantizado encontrar el final si no rompía el contacto con la piedra». Para mí que Brown se ha hecho un lío con la mitología griega; aparte de eso, ¿cómo se puede escribir, al recrear un antiguo mito, “le habían garantizado”? ¿Quién se lo había garantizado?, ¿el Deustche Bank al tres por ciento? ¡Qué manera más pedestre y bursatil de escribir?

Entran en la iglesia al fin (pág. 296). Está en obras y toda llena de polvo, así que en otro libro la describirá. Nos comenta, eso sí, que «contrariamente a lo que pensaba mucha gente, las catedrales renacentistas siempre albergaban múltiples capillas». ¿Y quién es esa gente que piensa lo contrario? ¿Tu vecino?

Se meten por una alcantarilla porque sospechan que el cadáver del cardenal puede encontarse allí; pero el sitio está a oscuras. Langdon se interna, sin embargo, en la cloaca y le dice a la chica que vaya a buscar algo de luz. De pronto (pág. 302) le inundó una luz azulada y «notó un intenso dolor en la nuca. Giró en redondo y vio a Vittoria con un soplete». Es lo que tienen las mentes privilegiadas...

Total, que encuentran al muerto y al salir del agujero (pág. 307), Langdon «se preguntó cuántos espacios angostos más podría encontrar en un solo día». Si me permites que te ayude, Brown, porque te noto un poco cansado, así grosso modo yo calculo que siete. Ocho como mucho.

Al parecer, una estatua en esa misma iglesia indica dónde será el siguiente asesinato, pero para eso hay que subirse al andamio y otear la ciudad. No hay problemas; Langdon, en la pág. 323, «se izó sobre la plataforma superior, sacudió el yeso de su ropa y se puso en pie. La altura no le afectaba». Claro, ya se nos ha dicho con asiduidad que era jugador de waterpolo.

En esta misma página, Brown ha debido de tomarse un Pharmaton Complex y de pronto le da un arranque lírico: «Como un océano en llamas, los tejados rojos de Roma se extendían ante él, resplandecientes bajo el ocaso escarlata». ¡Qué bonito!
El lugar indicado es la misma plaza de San Pedro. Hacía allá que van, aunque les corroe la duda: ¿cómo va a dejar nadie un muerto en un sitio tan populoso? Llegan al lugar y lo examinan (pág. 336): todo parece normal: turistas, curas, monjas, cardenales, «un indigente ebrio que dormitaba en la base del obelisco», cubierto el rostro y como desmayado. Nada sospechoso. Ya se van a ir cuando de pronto una niña grita y descubren, horrorizados, que el indigente no es tal sino un cadáver. Y es que, se ha dicho muchas veces, la infantil inocencia sabe penetrar como nadie en el corazón de las cosas.

Langdon vuelve a los Archivos Vaticanos (pág. 371) en busca de una pista que le permita descubrir dónde será el siguiente asesinato. De pronto, una mano misteriosa le deja encerrado allí. Al verse rodeado de tanto libro todo lleno de letras, al protagonista de la novela le da un agobio y sólo piensa en escapar de allí. El método que emplea (pág. 383) es propio de las novelas de Rocambole, unas obras ligeras de entretenimiento que triunfaban hace más de un siglo, hasta que los lectores se hartaron ya de trucos y acabaron incluso por formar el peyorativo “rocambolesco”. Hoy, más de cien años después, se recupera lo que aburrió a nuestros abuelos, algo completamente superado. Estamos de broma, pero ciertamente es para echarse a temblar.

Encuentra la iglesia pero es tarde, el tercer cardenal está muerto (pág. 404). Otra escena rocambolesca para escapar del asesino, a quien casi capturan in situ. Al final, el malo rapta a la chica.

Entretanto, con aquello del muerto en medio de la plaza, todo el mundo se ha enterado de que en el Vaticano está pasando algo raro. Entonces, en un gesto audaz, en vez de alimentar el secretismo, el propio camarlengo busca a un cámara de televisión y lanza, en la pág. 415, un discurso que comienza de este modo: «Dios se ha convertido en algo obsoleto. La ciencia ha ganado la batalla. Nos rendimos». ¡Guau! Todo el mundo en todos los países se paraliza frente al televisor. El camarlengo lanza entonces un discurso insufrible y retórico, hecho de topicazos del estilo “el consumismo nos está haciendo perder los valores”, “vivimos para trabajar y no trabajamos para vivir”, “tenemos que escuchar a nuestros corazones”, “hoy en día los tomates no saben a nada” que provoca, al final (pág. 419) que millones de personas en todo el mundo dejen lo que tienen entre manos y abracen el cristianismo.

En la pág. 446 Langdon llega al lugar donde supone va a cometerse el último asesinato. Estamos de noche, en medio de una plaza pública, y el protagonista, siempre tan sagaz, desconfía de un coche que, al contrario que los demás que circulan por la plaza, se acerca sin luces. Sin duda, es un intento de pasar inadvertido.

Efectivamente en ese coche viene el hassasin. Se entabla una pelea en la fuente que hay en medio de la plaza. Como es nadador y waterpolista, Langdon se mueve «como un torpedo» (pág. 452), pero el malo, sin embargo, es mucho más bruto y parece que va a ganar la pelea. Al final, Langdon recurre a una brillante estratagema: se hace el muerto (pág. 454) y el hassasin, tomándole por tal, le deja allí sumergido y se va.

Entonces Langdon sale de la fuente, se pone a pensar y llega a la conclusión de que la guarida de los malvados está en el castillo de Santangelo. Hacía allí se encamina, a vencer al malo y a rescatar a la chica. «Su corazón latía con fuerza (en la pág. 469). La frustración y el odio empezaban a hacer mella en sus sentidos». Yo también estoy mellado, pero no puedo, sin embargo, dejar ahora la lectura, en lo más emocionante.

Al final, en el dicho castillo encuentra al hassasin; toma Langdon entonces una barra de hierro de las que hay por allí siempre a mano y le hace frente, exigiéndole que suelte a la chica, que está maniatada en un rincón. El otro no quiere. Pelean. El hassasin, además de malo, juega sucio, y poco a poco va acorralando a nuestro héroe hasta que le empuja por un balcón. En un desesperado esfuerzo, Langdon logra agarrarse a la barandilla con una mano; el malo, siempre tan vil, va a golpearle en los nudillos para que se suelte y se precipite el vacío. Cuando ya tiene el barrote, que ha caído en la lucha, levantado para hacerlo, de pronto es atacado por la chica que se ha soltado de sus ligaduras y es el malo, entonces, quien lanza un grito, se defenestra y muere. La chica se ha soltado de sus ligaduras porque en su día hizo yoga y tiene mucha flexibilidad. Así, en la pág. 481, concluye esta originalísima y nunca vista escena que creo haber explicado bien; si falta algo es porque entre medias de ella he sufrido un ataque de narcolepsia.

A todo esto, faltan (pág. 482) «algo menos de cuarenta y cinco minutos para la explosión». No me da tiempo siquiera de ir al baño.

Langdon y la chica vuelven a la carrera desde Santangelo al Vaticano por un pasillo secreto, el famoso “passetto”, abierto y despejado para ellos. Cuando llegan a los aposentos papales, se encuentran con un pequeño jaleo. Están allí casi todos los protagonistas y discuten a ver quién es el malo que guiaba al otro malo, al muerto, al hassasin. Al final, todas las sospechas recaen sobre el jefe del laboratorio y, bueno, se le cargan (pág. 503). Antes de morir tiene tiempo, sin embargo, de darle a Langdon secretamente una minicinta de vídeo y musitarle al oído «dele esto a las televisiones», y según dice «...ones» dobla. ¡De dónde sacará Brown este tipo de escenas!, ¡qué imaginación desbordante!

Pero no tienen tiempo para velar al difunto, porque falta por descubrir la antimateria, queda muy poco para que explote. El camarlengo, entonces, entra en una especie de trance y seguidme, dice, y tras él corren todos los testigos y también un cámara de televisión. Entra, en la pág. 516, por un «boquete bostezante» del suelo a las catacumbas (qué inspirado y lleno de gracia el símil de Brown, único, por otra parte, de todo el libro, lo que hace suponer el esfuerzo que le cuesta dar a luz este tipo de metáforas), y se dirige a la tumba de San Pedro, que al parecer está allí. Y en la tumba, en efecto, se encuentra la antimateria; la toma el camarlengo y ¡dejadme solo! se dirige hacia el exterior. Salió, se nos dice en la pág. 528, «como una exhalación».

Exhalado llega, en la pág. 532, hasta el helicóptero papal, al cual se sube y lo pone en marcha, porque resulta que además de camarlengo es piloto. Nada dice contra esto la Ley de Incompatibilidades, es cierto. Cuando despega descubre que en el asiento a su lado está Langdon, que no quiere dejar pasar esa ocasión de salvar a la humanidad y que imagina que el camarlengo pretende llegar hasta el mar, internarse un poco en él y arrojar el petardo al ponto.

Lejos de ello, sin embargo, lo que hace el pater es ganar altura, mientras abajo, en la plaza de San Pedro, la multitud contempla atónita el elevarse del aparato (pág. 536). «Hombres y mujeres se tomaban de las manos. Otros abrazaban a sus hijos». Hay, en fin, un sobeteo general. Cuando ya apenas se le distingue, de pronto el helicóptero explota. «Nunca tantos habían guardado semejante silencio», se nos dice en la pág. 538. Nunca tampoco se había engolado tanto la voz para tamaña sandez.

Ante la multitud estupefacta, es decir, convertida en estúpida, de pronto se presenta el camarlengo (pág. 541), en majestad encima de un tejado. La gente brama, ruge, y se acentúa el sobeteo. ¡Milagro!, exclama la mayoría; ¡gol!, gritan algunos. Y tal parece, en efecto, pero...

En realidad ha sucedido lo siguiente: cuando el helicóptero había tomado ya su buena altura, de pronto el camarlengo (pág. 544) había cogido un paracaídas y había saltado, con mucho tino para ir a caer encima del tejado, inadvertido a la multitud. Allí, en el aparato, queda entonces Langdon, a falta de cincuenta segundos para que estallara la bomba y sin otro paracaídas. Cuando sólo quedan treinta y dos segundos toma la decisión, «la increíble decisión...». Coge una especie de sábana y salta. Con la sábana va amortiguando y dirigiendo el descenso hasta que se encuentra encima del río Tíber. Entonces suelta el trapo y, muy grácilmente (pág. 547), cae a las agua haciendo un mortal carpado con doble tirabuzón.

Langdón sale de las aguas a tiempo para suspender el cónclave que ya iba a elegir, por unanimidad, al camarlengo como nuevo Papa (pág. 559). Está claro que éste, el camarlengo, es el malo supremo, el que dirigía al otro. La prueba está en la minicinta de vídeo que el jefe del laboratorio le dio a Langdon antes de morir, y que es una grabación secreta de una reunión entre ambos donde el camarlengo confiesa abiertamente su plan malévolo...

Dijo Plinio, y reiteró Cervantes, que no hay libro malo que no contenga algo bueno. Suele olvidarse lo contrario, que también es cierto; y suele no profundizarse en la consecuencia, es decir, que no hay libro malo que no contenga algo peor. El desenlace de este Ángeles y demonios constituye uno de los capítulos inolvidables, por horrendos, de la literatura universal. Véase: el camarlengo reconoce que, en efecto, él había trazado todo el plan (el robo de la antimatería, el asesinato de los cardenales y hasta el salto final en paracaídas) pero con un noble objetivo: soltar el famoso discurso por el que tantos paganos se convirtieron y ser elegido Papa. De hecho, él había asesinado al Papa anterior, a quien le unía una profunda amistad hasta que descubrió que... ¡tenía un hijo! (pág. 580). Esta paternidad física le convertía en impuro para un fanático de la talla del camarlengo y, así pues, se lo cargó. Lo que no sabía, y le revelan los cardenales allí reunidos, es que el difunto Papa no había roto su voto de castidad, porque había concebido el hijo, sí, pero... ¡mediante inseminación artificial! (pág. 582). Y aún más, ese niño probeta... ¡es él, el camarlengo! (pág. 583). Después de todo lo cual, me tienen que internar en una clínica, aquejado de politraumatismos varios.

Es fama que hay algunos libros, pocos, que cambian los esquemas vitales de una persona, otros que hacen pensar, que abren los ojos a una realidad distinta, que enseñan algo... La mayoría de los libros son útiles y buenos. Otros, sin embargo, como éste que aquí cierro aunque queden sólo veinte páginas, el libro más vendido de los que circulan hoy, te dejan en el cuerpo la misma sensación de quien se ha pasado toda una tarde explotando papel de burbujas. Esa misma. Esa.

LA LITERATURA EN UN PALÉ

Crítica acompasada de la novela
Harry Potter y el misterio del príncipe




¡Vive Dios que me espanta esta grandeza y el barullo que se forma, desde Tokio a Sabiñánigo, desde Ciudad del Cabo a El Barco de Ávila, cada vez que sale a la venta un nuevo libro de Harry Potter! Ya sabes, lector: portada en los periódicos, noticia de apertura en los telediarios, cabecera en las revistas dominicales...

Debo confesar que, pese a todo y tamaño aparato, nunca hasta ahora me habían llamado la atención tales novelas, y no por ser juveniles, que en incontables ocasiones los libros juveniles son un auténtico derroche de buena literatura, sino, sencillamente, porque hay algo en mí que desconfía del marketingue feroz aplicado al papel impreso. Hube de ver, es cierto, empujado por mi sobrino, la versión cinematográfica de la primera parte, una película algo confusa por la que vine a enterarme que el joven Potter y sus amigos, protagonistas de estos libros, pasaban el curso escolar, en lugar de entre quebrados, preposiciones y derivadas, haciendo el bandarra (¡oh viejo sueño infantil!) en un castillo llamado Hogwarts a fuer de realizar trucos de magia, embrujos y conjuros, y de luchar contra los malos a quienes, en el último minuto, Harry wins y los niños entonces prorrumpen en aplausos, para sobresalto y brusco despertar de este pobre crítico que se había quedado sopa en la butaca, arrullado por los rugidos de monstruos y trolls.

Con eso yo creía que me bastaba para andar por el mundo adelante, pero he aquí que sale a la luz la sexta novela del ciclo, he aquí que el furor potterino se desborda por completo y he aquí que, finalmente, acaba picándome la curiosidad y decido, bien que al precio de una buena ración de gambas, comprar el dichoso libro y ars longa, vita brevis, sentarme a leerlo. Debo, antes de nada, puntualizar que fui a comprarlo no a cualquier librería, quiosco, juguetería, incluso farmacia u óptica donde se puede adquirir un ejemplar (tamaño es el despliegue de distribución), sino que, ya metido en batalla, me desplacé hasta un centro comercial donde los libros cubrían todo el escaparate, el interior estaba lleno de muchachos, jóvenes y hasta algún cincuentón disfrazados de brujos, magos y hechiceros, y los libros, al fin (y aquí fue donde mi fina sensibilidad a punto estuvo de llevarme al desmayo), se vendían en montañas así de altas, directamente sobre palés de madera recién descargados del camión, amontonados tal cual una carga de ladrillos para que el cliente fuera cogiendo uno y pasando por caja.

Yo entiendo (no es difícil entender) que la autora de libro, J.K.Rowling, no pretenda ser Dostoievsky y solo aspire a entretener, e incluso a hacerse rica, ¿por qué no? Ocurre solo que hasta el momento (hasta el palé) existía un cierto pudor según el cual al libro, incluso al más comercial, se le trataba como un bien cultural; a partir de ahora (a partir del palé) se han roto, podría decirse, todas las barreras y el libro no es más que un objeto de consumo, tratado como una vulgar mercancía y desprovisto de cualquier valor que le diferencie, por ejemplo, de un saco de patatas. A este extremo hemos llegado, a que la literatura no levante del suelo más que los diez o doce centímetros de un palé.

Abro, en fin, atribulado el libro y me encuentro (pág. 9) con el primer ministro, the prime minister, of Inglaterra contrito y cariacontecido porque en su país se han sucedido una serie de desgracias: inundaciones, huracanes, robos, asesinatos, conciertos de King África... En medio de sus vueltas por el gabinet de pronto un individuo desciende por la chimenea envuelto en una humareda verde (pág. 11; y es de ver cómo esto del humo verde tiene como función, sin duda, resaltar lo excepcional y nunca visto de la aparición a lo Papa Noel, en un libro como éste diz que prodigio de imaginación y originalidad). Comoquiera que sea, el susto que se lleva el pobre político es, como bien diría Antonio Gala, "morrocotudo". «¿En qué puedo ayudarlo», pregunta sin embargo a su visita en la pág. 12. Y le invita a sentarse.

El recién llegado se presenta entonces como ministro de Magia e informa al mandamás inglés (resumo) que la nación mágica, que es una nación paralela a la de los individuos corrientes, a la de los «muggles», dice en la novela (a la de los payos, para entendernos), se encuentra en guerra por las maquinaciones de un tal Lord Voldemort, el malo por excelencia de estas novelas, a cuyo mando hay una legión de malvados, feos y sucios «mortífagos» que se dedican a atacar a la gente (pág. 21) «a diestro y siniestro» (tal vez en el original inglés lo dijera con más propiedad; aquí lo dice así el traductor, que, es de ver, dudó entre esta forma y la otra también culta de "a troche y moche").

El caso es que por todas estas cuestiones han dimitido al ministro de Magia, que no viene, pues, a otra cosa que a presentar oficialmente a su sucesor, Rufus Scrimgeour (me niego a volver a escribirlo), quien en la pág. 23 hace asimismo su aparición fumista, humeante y verdosa. Efectuadas las presentaciones, poco después, en la pág. 25, ambos magos desaparecen por la chimenea y el primer ministro (no se nos dice, pero es de suponer) se queda mirando al hogar y pensando, cual Beckett, en el sentido y la contingencia de la vida humana.

Cambiamos de capítulo (pág. 27) y de escenario: un paraje cubierto por la neblina al que llegan dos figuras misteriosas. Para recalcar éste su misterio ambas figuras andan encapuchadas, y para significar que son malvadas a un pobre zorro que pasa por allí se lo cargan en la pág. siguiente sin mayores contemplaciones. Llegan de esta manera a una casa de apariencia maligna (lo que se llama, entre nosotros, una vivienda de protección oficial), donde les recibe un tal Snape, de modales y aspecto ¿es necesario decirlo? inquietantes.

Hasta aquí (pág. 30) la cosa, magüer que demasiado tópica en el misterio, tenía su pase, pero el estereotipo aún tiene que alcanzar su cenit. Dicho Snape abre de pronto una puerta secreta oculta en una biblioteca, tras de la cual parte una estrecha escalera en espiral... Aprovecho este momento para recordar que la autora de este portento imaginativo, J.K.Rowling, recibió en el año 2003 el Premio Príncipe de Asturias, entre otras cosas, por «promover la imaginación como fuente de libertad al servicio del bien». La decisión de los próceres españoles fue adoptada, creo, por unanimidad.

Arrellanados ante un vaso de vino de elfo, el tal Snape y sus visitas proceden a comentar los malvados planes para el futuro de uno a quien llaman «el Señor Tenebroso», el cual, por un sexto sentido que he desarrollado a lo largo de mi carrera de crítico, infiero que no es otro que Lord Voldemort, el personaje m.q.p.q (malo que pá qué) de estas novelas. Al hilo de ello comentan los sucesos acaecidos en anteriores entregas de la serie, en un ejercicio retrospectivo de mucho interés, sin duda, para aquellos fans que esperan disfrazados un nuevo título y que concluye con esta sentencia definitoria y tajante, amén de profunda (pág. 35): «a lo hecho, pecho».

(Conviene un paréntesis aquí: sin duda el uso de este tipo de frases cabe achacarlo, en último caso, al traductor; sin embargo, algo me hace sospechar que en el original en inglés no deben ser las expresiones de mayor altura; no por nada J.K.Rowling se vanagloria de haber irrumpido en el mundo de las letras sin formación ni preparación alguna, de haber empezado a escribir porque estaba en paro.)

«Las palabras del Señor Tenebroso son ley» (pág. 39), como en el famoso corrido mexicano, y así nos vamos enterando de que el plan del Malvado es encargar a un tal Draco Malfoy, compañero de curso de Harry Potter, que dé muerte a alguien muy importante de Hogwarts.

Pág. 45: Ajeno a esta pérfida trama, «Harry Potter roncaba escandalosamente». A su lado, un montón de periódicos da noticia de los acontecimientos producidos en las novelas anteriores, para deleite, sin duda, y reenganche de sus fans. En esto, llaman a la puerta de la casa donde vive Potter, una casa que, al parecer, es la de sus tíos, gente "muffle" y descangallada por quien la autora demuestra no tener ningún aprecio: de la esposa (pág. 52) dice que tiene «cara de caballo», mientras el hijo soporta «una enorme y rubia cabeza». El recién llegado es el director del colegio Hogwarts, que viene a buscar a Harry y que antes de irse con él decide embromar, mediante su magia, al cutre y ridículo matrimonio de acogida. Así (pág. 54), en una escena que parece tomada directamente de Mary Poppins, les sienta a la fuerza en un sofá y les pone delante unas copas de licor que no hacen más que darles golpecitos en la cabeza.

«[Harry y Dumbledore (el director del colegio)] estaban disfrutando de lo lindo». Dejemos aparte la pedestre y aun rupestre expresión (espacio habrá para hablar de ellas a lo largo de toda la crítica); cuando un libro arrasa en el mercado no es, pese a todo, mera obra de la promoción; algo debe de tener para que enganche al público, en este caso a los jóvenes de su tiempo. Así, en Harry Potter encontramos el recurso, de gran tradición literaria y muy atractivo para la imaginación juvenil, del protagonista que no es, en realidad, hijo de quien parece, por lo común una familia pobre, mediocre, anodina, sino vástago de una dinastía aristocrática, por supuesto riquísima, y excepcional. Junto a este eterno toque clasista, los libros de la Rowling recogen también la idea, adorada en nuestros días, del triunfo rápido y sin esfuerzo, de la fama porque sí, personificada en el muchacho que de pronto y sin trabajo por su parte se encuentra con poderes mágicos y hecho un líder entre los de su edad. Aquel viejo y este nuevo mito confluyen en Harry Potter de manera, qué duda cabe, atractiva, subyugante para los jóvenes; sin embargo, y pese al éxito, no dejan de ser trucos, cebos, artificios.

En la pág. 59 Harry Potter tarda un tanto en hacer la maleta porque tiene que meter en ella todos los objetos del merchandising. Al fin (pág. 61) sale de casa de sus tíos acompañado del director. «Adentrémonos en la oscuridad y vayamos en busca de la aventura, esa caprichosa seductora», sentencia el tal Dumbledore, que parece, de tan pomposo, haberse metido en la boca media docena de polvorones. «Ten la varita preparada, Harry», le advierte poco después a su pupilo, una vez ha logrado engullir la masa.

Una objeción, sin embargo, tiene que hacerle al alumno en la pág. 67, y es que se haya confiado en exceso y no haya extremado las medidas de seguridad. ¿Y si él no hubiera sido el auténtico director sino un malo disfrazado? «Pero no me has preguntado, por ejemplo (le reconviene), cuál es mi mermelada favorita, ya sabes, para comprobar que soy el verdadero profesor Dumbledore y no un impostor». «Aunque, evidentemente (recapacita en el siguiente párrafo), si yo fuera un mortífago me habría asegurado de averiguar mis propias preferencias respecto a las mermeladas antes de hacerme pasar por mí mismo». No estaría demás, me atrevo a sugerir, que debajo de reflexiones como ésta se incluyera el número de Información Toxicológica, por si algún joven, al leer tales perspicacias, cae intoxicado o, aún peor, le cruje el cerebro. El mismo Harry Potter, sin ir más lejos, no es inmune a estas muestras de inteligencia y al final de esta misma página, según se dice en expresión sublime, «se le cayó el alma a los pies».

Poco más de un año después de que le concedieran el Príncipe de Asturias, y cuando todo el mundo en nuestro país (a los medios culturales me refiero) seguía babeando y boquiabriéndose ante la autora inglesa, un pensador de la talla (enorme) de Juan Ignacio Ferreras escribió en la impagable "Fiera Literaria" una crítica certera y fundada sobre estos libros. En ella venía a denunciar su simpleza: «Son ires y venires —decía Ferreras—, conversaciones tontas, sorpresas que acaban por repetirse hasta dejar de serlo, malos que son antipáticos y buenos que son simpatiquísimos, y todo en una narración que discurre pesadamente hasta el combate final... y nada más (...) El tiempo de la obra es siempre el tiempo de un curso escolar [construcción lineal y rudimentaria donde las haya, añado yo] y supongo que el pequeño lector se identifica muy fácilmente con el protagonista que, brujo o aprendiz de brujo, ha de cumplir con las reglas de la disciplina escolar», concluye Ferreras.

Vuelvo a la novela. Después de visitar a un nuevo profesor de la academia que, por temor a los malos, les recibe «haciéndose pasar por una butaca» (pág. 69), y después de pasar revista a los antiguos alumnos y monitores de Hogwarts, un tropel que sin duda habrá ido apareciendo en libros anteriores, el director deja a Harry en compañía de sus amigos para que pase con ellos las jornadas previas a coger el tren hacia la escuela. El protagonista y sus amigos aprovechan el reencuentro para rememorar anécdotas de otros cursos, tomadas, por supuesto, de los otro cinco libros de la serie. También repasan sus asignaturas y comentan sobre sus profesores. En ello se invierten cerca de treinta páginas y se utilizan casi cien nombres, para esponjamiento de los fans y sopor de los neófitos, a quienes asalta esa desagradable sensación de quien se siente de pronto inmerso en una fiesta privada de desconocidos. «Todavía no ha superado lo que pasó en... ya sabes... ¡era su primo!», son un ejemplo de las frases para iniciados que se agolpan en este tramo.

En la pág. 112 de nuevo se recuperan los hitos imaginativos: es el momento de ir a comprar a los jóvenes el uniforme del colegio y los libros de texto. Para ello acuden a una zona exclusiva de tiendas donde se topan con Draco Malfoy, el conjurado, a quien le están cogiendo el bajo de la túnica. Potter, entonces, le lanza una indirecta, Malfoy quiere perseguirle pero (pág. 115) «tropezó con el dobladillo de la túnica». Y a punto estuvo de caer. Escenas como ésta fueron, sin duda, las que llevaron a los concesionarios del Príncipe de Asturias, apenas consiguieron superar el ataque de risa, a premiar de forma unánime y hasta estruendosa «el empleo de la imaginación al servicio de la solidaridad y la cooperación», además del bien, que ya se dijo.

Pág. 132: Finalmente marchan hacia Hogwarts en el tren que sale del andén 9 y 3/4. Cuando Harry sube al tren, «estaba rodeado de niñas que lo miraban cautivadas». Lo cual, cómo no, acaba por incomodarle, bien lo sé por experiencia.
Aprovechando el encuentro con otros alumnos, vuelven las referencias a aventuras y anécdotas acaecidas en libros anteriores, al extremo que uno, ciertamente, acaba por sentirse un bicho raro, un excéntrico por no haber leído antes nada de la Rowling.

Menos mal que, en la pág. 145, finaliza todo este repaso, porque Harry Potter «acababa de tener una idea». El muchacho cuenta, al parecer, con una capa que le hace invisible, aprovechando lo cual consigue introducirse en el compartimento de los de Slytherin (los malos de la novela, para entendernos) y escuchar lo que planea su jefe, el tal Draco Malfoy. Sin embargo, éste le descubre porque a Harry le asoma, bajo la capa, una punta del zapato; es por ello que ordena salir a sus compinches y, cuando está solo con el protagonista (pág. 150), le propina una patada en la cara que le rompe la nariz y le deja allí tendido: «no creo que te encuentren hasta que el tren haya regresado a Londres».

Pág. 154: Así funcionan las cosas en el mundo mágico de Harry Potter: cuando todo parece perdido para el protagonista, que está groggy, con la nariz rota y el tren a punto de arrancar de vuelta, llega una bruja que, con un conjuro, le despabila y le arregla la nariz. Luego le baja del tren, le acompaña hasta el colegio y le abre la puerta, que habían cerrado ya con un candado. Así ocurre, decía, cuando con la excusa de hallarnos en un universo mágico se dinamita el sentido común y se narra de forma arbitraria y a discreción: sucede entonces que los personajes ora son invulnerables ora no, ora videntes ora les engaña cualquier piernas, ora se cierran y abren las puertas mediante embrujos ora mediante cerrojos FAC...

Ando por la pág. 171 y J.K.Rowling lleva cerca de veinte contándome las asignaturas que se imparten en el colegio, las que han escogido los protagonistas, quiénes son los profesores blandos y quiénes los huesos, detallándome incluso la distribución de los horarios... En las páginas siguientes comienzan las clases y asisto, entre estupefacto y maravillado, al hecho insólito de que Harry Potter saca un notable alto en Pociones y su amiga Hermione (perdón por la cacofonía) solo un progresa adecuadamente. Me agito, nervioso, en mi asiento: ¡ha comenzado la acción!

El director del colegio ha citado a Harry en su despacho particular para decirle, entre otras cosas, nada más abrir la puerta, que (pág. 194) «a partir de ahora abandonaremos la firme base de los hechos y viajaremos por los turbios pantanos de la memoria hasta adentrarnos en la fronda de las más ilógicas conjeturas». Aparte de que lo ampuloso y prosopopéyico del lenguaje del director supere todos los límites del ridículo, algo hay en toda la frase, no sabría decir qué, que me recuerda a un anuncio de colchones.

El caso es, finalmente, que Dumbledore, el director, ha conseguido licuar la memoria de ciertas personas y guardarla en botellas. Cuando le parece oportuno, destapa una de ellas, vierte su contenido en una palangana y, metiendo en ella la cabeza, se sumerge así en los recuerdos de quien sea. Ahora es el turno de que Harry comparta con él tan fantástica experiencia. Ambos meten, pues, la cabeza en el cuenco y vienen a dar en la época en que la madre de Voldemort (el mago malísimo) se enamoró de quien sería su fecundador, un "muggle" no muy bien visto por la familia de ella, al menos por el bruto de su hermano que «lanzando (pág. 206) maleficios a diestro y siniestro con su varita, se abalanzó sobre Ogden (el protagonista del recuerdo), que puso pies en polvorosa». El estilo, como puede verse, va, al mismo ritmo que la historia, poco a poco afianzándose, tomando cuerpo, cuajando.

Llego a la pág. 212, muy importante porque en ella comienzan las pruebas de selección para el equipo de "quidditch", del cual Harry, cómo no, es capitán y seleccionador. Esto del "quidditch", luego me enteraré, es más o menos como el fútbol pero jugado con escobas, o sea, como el Madrid de Luxemburgo, por más que la autora sustituya términos tan prosaicos como pelota, portería o delantero por otros extravagantes y magníficos.

En esta misma página Harry se viste la túnica de jugador y su amiga Hermione no puede por menos de exclamar: «Nunca habías provocado tanta fascinación (...), nunca habías estado tan atractivo». Mucho me temo que la Rowling confunde, como tantos otros, crear personajes atractivos con crear personajes guapos.

Con esto de la elección de jugadores van pasando por las páginas de la novela decenas y decenas de nombres. Tal parece que la autora, Rowling, en vez de crear un mundo propio como un buen novelista, estuviera interesada en crear una colección de cromos. Al fin, las pág. 218 y 219 están dedicadas a la elección del portero. Gana el puesto Ron, el amigo de Harry, porque, en una escena vibrante que te mantiene aferrado al libro, detiene cinco penaltis, por cuatro de su rival.
No repuesto todavía de estas impresiones, encuentro que en la pág. 229 preparan una excursión escolar al pueblo de al lado. «Siempre sentaba bien salir del castillo unas horas», sentencia Harry. Estirar las piernas, que diría un viajante del Inserso. En medio de este excursión una de las alumnas «se elevó por los aires». Harry queda extrañado porque (pág. 240) «nunca había visto a nadie comportarse como acababa de hacerlo Katie». Esta Katie, por cierto, acaba por aterrizar (en cierto modo, era de prever) un tanto bruscamente y acaba internada en el hospital San Mungo (así se llama, no miento) de Enfermedades, Heridas y Contusiones Mágicas (y Múltiples).

Pág. 249: Nueva sesión de capitiluvio, es decir, de inmersión palanganera en los recuerdos de alguien. En este caso de Caractacus (sic) Burke (sic también), un usurero que va a visitar a la madre de Voldemort cuando está embarazada del futuro fementido y la ha abandonado su pareja. Harry se extraña de la miseria en que vive la mujer: «Podría haber conseguido comida y todo lo que necesitara mediante magia, ¿no?». El director, que está a su lado, le responde que, a causa de la pena y el abandono, la mujer «ya no quería seguir siendo bruja». Comprensible decisión.

A todo esto, los protagonistas cuentan a la sazón con diecisiete años y las hormonas y las feromonas se encuentran en plena ebullición. A partir de la pág. 269 todo el texto está salpicado de parpadeos, manitas, besuqueos, y preguntas como la que sigue y que se hace Harry Potter para sí en un momento de reflexión zen: «¿Y si Ron y Hermione empezaban a salir juntos y luego cortaban? (...) ¿Y si empezaban a salir juntos y no cortaban?». Bien es verdad, conviene siempre tener en cuenta, que estamos ante una novela para adolescentes, pero aún así hay una regla máxima en la literatura, la primera ley de la termonovelística, que reza que hay que tener un respeto por la inteligencia del lector. Sea cual sea su edad.

En el citado artículo de Ferreras, única nota discordante en medio de la alabanza general, se habla precisamente de esto: «Existe ya una infantilización de los adultos a nivel mundial,. Sólo hay que ver ciertas películas y ciertos cómics. Pero el movimiento de barbarización ha llegado más lejos: ha llegado a infantilizar a los mismos infantes. Y un niño merece algo más: merece que le enfrenten con la realidad o que le hablen a la imaginación. Merece que le afirmen en su rebeldía y que le sumerjan, lo más lentamente posible, en la socialización inevitable. Merece, sobre todo, que no le tomen por un tontito, porque el niño discurre, piensa, imagina y hasta saca conclusiones; pero nada de esto ocurre en los libros de la Rowling».

Pese a todo, Harry no tiene demasiado tiempo para entregarse al amartelamiento general, pues (pág. 270) «se sentía muy presionado para ganar el inminente partido contra Slytherin». Los escarceos amorosos de sus compañeros con sus compañeras provoca que bajen en su rendimiento. Así las cosas, comienza el partido (pág. 280). «Allá van», pregona el comentarista que, en mala imitación de las películas norteamericanas, va narrando desde su cabina el encuentro. «¡Paradón de Weasley!», grita dicho comentarista en esta misma página. Y aquí fue cuando los jurados del Premio Príncipe de Asturias se miraron entre sí y algunos, se comenta, llegaron a abrazarse emocionados.

En los libros de Harry Potter se esconde, por lo demás, un acentuado machismo. Las mujeres (las chicas, en este caso) son contempladas poco menos que como objetos decorativos; no de otra forma se entiende que al término (pág. 284) del partido (ganado por el equipo de Harry, por supuesto), los jugadores se vieran rodeados «por un numeroso grupo de niñas» en estado cercano al histerismo. Bien es verdad que una de las protagonistas, Hermione, es femenina, pero en todo momento se la contempla como un bicho raro (por aquello de que le gusta estudiar) y ajeno a la humanidad.

Ron, el amigo de Harry y portero del equipo, que ha tenido una actuación estelar, cae en las garras de una de estas fans, con quien, sin perder tiempo (curioso es que no se duchen) comienza a meterse mano. Harry «no sabía qué decir. Con un poco de suerte, tal vez Hermione no hubiese visto a Ron con las manos en la masa». Esto así porque alberga cierta esperanza en que sus amigos acaben juntos y confía en que el estilo de la novela acabe por mejorar. Pronto veremos que, sobre todo esta segunda ilusión, está completamente infundada.

Pág. 287: Harry se ve obligado a tomar atajos «para esquivar a sus admiradoras». Su amiga Hermione le avisa que, según ha oído en el cuarto de baño, hay varias chicas que buscan cómo hacerle beber un filtro de amor. Harry, sin embargo, está enamorado en secreto de Ginny, la hermana de su amigo y cancerbero Ron, y cancerbera suplente ella misma.

Total, que entre córners y enamoramientos se ha pasado medio libro (pág. 292)... y medio curso (protestamos luego de la LOGSE o de la LOE). Hay una fiesta de fin de trimestre y Harry invita como acompañante a una tal Luna, al parecer la más fea de todo Hogwarts. «Sólo como amigos», dice en expresión tomada del "Diez Minutos". Hermione invita a otro también feo, con la intención de que la vea Ron en su compañía y morreo y se sienta picado por los celos. «Lo que eran capaces de hacer las mujeres para vengarse», piensa Harry... y yo creo que lo mejor será correr un tupido y mágico y acorazado velo sobre esta sarta de niñaterías machistas.

Pág. 300: «¡Dichoso quidditch! —se encendió Hermione. ¿Es que a los chicos no os importa nada más?». Muestra, otra, por si hacia falta, de los estereotipos sexistas que salpican esta novela.

Harry pasa la Navidad, entre otros, con un hombre lobo, sentados a la mesa en amor, pavo, champán y compañía. En medio del bum bum de las zambombas (que también toca con brío el hombre lobo) se presenta (pág. 321) en la casa el ministro de Magia y pide hablar a solas con Harry. Lo que viene a proponer a Potter es que trabaje con el ministerio en una campaña publicitaria porque su sola presencia «levanta bastante la moral de la gente». Harry rechaza la oferta, muy digno, porque no se quiere meter en política. Él ha nacido para vencer al malo y para meter goles, no importa el orden e incluso a la vez.

Después de las vacaciones navideñas comienza un nuevo trimestre y con el una nueva asignatura (pág. 333): «Aparición», es decir, teletransportarse de un sitio a otro. Prolijo sería detallar las anécdotas que se suceden en esta asignatura: quien se deja atrás una pierna, quien una ceja, quien una nalga. Entre medias de ello, justo es reconocerlo, nos encontramos (desde la pág. 346) con un pedazo de buena literatura, aunque parta de las inmersiones de cabeza a pulmón libre en, como diría el poeta, la palangana del recuerdo. Uno de estos recuerdos, perteneciente a un profesor de la escuela, se refiere a una entrevista mantenida con el malo, con Lord Voldemort, pero se nos cuenta (de manera excelente, repito), que este recuerdo ha sido alterado por el propio profesor porque sin duda algo sucedió que no quiere recordar. A partir de entonces, la misión que el director de la escuela, Dumbledore, le encarga a Harry es conseguir que, de alguna manera, el maestro entregue el recuerdo verdadero, sin adulterar. Hasta aquí, pág. 350, un fragmento de narración con ritmo y pulso, un argumento atrayente, un ejercicio fecundo y original de imaginación. A partir de este punto, de nuevo el quidditch, los besuqueos y el agitar de varitas para fabricar pociones y hacer que surjan granos en la cara del rival.

Pág. 368: Ron, el amigo de Harry, se toma por error uno de los filtros de amor dirigidos al protagonista. Ello le deja impotente (no se le puede bajar) y es internado en el hospital San Mungo (repito que así se llama) de Enfermedades, Conjuros y Calentones Mágicos. «O sea que, entre una cosa y otra, no ha sido el mejor cumpleaños de Ron», comenta uno de sus familiares en la pág. 373. Harry no le hace mucho caso, sin embargo, porque se encuentra enfrentado con un problema, y no ciertamente leve: ¿quién defenderá en el próximo partido la portería de su equipo? Las páginas siguientes (veinte o treinta) están dedicadas a esto.

Otro problema, aunque secundario, se viene a sumar a éste: Draco Malfoy, aquél que se ha conjurado para matar a todavía no se sabe quién, está haciendo cosas muy raras. Harry cuenta con una especie de GPS en cuya pantalla se marca, en todo momento, dónde están situados los alumnos, los profesores, la gente, en fin, de Hogwarts, pero sucede que, en determinados momentos, el tal Draco desaparece de la pantalla. Harry manda entonces a unos elfos servidores suyos (pág. 394): «Pegaos a Malfoy como si fuerais tiritas para verrugas».

De esta manera descubre que las cosas extrañas que pueda estar haciendo Malfoy tienen lugar en la Sala de los Menesteres. Se trata de una sala secreta en la que por más páginas, y páginas, y páginas, y páginas que lo intenta no consigue entrar.
Entretanto, tiene una ocasión para conseguir lo que le ha encomendado el director de la escuela: hacerse con los recuerdos verdaderos, sin adulterar, del maestro. Aprovecha para ello que al guardabosques de los lugares se le ha muerto una araña (una araña muy grande, debo decir) y que se va a celebrar un entierro en su honor para acudir allí e, incentivando la pena de dicho profesor, surtirle bien de hidromiel y convencerle de que le dé el recuerdo. En la pág. 455 el profesor, bamboleante, accede y «se tocó la sien con la punta de la varita. Luego la retiró poco a poco, tirando de un largo y plateado hilo de memoria (...). El recuerdo se estiró y se estiró hasta romperse y quedar colgando de la varita, plateado y reluciente. Slughorn [el profesor] lo acercó entonces a la botella, donde se enroscó».

El capítulo que sigue a esta gráfica e imaginativa escena es (de nuevo conviene ser justos) de gran categoría. Ocurre, en resumen, que en el recuerdo sin edulcorar del maestro se habla de unos conjuros (los horrocruxes) mediante los cuales un mago puede dividir y conservar su alma en objetos para asegurarse de este modo una cuasi inmortalidad. Para ello (pág. 462) debe cometerse «un acto maligno. El acto maligno por excelencia: matar». Esto es de lo que el profesor informa a Lord Voldemort cuando el pérfido solo era un estudiante, en un capítulo, repito, excelente por imaginativo, por original, por bien narrado y por cargado de profundidad, de sentimiento, de importancia en suma. Lástima que el resultado final (se nos dice que de esta forma Voldemort creo siete horrocruxes) más parece un pretexto para alargar indefinidamente esta serie de novelas, contándonos en la próxima entrega, ya me lo imagino, las vicisitudes para descubrir y destruir el siguiente de los horrocruxes.

Y lástima también que a partir de la pág. 477 vuelva a contársenos que «Ginny y Dean han cortado», que Ginny «le ha dado calabazas a Dean» y demás cosas en un lenguaje no ya de andar por casa sino de bajar a limpiar el trastero.

Mientras tanto se aproxima un partido de quidditch "mu importante", que dirían los Pata Negra. La autora nos explica (pág. 483, para quien quiera consultarlo) cómo va el goal average del campeonato y cuántos goles necesita el equipo de Harry para ganar, cuántos para quedar segundo, y así el resto de la clasificación. En medio de los nervios propios a este partido trascendental, Harry descubre casi por causalidad la entrada tan ansiada a la Sala de los Menesteres y... de nuevo, sin previo aviso, nos topamos con un fragmento de agradable, sencilla, vieja y buena literatura. Aunque afecte sólo a dos páginas, en ellas se nos describe una cámara en que estudiantes y profesores guardan los objetos que quieren ocultar u olvidar: la descripción de objetos al azar, de los callejones y senderos que se forman entre ellos, de todo aquel revoltijo, nos hace recordar a los mejores prosistas e introduce un tono de misterio, inquietud, desazón, de altísimo diapasón literario. Pero se trata sólo de dos páginas, tras las cuales se cierra la puerta y retornamos al dichoso quidditch.

Por si a alguien le interesa (seguro que a todos los fans) finalmente, cómo no, el equipo de Potter (pág. 495) gana el partido y con él el campeonato. El protagonista aprovecha la euforia y la fiesta de celebración para besar a Ginny, su amor secreto. «La fiera que albergaba en su pecho rugió triunfante». Por efecto, sin duda, del amor y de las bebidas carbonatadas.

No hay tiempo, sin embargo, de pasar a mayores ni de tomar un antiácido. Dumbledore, el director de la escuela, llega con la noticia de que ha descubierto un horrocrux (pág. 507) y necesita de la compañía de Harry para ir a destruirlo. Dicho horrocrux está en una gruta junto al mar y el director y Harry se aparecen (es decir, se materializan, pág. 515) en lo alto de un acantilado. Desde allí las pasan putongas durante dos páginas para descender hasta la cueva. La pregunta que le asalta entonces al lector bisoño y toricantano es: ¿por qué no se aparecieron directamente en la cueva y se ahorraron así tanto golpetazo, resbalón y mojadura? La respuesta no puede ser más clara y sencilla: porque no se les ocurrió.

Dentro de la gruta hay un lago de agua negra (pág. 519) que, cual la laguna Estigia, han de cruzar Harry y el director subidos a una barca (la cual, a diferencia de la mítica, no dirige ningún Caronte, sino que es una barca automóvil). Mientras así navegan, en torno de ellos se tienden las manos de los muertos que, por lo que parece, hacen pie. «Esas cosas que hay en el agua no nos harán nada si cruzamos el lago en la barca de Voldemort», tranquiliza Dumbledore, siempre tan listillo, a su asustado acompañante.

De esta forma llegan al centro del lago (pág. 525), a una isla en cuyo centro, situada sobre un pedestal, una vasija emite un llamativo brillo verde fluorescente (cosa lógica, por otra parte, cuando se quiere conservar algo en secreto). La vasija está llena de líquido y debajo de dicho líquido se aprecia un objeto. Para alcanzar dicho objeto es necesario, pues, vaciar la vasija; es entonces cuando a Dumbledore, el director, se le ocurre tomar una copa, llenarla y ¿verter su contenido al suelo? Nada de eso. Imbuido del espíritu de Ernesto de Hannover, se le ocurre bebérselo cual Pipermint, no sin antes advertir a Harry de que no se separe de él y le obligue, pase lo que pase, a seguir trasegando. Llegado así al cuarto copazo, el director, como suele suceder, comienza a sentirse indispuesto y a hablar con la lengua trabada; al sexto dice que quiere irse a casa, pero Harry no le deja; al octavo se sienta en el suelo, pálido y con sudores fríos; a la décima y última copa cae derrengado y dormido, pero ya no importa, porque la vasija está vacía y Harry toma el objeto que había al fondo de ella. Entonces los muertos vivientes salen del lago para apoderarse de Harry y del director, que se encuentra como no voy a detallar, porque una mala noche la tiene cualquiera. La situación se presenta desesperada para el protagonista, a punto de ser capturado por las huestes del infierno (pág. 533), cuando de pronto, en cuestión de dos líneas, el director se despabila, se levanta, lanza un conjuro, pone en fuga a los muertos y arregla la situación. Y luego se va con Harry, sin que ni siquiera le duela la cabeza.

Camino van así, tan contentos, de Hogwarts cuando de pronto advierten (pág. 539) que encima del castillo brilla «la Marca Tenebrosa», señal de que los mortífagos han atacado. No hay tiempo que perder. «¡Accio escobas!», dice Harry blandiendo su varita y el director y él, subidos a sendas mopas voladoras, marchan rumbo al castillo sin perder tiempo. Según entran en la habitación del director, éste es desarmado de su varita por Draco Malfoy, que les espera en la sombra. Harry no puede hacer nada porque el director le ha cubierto de un conjuro Expelliarmus y ya se sabe lo que eso significa. El caso es que sigue entonces una larga charla en que Malfoy confiesa al director que, gracias a él (a Malfoy) los mortífagos han entrado en el castillo a través de la Sala de los Menesteres, y que en esos momentos están luchando «con uñas y dientes» (por no decir "como jabatos") para hacerse con el control del castillo; así mismo le revela que el plan que le ha ordenado Lord Voldemort es matarle a él, al director. Siguen momentos de duda: Draco duda en eliminar a Dumbledore o no; los mortífagos y los lectores de bien le piden que sí, pero él duda porque, en el fondo, tiene buen corazón. Al final, surge alguien inesperado que con decisión toma la varita, apunta a Dumbledore, dice (pág. 552) «¡Avada Kedavra!» y entonces Sansefini el director.

Muerto su mentor, Harry sale del hechizo y corre en pos de los asesinos, lanzándoles el conjuro «¡Petrificus totalus!», para que se queden quietos y estatuarios. «¡Impedimenta!», les grita también para que por lo menos se queden cojos o algo. A esas alturas (pág. 554), todo el mundo está involucrado en la batalla contra los mortífagos, cual en una pelea del Oeste: así los hechizos surcan el aire de un lado a otro, se lanzan maldiciones «a diestro y siniestro (¡oh gloriosa marca de autora y/o traductor!), haciendo que los rayos de luz rebotaran en las paredes, resquebrajaran la piedra y destrozaran las ventanas». Harry «dobló la esquina derrapando con las suelas manchadas de sangre», pero aun así no consigue cazar a los asesinos. Para colmo, en la refriega se ha perdido el horrocrux que tanto esfuerzo y tanto trago les había costado conseguir (no hay cuidado por ello, sin embargo, ya lo encontraran en la próxima entrega).

Las últimas páginas de la novela están dedicadas al entierro del director de Hogwarts y a contarnos que el libro está hecho con papel ecológico. Con estas dos buenas noticias acaba esta sexta entrega de Harry Potter, una novela de 600 páginas de la que apenas pueden rescatarse diez o doce; el resto es sencillamente carne para el merchandising, excusas para introducir efectos especiales en las películas y comida rápida para los fans, aquellos disfrazados que le mueven a uno a compartir, pocas veces con más fuerza, aquello que dijo el sabio: "existen seres humanos totalmente incomprensibles".

CARTA DE UN LECTOR AIRADO

La siguiente carta (para hablar correctamente, correo electrónico) llegó a mi buzón poco después de la publicación de la crítica arriba leída sobre el último (tal vez penúltimo a la edición de este volumen) libro de Harry Potter. Quitadas las introducciones y formalismos de rigor, paso a transcribirla en su integridad (el título es del remitente):

Anatomía de una crítica tendenciosa


1 - Declaración de intenciones:

Comenzamos dejando claro lo que opinamos del libro antes de haberlo abierto, no sea que alguien dude de nuestra consagración a la literatura de alto nivel; así, «me espanta esta grandeza y el barullo» porque la literatura buena solo se cocina en cenáculos apartados del común de los mortales. Después remarcamos: «hasta ahora nunca me habían llamado la atención tales novelas», i.e., solo me intereso por la chicha, jamás he leído El Señor de los Anillos ni nada que se le parezca, y menos aún a Stephen King y gente así, sólo veo cine de Kurosawa y de Oliveira y Goddar ya me parece comercial. Seguimos con el resquemor: «desconfía del marketing feroz aplicado al papel impreso» (yo no, no desconfío de algo que sé perfectamente qué va a ofrecer, y si no lo sé a estas alturas es que soy algo corto). «Ocurre sólo que hasta el momento (hasta el palé) existía un cierto pudor según el cual al libro, incluso al más comercial, se le trataba como un bien cultural»; lo dicho, parece que usted no ha visitado la sección de libros de ningún centro comercial, o que desconoce nombres como Dan Brown, Clancy, Follet, Crichton, etc., por nombrar alguno de los más recientes. Bienvenido al mundo real, señor Menéndez.

Seguimos con las reticencias: «hube de ver, empujado por mi sobrino»... bueno, quedaría más elegante: "llevé a mi sobrino a ver la película libremente y sin coacciones de ningún tipo (soy un buen tío), a veces los pequeños de la familia tienen estas cosas, nos obligan a ver a Harry Potter o a Los Increíbles o a Nemo, malditos críos, ¿no podían interesarse por El Séptimo Sello, o Rashomon?".

Finalmente la capitulamos: «decido comprar el dichoso libro», pero que conste, NO ME GUSTA.

2 - Desconocemos los precedentes:

Lo he comprado, si, pero no me gusta, que quede claro. Es la sexta entrega y para hacer una crítica "acompasada" no necesito haberme leído los cinco primeros, ¿para qué perder el tiempo?, he visto la primera (mi condenado sobrino me sujetó los párpados como en La naranja mecánica) y, viendo la primera película, «con eso yo creía que me bastaba para andar por el mundo adelante». Así que comenzamos a analizar: «un individuo desciende por la chimenea envuelto en una humareda verde»... sí, es un medio de transporte que utilizan, no le sorprendería si hubiera leído los anteriores libros; «donde les recibe un tal Snape», el "tal Snape" es un profesor que acapara bastante protagonismo desde el comienzo de la serie, y en particular en este volumen (léase el título del libro) es el antagonista de Potter, pero bueno, según su crítica podemos deducir que es un personaje que pasaba por allí.

Proseguimos: «sus tíos, gente "muffle" y descangallada por quien la autora demuestra no tener ningún aprecio: de la esposa (pág. 52) dice que tiene "cara de caballo", mientras el hijo soporta "una enorme y rubia cabeza"», sí, hay una razón para que no les tenga mucho aprecio, han maltratado a Potter desde pequeño, el maltrato a menores hace impopular a los que lo cometen, vaya por Dios; por cierto y aunque luego se corrige, el termino es muggle, no muffle, ¿no se revisan los textos antes de entregarlos?, yo creía que sí.

Seguimos: «una objeción, sin embargo, tiene que hacerle al alumno en la pág. 67 , y es que se haya confiado en exceso y no haya extremado las medidas de seguridad», sabría por qué de haber leído el anterior, pero no lo ha hecho ¿verdad? «El muchacho cuenta, al parecer, con una capa que le hace invisible», la tiene desde el comienzo, de hecho es un regalo de su difunto padre, o sea, que no es "al parecer", no hay margen de duda, tiene una capa desde el primer libro. Ah, que no lo leyó. «En las páginas siguientes comienzan las clases y asisto, entre estupefacto y maravillado, al hecho insólito de que Harry Potter saca un notable alto en Pociones»; exacto, el hecho de que Potter saque buenas notas en Pociones quiere indicar algo en la trama, pues siempre aprueba por los pelos. ¿Sabe quién ha sido el profesor de Pociones los años anteriores?; sí, su amigo, "el tal Snape". «El director ha conseguido licuar la memoria de ciertas personas y guardarla en botellas. Cuando le parece oportuno, destapa una de ellas, vierte su contenido en una palangana y, metiendo en ella la cabeza, se sumerge así en los recuerdos de quien sea. Ahora es el turno de que Harry comparta con él tan fantástica experiencia». Bueno, pasa algo parecido a lo de la chimenea: es un invento que ya estaba, no se maraville tanto, algún día se quedará mirando su televisor y le dará un pasmo...

Pero ahora vamos a meternos un poco con el joven Potter, llegamos a una página «muy importante porque en ella comienzan las pruebas de selección para el equipo de "quidditch", del cual Harry, cómo no, es capitán y seleccionador». Si hubiera leído los anteriores libros, cosa que ya sabemos que no ha hecho, sabría que no siempre ha sido así, de hecho es capitán y selecciona por primera vez, y lo hace porque es alumno de sexto año. «Gana el puesto Ron, el amigo de Harry, porque, en una escena vibrante que te mantiene aferrado al libro, detiene cinco penaltis», algo que usted desconoce, por supuesto, que ha estado intentando anteriormente. «Por si a alguien le interesa (seguro que a todos los fans), finalmente, cómo no, el equipo de Potter ( pág. 495 ) gana el partido y con él el campeonato», de nuevo le indico que no siempre ha sido así, de haber sido de esta manera, el juego habría perdido parte de su atractivo y la autora, que como veremos a continuación no es de su agrado, lo sabría. «Harry cuenta con una especie de GPS en cuya pantalla se marca...», de nuevo sección artículos mágicos: es un mapa, no un GPS, cualquier lector atento de Potter sabe que Hogwarts está protegido por inhibidores de señales, entre otras cosas. Terminamos con una carga encubierta: «en los libros de Harry Potter se esconde, por lo demás, un acentuado machismo. Las mujeres (las chicas, en este caso) son contempladas poco menos que como objetos decorativos», claro, porque no sabemos mucho acerca del papel de las féminas en la trama, si no veríamos que hacen otras cosas además de magia doméstica y preocuparse por la satisfacción carnal del mago macho.

3 - Pero, ¿no lo estáis viendo?

No, no nos gusta el libro de antemano y tampoco hemos perdido el tiempo poniéndonos en antecedentes (sería gastarlo inútilmente) porque, veréis, además el libro es ridículo. Por ejemplo: «Harry Potter roncaba escandalosamente», ¿cabe algo más ridículo que un personaje roncando?, y no solo ruidosamente, sino además escandalosamente, ¿pero que se ha creído esta J.K.R.? Por si fuera poco, «en Harry Potter encontramos el recurso, de gran tradición literaria y muy atractivo para la imaginación juvenil, del protagonista que no es, en realidad, hijo de quien parece, por lo común una familia pobre, mediocre, anodina, sino vástago de una dinastía aristocrática, por supuesto riquísima, y excepcional», pero espera, ¿qué tienen de aristocrático los padres de Potter?, los que han leído los demás libros saben que nada, los que no lo hayan hecho ¡que critiquen! Respecto al recurso de que no es hijo de quien parece, tampoco es cierto: Harry no sabe quiénes fueron sus padres, pero sabe que es adoptado y ha descubierto que tiene poderes, pero no ha establecido ninguna relación con su adopción en.... el primer libro, (no, en el sexto no). En cuanto a la fantasía del adoptado (de que sus padres sean aristocráticos o importantes, o no sean quienes cree), pues bien, es un tema recurrente en la historia de la literatura, desde la Grecia clásica, donde muchos héroes son "adoptados" para descubrir sus orígenes posteriormente, hasta la mitología cristiana (Jesús cree que su padre es Dios y... anda, mira, también Aragorn "descubre" sus orígenes reales a sus compañeros bien avanzado El Señor de los Anillos); se trata, sí, de un argumento repetido, como todos los argumentos narrativos.

Da igual, el lenguaje que utiliza es ridículo: «esta Katie, por cierto, acaba por aterrizar (en cierto modo, era de prever) un tanto bruscamente y acaba internada en el hospital San Mungo (así se llama, no miento) de Enfermedades, Heridas y Contusiones Mágicas (y Múltiples)». Sí, se llama así, en el Señor de los Anillos nos encontraremos multitud de lugares (imaginarios, ya os advierto) con nombres graciosos, como Moria (je je, suena como noria, mira que este Tolkien), e incluso encontramos sitios reales con nombres curiosos: Alburquerque, ¿a que es la monda?
Es igual, la obra es simple y rudimentaria. «El tiempo de la obra es siempre el tiempo de un curso escolar [construcción lineal y rudimentaria donde las haya, añado yo]», el caso es que... verá, la serie comprende los años de escuela de Potter, que son... 7 (¡anda, como los volúmenes!), por tanto, sí, parece que la distribución por cursos es lógica. Quizás J.K.R. tenía que haber distribuido los libros por trimestres (ohhh, no, eso serían más libros), o mejor, por etapas formativas: la ESO, el Bachiller, la Revalida..., así solo tendríamos un par o tres de libros para despotricar.

4 - Traducción y lenguaje:
Vamos con la traducción. Sí, como es habitual, no es la más acertada (o no contenta a todo el mundo), aunque hay que reconocer la dificultad a la hora de traducir este tipo de obras y otras similares de ficción, ciencia ficción, etc. así, se cuelan expresiones como "a diestro y siniestro" («tal vez en el original inglés lo dijera con más propiedad; aquí lo dice así el traductor, que, es de ver, dudó entre esta forma y la otra también culta de "a troche y moche"», o «[Harry y Dumbledore (el director del colegio)] estaban disfrutando de lo lindo», expresiones que deberían ser desterradas del uso común por su obsceno mal gusto. Pongamos ejemplos: el «Harry Potter roncaba escandalosamente» en su versión original es «Harry Potter was snoring loudly», es decir, de forma ruidosa, el escándalo no es tanto que haya que alertar a las fuerzas de seguridad, simplemente hace ruido al dormir (¡¡¡maldito Harry Potter!!!, ¿¿no puedes estar sin hacer ruido ni durmiendo??). Los "mortífagos" creo que son "dementors", lo cual es una traducción forzada de un termino inexistente; el "a diestro y siniestro" se refiere a "attacking people left, right and centre..", y vemos que los traductores buscan una expresión hecha similar en nuestro idioma que no se corresponde al cien por cien con la original y que también podrían haber traducido por la neutra "por todos los sitios", que no perturbaría el animo del susceptible crítico.

El lenguaje de los adolescentes es pobre y sin sustancia. Bien, a la hora de dotar de credibilidad a un personaje hay que tratar de reflejar su forma de hablar, y el caso es que los adolescentes hablan así, en España, en Inglaterra, en Hogwarts y posiblemente en El Barco de Ávila, los temas que les preocupan son triviales las más de las veces, hablan de relaciones y emplean expresiones como "cortar", "salir con", ("botellón"), etc. Con esas trivialidades el lector de la serie se da cuenta de que los alumnos son adolescentes y sus preocupaciones son distintas a las que tenían unos años (o libros) atrás, cuando tenían diez años. Pero además el libro ¡tiene el magro de sus lectores entre los adolescentes! y... ¡muchos han crecido al ritmo de los personajes! ¡Un autor que utiliza un lenguaje acomodado a sus lectores potenciales!, ¿como no se le ha ocurrido a nadie?

Una última anotación: Harry Potter se recomienda en academias inglesas para fomentar la lectura en inglés, eso quiere decir que no es complejo, pero que el uso del idioma es correcto (yo fui a una academia en la que si empleabas "gotta" o similares te podían fustigar).

5 - Yendo al grano:
Vamos a lo principal: en realidad, la crítica al libro es una excusa, lo que en realidad me repatea es el éxito en publico e ingresos de una tipa como J.K.R, eso es lo que me quema las entrañas, lo que no me deja vivir, lo que excita mi producción biliosa hasta lo insano. «Aprovecho este momento para recordar que la autora de este portento imaginativo, J.K.Rowling, recibió en el año 2003 el Premio Príncipe de Asturias, entre otras cosas, por "promover la imaginación como fuente de libertad al servicio del bien"»; vaya, primero, dígame a bote pronto el nombre de otras personalidades que hayan ganado el Príncipe de Asturias en Letras y los motivos (no se esfuerce, no se acordará de tantos nombres como dedos tiene en la mano) ¿Merecido? Francamente, me importa un bledo, como el resto de los premios, como los Nobel, que no son nadie en el terreno literario y ganan a saber por qué motivo o consideraciones, o los ganadores del Planeta o tantos y tantos. J.K.R. ha conseguido algo que no he visto haya conseguido nadie: ver a niños devorar libros de setecientas páginas. ¿Es suficiente para un Príncipe de Asturias?, pues no lo sé, pero es raro cuando menos.

En términos de imaginación, corre parejo a los libros que seguramente usted vanagloria porque pueblan su infancia, como Los cinco y demás series ñoñas (en mi opinión, J.K.R. es inferior a autores de literatura juvenil como Ende, pero es que no hay muchos que lleguen a ese nivel), pero, ahhh, la nostalgia ya no es lo que era.
Más: «J.K.Rowling se vanagloria de haber irrumpido en el mundo de las letras sin formación ni preparación alguna, de haber empezado a escribir porque estaba en paro», es culpable, pues, por estar en situación de desempleo, posiblemente cobrando del sistema de Seguridad Social británico (¡chupona!), y por no haber pasado por la universidad, no como autores tan poco reputados como Faulkner, que estudió su licenciatura mientras pilotaba cazas, o Bukowski, que lo hizo en un bar así, a bote pronto. Pero hay más: «algo debe de tener para que enganche al público, en este caso a los jóvenes de su tiempo», pero, ¿que coño es? ¡que me lo diga! ¡yo también quiero forrarme!, ¿pero no era tan simple la formula? Y sigamos expulsando la rabia, que luego se acumula: «Malfoy quiere perseguirle pero ( pág. 115 ) "tropezó con el dobladillo de la túnica". Y a punto estuvo de caer. Escenas como ésta fueron, sin duda, las que llevaron a los concesionarios del Príncipe de Asturias, apenas consiguieron superar el ataque de risa, a premiar de forma unánime y hasta estruendosa "el empleo de la imaginación al servicio de la solidaridad y la cooperación"», y vuelta la mula al trigo: ese Príncipe de Asturias, arrrrrrrggggggg. Pero, ¿es que se lo quitó a usted, buen hombre?

6 - Conclusiones:


1 - Por lo que vemos, el crítico ha perpetrado una crítica a un libro del que desconoce el contexto y precedentes, tiene prejuicios por su popularidad alcanzada y manifiesta malsana envidia (hablemos claro) hacia la autora y... oh sorpresa, la crítica es parcial, pobre y, por supuesto, negativa.

2 - Para justificar la crítica, cogemos párrafos o expresiones aisladas, que no contrastamos con la versión original para evidenciar su falta de méritos.

3 - Por supuesto, no consideramos un libro como un todo, como la suma de sus elementos (párrafos o frases), así nos ahorramos decir de qué va, qué cuenta, cuál es su trama, cómo sigue el argumento respecto a los anteriores y qué anticipa respecto al desenlace. Ni siquiera mencionamos a los personajes, no sea que tengan algo que decir.

4 - En lugar de ello, mencionamos varias veces a la autora, (argggggg) porque el libro, la serie, los personajes, no son más que una extensión de esa pérfida y malévola mujer.

5 - No consideramos al libro como lo que es: literatura fantástica dirigida a adolescentes y niños, como lo fueron las Crónicas de Narnia (que al crítico seguro le parecerán un clásico, en comparación).

y 6 - Nos ahorramos decir así, ejerciendo la crítica de esta manera tan parcial, cosas que sí que tienen que ver con el libro, como que la serie ha bajado en intensidad respecto a otros volúmenes (el cuarto en especial, que hasta el momento es el más completo), que se va tornando más seria, que prolonga el ambiente de preguerra del quinto volumen, que aclara las posiciones de los personajes pero que no avanza demasiado en la trama, etc.; muchas cosas que se pueden decir en lugar de dar rienda suelta a nuestras emociones y nuestras antipatías, y es que mejor que eso (personalmente no me interesan las fobias personales de alguien que tiene por oficio hablar de libros) es no decir nada.


RESPUESTA DEL AUTOR SUCINTA Y COMEDIDA

Si he traído aquí esta "crítica a la crítica" no es tanto para que el lector vea, y juzgue, la contundencia de los rapapolvos que de vez en cuando se me dedican, sino por esa frase final: «mejor que eso [dar rienda suelta a nuestras emociones y antipatías] es no decir nada», que creo significativa del estado de dejadez, indolencia y aborregamiento al que ha llegado el lectorado actual. El comprador de libros de hoy (porque no otra cosa ha pasado a ser) apenas si tiene otros derechos, según lo entiende la industria cultural, de consumir y callar; por supuesto que pudiera ser que no le gustase algún libro, o que considerase que está mal escrito, o incluso que es un fraude literario, pero según las reglas del "buen rollo" y el pluralismo como excusa que rigen actualmente él no es nadie, no tiene ninguna atribución, para hablar, denunciar o intervenir. "Ni si no vas a decir nada bueno de un producto cultural mejor te callas", parece ser el precepto, "no nos vayas a fastidiar el negocio. Porque si tú no lo compras alguien lo comprará". Y así, pues, se nos escamotea el debate y la participación en la vida cultural, de la que no somos más que meros consumidores, silenciosos, gregarios y acríticos.

Tampoco tiene desperdicio esotra frase, según la cual la misión del crítico pasaría a ser «decir de qué va [un libro], qué cuenta, cuál es su trama, cómo sigue el argumento», añadir un par de frases para la solapa, añado yo, hacer una referencia al precio e informar de cuáles son los puntos de venta. Y así es, efectivamente, como suele despacharse la crítica actual: con una breve nota biobibliográfica del autor, una mención especial a los premios recibidos, un resumen del argumento, sin desvelar, naturalmente, el final, para no fastidiar la supuesta intriga, aquí y allá, espolvoreadas, unas cuantas referencias a libros anteriores y a autores centroeuropeos, para demostrar que somos muy cultos y leídos, y para concluir consideraciones del estilo a "se lee de un tirón" o "los personajes enganchan". Así de inane ha llegado a ser hoy día la crítica, así de insulsa y domesticada, así de inútil. Una crítica asimismo hecha por y para el consumo rápido.